Force Twilight

La Temporada Final

El Libro de las Almas (1)

Posted by D.S. on Marzo 25, 2009

El Libro de las Almas

Por Alexis Solia

 

1

Diario de Paul Kovacs. 18 de marzo, 1994:

Hace una semana empezaron los ataques. Son incesantes. Esta semana apareció el guardia del cementerio. Su nombre era Samuel J. West.

 Tenía familia: dos hijos y su esposa. Encontramos su cuerpo justo en la salida. No tenía signos de haberse resistido, ni de golpes, ni de ningún daño permanente. Estaba limpio. Sin embargo, el color de su piel parecía el de un rosbif sin cocinarse lo suficiente.

Era como si alguien le hubiera arrancado la piel, dejándolo en carne viva. Ninguna persona coherente podría hacer eso.

En los casos anteriores pasó exactamente lo mismo. No tengo la seguridad de qué es lo que está pasando, pero sea lo que sea, lo descubriré. Esta ciudad es mía y yo soy su protector.

 

 

16 de mayo, 1994:

            Creo que he descubierto la clave. Todos los ataques son de noche, sin embargo son solo las noches de luna llena. Desde la última vez que escribí ha habido un ataque por cada luna llena. Eso me acerca más al protagonista de los hechos: un psicópata obsesionado con la astrología.

Pienso descubrir al lunático con las manos en la masa. Quizá ahora no, pero posiblemente más adelante.  Si tengo que proteger la ciudad, lo haré ya sea por las buenas como por las malas.

 

 

21 de agosto, 1994:

            Extraño a mi esposa. Estos últimos meses solo he hablado con ella cinco veces. Está enojada, lo sé.

Este caso me está absorbiendo. No puedo más. Mañana lo dejaré, y volveré a mi casa. Ella piensa que la estoy abandonando. No es así. La extraño.

 

 

30 de noviembre, 1994:

            He descubierto cosas nuevas. No lo escribiré, por miedo a que lo lean, pero tengo esperanzas. Al fin  he descubierto el caso (al menos eso creo). Todo estaba suelto. Mañana llamaré a mi esposa y le contaré lo sucedido. Por fin, las cosas están marchando bien.

 

 

05 de diciembre, 1994:

            Están detrás de mí. Tarde o temprano me van a agarrar. He tratado de irme de la ciudad, pero ellos saben que yo sé y lo evitan. No puedo irme de este pueblo maldito. Pueden hacerse pasar por cualquier persona, lo acabo de averiguar.

            La primera vez en mi vida que tengo miedo.

 

 

Matheson Town. 12 años después.

Sean Raver cerró el diario. Las siguientes páginas estaban en blanco. A excepción de la ultima, que llevaba un manchón de sangre negra. Cruzó el vestíbulo y se dirigió donde su compañero.

Joe Bretsky, alto y canoso, parecía sudar como un puerco. Estaba apoyado contra el capó del automóvil. Cuando Sean apareció por la puerta, no pudo evitar sonreír. No era una sonrisa de gracia, sino más bien de mal augurio.

—Pensé que no saldrías más —dijo.

—Había que leer —bromeó Sean, luego agregó: —No me digas: otro más.

—Bien hecho. Te sacaste el premio mayor.

Subieron ambos al auto y arrancaron cuesta abajo.

 

Esta vez era una mujer, y estaba embarazada. No tendría más de seis meses. Su cuerpo estaba cocido. El olor era repugnante.

            Una pareja la había encontrado tan solo hacía una hora, mientras llevaban su caminata matutina por la carretera. El cuerpo estaba tirado en un zanjón.

            —¿Algo más para decir? —preguntó Joe con libreta en mano.

            —Sí —respondió el muchacho—. Cuando la encontramos tenía una marca en la nuca.

            Joe se asomó y levantó la cabeza del cadáver. No había marcas.

            —Yo no veo nada, niño.

            —Yo también las vi —irrumpió la chica—. Eran como varios triángulos.

            Sean investigó el cadáver. El agua podrida pudo haber borrado cualquier cosa. Los dos jóvenes podían verse sospechosos pero solo eran eso: dos jóvenes.

            —Muy bien —decía Joe, haciendo las últimas anotaciones—. Mi compañero aquí presente los llevará a la estación de policía para que hagan la declaración. Johnny, hazme el favor.

            Sean les abrió la puerta a los dos jóvenes y luego subió él.

 

La vida de Sean había cambiado drásticamente en los últimos años. Sobretodo con este nuevo caso que se volvía a repetir. Había sucedido hacia doce años atrás y ahora de nuevo. Pero eso no le molestaba. Lo que más le molestaba era su mujer.

            La zorra, pensaba él. Desde que la había encontrado en la cama con otro no se detenía a pensar en otra cosa. Lo peor de esto es que todavía seguían juntos.

            Sean era un tipo alto, rubio y bien parecido. Pero no por eso su esposa lo iba a amar, era claro. Sin embargo, cada vez que la veía sentía un dejo de desprecio, pero al mismo tiempo de cariño. Y eso era lo que a él más le dolía.

            —¡Señor! —Exclamó el muchacho desde atrás—. Creo que se pasó. Tuvo que detenerse hace dos cuadras.

            —Lo siento —dijo Sean, virando a la izquierda.

            ¿Acaso no puedes pensar en otra cosa, Sean Raver?, se dijo a si mismo.

            Claro que no puedes, respondió otra voz en su cabeza. Era la voz de su mujer.

 

2

Joe volvió horas más tarde y tiró un libro sobre el escritorio. Era un libro con una encuadernación de cuero negra. Tenía un olor repulsivo.

Sean lo ojeó y se fijó que las primeras páginas eran negras, para luego volverse bordo; y al final rojas.

—Parece que a alguien se le volcó la tinta —bromeó.

—Es sangre, Johnny —dijo Joe, con el tono más serio que podía emplear.

Sean soltó el libro y saltó de su silla. Su cara se volvió blanca en cuestión de segundos. Sintió como la saliva se acumulaba en su garganta para dar lugar al siguiente acto: vomitar.

—¿Qué clase de… —por un momento se cerró su garganta, como si se hubiera hinchado—…animal haría una cosa como esa?

—No sé —respondió Joe—. Pero sea quien sea este infeliz lo atraparemos.

—¿Dónde lo encontraron?

—Investigamos la zona y estaba a unos pasos más del cadáver, entre las hierbas. Parece que a alguien se le cayó.

Joe miró el libro en sus manos con detenimiento. Luego levantó la vista y se fijó que Sean se masticaba la punta del pulgar.

—Lo estas haciendo de nuevo —dijo de manera paciente.

Sean se sacó el dedo y lo secó con la manga. Su compañero se paseó de un lado a otro y permaneció con la cabeza gacha. Pensaba.

—Ésta sangre debe de tener meses. Quizá años.

Aquel breve comentario bastó para que Sean sacara la cabeza por la ventana y lanzará hasta las tripas.

 

Estaba sentado en su oficina. Si había algo que podía caracterizarla era la oscuridad que reinaba en ella. Pero no solo la oscuridad. Era un conjunto de cosas: papeles desordenados por donde se los mire, olor a humedad…

Su escritorio lo encerraba contra un rincón, dejando paso a la ventana. Aquella ventana que miraba cada vez que se sentía abandonado. Como si fuese la porquería de la ciudad.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Joe.

Sean no se percató de su presencia hasta escuchar su voz.

—Si, un poco —respondió.

—Bien. Acompáñame.

Sean lo siguió hasta el final del pasillo. Una vez ahí, doblaron a la derecha y entraron por una puerta hasta un espacio limitado. Era una habitación ovalada, que en el centro tenía un lujoso escritorio con una computadora. Las paredes parecían estar forradas de archivos.

Detrás del escritorio estaba Jake Smith, un hombre bajo de estatura, con unas gafas gruesas que aparentaban una explosión ocular en cualquier momento; sin contar su falta de cabello. Describir una persona así podría hacerse en cinco palabras: el “cerebro” de la estación.

—Hola, Sean —saludó Jake.

Sean asintió y estiró su mano. Ambos se dieron un apretón y continuaron.

—¿Qué es lo que tienes? —preguntó él.

—Los ataques no son de hace doce años.

—¿Qué quieres decir?

—De doce años son los únicos registros que encontramos: el diario de Paul Kovacs. Pero los ataques vienen de hace mucho tiempo.

»Empezaron hace treinta años. En el año 1976. Pero no se dan todos los años. Los ataques se repiten cada seis años, dos meses y seis días. Permanecen por un año, pero no los 365 días de éste, solo los de luna llena. Las victimas tienden a desaparecer por un tiempo —un día, quizá una semana— y luego aparecen en carne viva. Es como si las pusieran sobre una freidora gigante y las mandaran en aceita a cocinarlas. Aquí hay algo que cabe destacar: no siempre son en las mismas ciudades. Por lo general van rotando: Asimov City, Poe Village…

—Espera un segundo —interrumpió Joe—. ¿Qué es todo eso de los ataques, al fin y al cabo?

—Parece algún tipo de… ritual satánico.

—¡Patrañas! —bufó antes de salir.

Sean le siguió.

—Podríamos tomarlo en cuenta, Joe.

—Olvídalo. El estúpido de Jake nunca me cayó bien.

 

3

Sean llegó a su casa rondando la medianoche. Estaba exhausto.

Se recostó en su cama pensando en una cosa: Rituales satánicos. Rió entre dientes, pero la idea lo aterrorizaba. Pensar que había gente que hacía todo ese tipo de porquerías.

Que idea loca, pensó.

Pero real, contraatacó la voz de su mujer.

Durante toda esa noche, Sean soñó con demonios, personas vistiendo raro; portando antorchas.

 

La mañana siguiente entró en la estación con las ojeras que parecían dos pozos. Dos grandes pozos hundidos en sus ojos.

Joe lo estaba esperando en la entrada. Se aproximó y lo saludó:

—¿Qué tal? —dijo con su tan conocido tono.

—No muy bien, Joe. Cansado —respondió él con una voz áspera.

—Apenas entraste lo noté, Johnny. Pero bueno, es momento de que te pongas feliz.

—Tienen que ser grandes noticias. Gigantes.

—Las son, las son. Sígueme.

Joe guió a Sean hasta la sala de interrogatorios.

 

Un tal David Palancino esperaba sentado del otro lado del cristal. Estaba esposado y miraba fijamente al espejo. Detrás del espejo estaban Joe y Sean.

—¿Quién es éste? —preguntó Sean, incrédulo.

—El premio mayor —respondió su compañero—: su nombre es David Palancino. Parece que el maldito es parte de la secta que estamos buscando.

—Pensé que no creías en eso.

—La gente cambia rápidamente, Johnny. En fin, este infeliz que ves aquí trabaja en un taller mecánico. Tiene varios antecedentes. Lleva una marca en la nuca, similar a la de la embarazada.

Joe levantó una hoja y la sostuvo frente la cara de Sean. Éste la tomó y miró.

El símbolo era un triangulo invertido, y en sus dos extremos superiores habían otros dos triángulos más pequeños y alargados —simulando algún tipo de cuerno—. Por algún motivo, Sean lo reconocía de algún lugar —previo a la embarazada— pero no sabía de dónde.

—¿Quién entrará? —preguntó al fin.

—Yo lo haré. Procura que no intente nada malo —bromeó Joe.

Su compañero entró mientras Sean miraba fijamente al loco. Éste lo sonrió. Era como si lo pudiera ver, cosa que era imposible.

—Prepárense —advirtió Sean a su equipo, detrás de él.

Joe se sentó frente a David. El tipo realmente metía miedo: era bajo para su edad, pero su mirada era penetrante y siniestra como la de una víbora que está a punto de atacar a su presa.

—Me dijeron que formas parte de un culto —cuestionó Joe.

El tipo asintió.

—¿Eres miembro de hace mucho tiempo?

Asintió de nuevo.

Sean sintió un escalofrío. Algo realmente perturbador iba a suceder.

—¿Sabes qué es esto? —Joe tiró sobre la mesa el “libro sangriento”, como Sean lo recordaba.

David sonrió, asintió y luego dijo:

—El Libro de las Almas.

Joe se levantó, y empezó a pasearse de un lado a otro, con la mirada clavada constantemente en David.

—¿Puedes explicarme qué hace “El Libro de las Almas”?

—Está manchado con la sangre de 666 personas que han pecado a lo largo de su vida —Sonrió y agregó—: Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará. Ni yo, ni usted ni ninguno de los que están detrás de ese espejo —En ese momento se irguió, y las venas de su frente se marcaron como los rayos de una tormenta eléctrica, mientras su tono de voz subía cada vez más— ¡Nadie! El Señor regresará y consumirá nuestras almas. El mundo tal como lo conocemos se acabó. ¡Está perdido! ¡Perdido! ¡Todo éste maldito mundo pecador irá al infierno y ustedes, policías corruptos, serán los primeros!…

—¡Basta! —Exclamó Joe, propinándole un empujón; logrando que se siente—. Discúlpame muchachito si estoy equivocado, pero nadie me llama corrupto. Ni siquiera tú.

David se sonrió y luego agregó:

—Acérquese. Sé algo que podía interesarle.

Joe miró al espejo.

Sean del otro lado negó con la cabeza. No te acerques, Joe, no seas idiota, decía su voz interior.

Joe miró a David, quien mantenía una mirada psicópata, seguida, más abajo; de una sonrisa asesina.

En cuanto se inclinó solo un poco, lo demás era como verlo en cámara lenta: Palancino se levantó rápido y le proporcionó una mordida a Joe en la yugular. Sean pudo ver como sus dientes se zambulleron y desaparecieron en el cuello de su compañero, para ceder paso a un chorro de sangre incesante. Su compañero cayó en el suelo, con su mano sosteniendo el cuello. Aquel cuello que parecía que se quebraría en cualquier instante.

Sean entró corriendo, juntos con otros, en ayuda de su amigo, el buen Joe. Tomó la cabeza de éste, mientras las lágrimas escurrían de sus ojos.

—Johnny —fueron las últimas palabras de Joe Bretsky.

Ahora yacía frío e inerte en el suelo. Sean levantó la vista y pudo ver a David —siendo contenido por dos oficiales— sonriendo y relamiéndose.

 

4

Al instante llegó la ambulancia, prediciendo lo peor:

—Joe Bretsky está muerto. Es imposible detener la hemorragia. Es justo en la artería —anunció el médico.

Aquellas palabras taladraron la mente de Sean como un tiro en la oscuridad: estaba, lo oyó, pero no le dolió. No entendía qué era lo que sucedía. ¿Dónde estaba su amigo? Muerto, pero no lo creía. No creía porque no quería. No había caído en la cuenta de que nunca, nunca jamás volvería a ver a Joe. Nunca jamás volvería a oír a Joe. Nunca más nadie volvería a llamarlo “Johnny” como él solía hacerlo.

Johnny, pensó. Su primer día en la estación, Joe lo llamó “Johnny”.

—Mi nombre es Sean, quiero que me digan así —le advirtió.

Joe sonrió y luego dijo:

—Eres un compañero, mi amigo. De ahora en más para mí serás Johnny.

Sean sonrió aquel día, y no le dijo nada más. Nunca hubiera pensado que se habría apegado tanto a su compañero. A su amigo. Porque después de todo Joe era eso para él.

Marvin, un tipo rechoncho de pelo corto, se sentó junto a Sean. Joe había sido su amigo también.

—Alguien tiene que avisarles a los familiares —dijo.

—Ya lo sé —continuó Sean—. Yo lo haré.

—No puedo…

—Sí que puedes, Marvin. Por favor, déjame hacerlo a mí.

Marvin le entregó las llaves del vehículo.

—Hazlo con cuidado —advirtió.

 

Estas cosas son las que odio de mi trabajo, pensaba mientras sacaba las llaves del auto.

No pudo evitar sonreír al ver la casa de Joe. Poseía un color celeste inconfundible —podría fundirse con el cielo, de no ser que ese día estaba blanco y nublado—, y tenía un porche un poco abandonado, aunque simpático; en el frente, un árbol gigante parecía contemplar la calle.

Subió los escalones de madera y golpeó la puerta tres veces. Enseguida pudo oír unos pasos gracias a la madera que parecía quejarse constantemente: cruck, cruck, cruck…

La puerta se abrió revelando a una chica muy joven. Sean supuso que sería la hija de Joe. Masticaba un chicle sutilmente, y sonrió de manera sarcástica.

—¿Si? —dijo.

—¿Dónde está tu madre?

Sean pudo vislumbrar a lo lejos, a través del vidrio nacarado, una figura esbelta que miraba atentamente.

—Señora Bretsky —llamó.

La mujer se aproximó y Sean pudo ver su cara: era escuálida y tenía unos ojos verdes brillosos. Su cabello parecía flotar en el aire por la manera de su peinado. Y aquel rostro parecía una calavera recubierta de piel.

—¿Quién es usted y que quiere? —espetó ésta—. Ve adentro Kathlyn.

Kathlyn le echó una última mirada a Sean y en un susurro comentó:

—Te metiste en problemas, mi amigo.

Él no puedo evitar sonreírse un poco. El mismo humor de su padre.

—Señora Bretsky, vengo a traerle noticias de su marido.

La mujer lo miró de arriba abajo.

—Pase.

 

Sean se sentó en el sofá de la sala y empezó a mirar a su alrededor. La casa de Joe era más cálida en su interioro. En ese momento, la Sra. Bretsky entró con una bandeja de plata, llevando dos tazas de café y unas galletas.

—Señora Bretsky, no aguanto más —dijo levantándose.

—¿Qué sucede, Sr. Raver?

—Siéntese, por favor —la mujer se aplastó contra el sofá—. Como sabe, Joe, su esposo, estaba trabajando en un caso muy importante…

—Claro. Si no ha dejado de hablar de eso toda la semana.

—Bien. Hoy atrapamos a un sospechoso del mismo y a Joe le tocó interrogarlo. Cuando entró…

—Vaya al grano —graznó ella, viendo lo que se avecinaba.

—El tipo que interrogó, en un momento dado, mordió a Joe en la yugular. Joe se desangró.

La mujer se lo quedó mirando, sin comprender aún.

—Joe murió —terminó Sean.

 

Durante una hora, Sean se quedó consolando a la mujer de su mejor amigo. A los veinte minutos de la noticia, los hijos entraron en acción.

—¿Qué sucede? —preguntó Kathlyn, al ver llorar a su madre, en lo que ésta estalló en mil palabras entre las que se pudo distinguir: “tu padre” y “muerto”.

Ahí cayó la chica. El chico, en cambio, como buen hombre de familia, se ahorró sus lágrimas y le dio a Sean la libreta que su padre llevaba a todos lados.

Habiendo salido de ahí, subió al auto y se fue. No soportaba más ver esa escena. Después de todo había sido una mala idea.

 

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