Force Twilight

La Temporada Final

Sobre Puros y Obreros: David y Goliat

Posted by Lord AJ on Abril 8, 2009

 

Nota del Escritor: Debido a que estoy lejos de la comodidad de mi casa y, por lo tanto, no pude imprimir este escrito luego de terminarlo para corregirlo – detesto leer en la computadora – puede que haya algunos varios errores gramaticales tanto estructurales, pero quiero creer que nada tan tétrico como para evitar ser publicado. Luego, cuando vuelva a los aposentos de mi cueva, digo, casa, lo corregiré y volveré a publicar. Saludos.

 

Sobre Puros y Obreros: David y Goliat

 

            Tanta cantidad de luz no hacia más que irritar su vista, provocando que lagrimas de irritación se sumaran a sus lágrimas de dolor. Estaba enfermo, y sabía perfectamente que de no ser por eso, continuaría en las oscuras y frías minas, llenas de humedad y suciedad, en vez de estar en aquella pequeña jaula en aquel lugar tan luminoso.

            Su nombre era David, tenía tan solo ocho años, y era, lo que podía describirse como, el perfecto niño obrero. Su pelo era oscuro y pajoso, sucio de tierra y polvo, mientras que sus ojos eran marrones como excremento seco, y su cuerpo era insignificantemente delgado. Sus cachetes estaban marcados por los huesos de su flaca cara, que estaban algo sucios también, como todo su cuerpo. Pese a que ya se había acostumbrado desde su nacimiento, él sabia perfectamente que olía, tal como todos los demás niños obreros, y no olía particularmente a rosas.

            La jaula en la cual lo habían puesto era muy pequeña, tanto que no entraba sentado con sus piernas extendidas, como tampoco entraba parado, tenia que tenerlas flexionadas mientras que apoyaba su espalda contra el helado metal que su andrajosa ropa no podía repeler. Estaba ubicada al costado de lo que parecía un extensísimo corral, donde la luz caía con una gracia que nunca antes había visto, de manera que parecía que la luz danzaba, envolviendo su sucio cuerpo. Era como si el oro que era esa luz le apreciara tanto como a los niños “puros” que estaban en el corral más extenso.

            Los puros eran, a diferencia de los obreros, los niños perfectos, los que podían ser vendidos y entregados a los grandes señores y matrimonios, también puros y poderosos, o, en minoría, simplemente poderosos. Hasta él sabía eso. Era algo que les enseñaban desde pequeños en las minas: Ellos son los que sirven y ustedes son la mierda. Esas eran las literales palabras que constantemente les repetían en las minas los capataces; a veces hasta decidían enfatizar la frase con un par de latigazos furtivos. Naturalmente, él había creído eso hasta hace poco, creyendo que no era mas que una simple porquería destinada a trabajar, hasta que había conocido a John.

            A diferencia de los demás jóvenes obreros, John, con doce años recién cumplidos, había sido un puro, que, al no ser adquirido pasada la edad para adopción, que eran, los doce años que acababa de cumplir, se los destinaba a las minas, con los demás niños a trabajar, como si fueran la misma basura. Todos los obreros de nacimiento sabían que mezclar oro con mierda no producía nada bueno. Generalmente, los jóvenes puros que no eran adoptados y eran destinados a las minas, trataban en vano de mantener su perfecta imagen, sin entender el mundo en el que habían sido depositados, sin comprender el salvajismo obrero. La mayoría no sabía trabajar y eran latigados furtivamente por los capataces, varias veces, matándolos. Los que sobrevivían al tortuoso trato de los otros obreros y los fatigadores, se encontraban con la miseria de su vida, extrañando lo que una vez fue su vida – Una vida llena de cuidados, donde eran bien alimentados, lavados y hasta, quizás, amados por sus cuidadores – para encontrarse con la brutalidad y perversión de las minas. Generalmente, esos niños rubios que eran los puros, terminaban sacándose la vida ellos mismos al no soportar el sufrimiento, o morían simplemente de profunda depresión. Pero no John.

            John había entrado a las minas como cualquier puro que pasaba su edad de adopción, asustado del mundo que le habían traído, como un perro con su cola en las patas, totalmente petrificado de la oscuridad al que condenaban a los demás niños. Pero, a diferencia de los demás puros, John era realmente inteligente. David había descubierto esto durante una noche.

            Lo recordaba bien. Era el primer día de John en las minas, y le habían asignado el dormitorio donde David dormía, junto a diez obreros más, todos jóvenes, pero de diversas edades de ocho a veinte.  Era un cuarto pequeño, que parecía una cueva sucia y húmeda, sin ninguna ventana ni ventilación, salvo la puerta metálica que se cerraba pasada una determinada hora para evitar que escaparan durante la noche. Para dormir solo había una sabana para cada uno, y nada mas. Tenían que buscar una manera de acurrucarse en el suelo, y tratar de encontrar una suavidad inexistente. De cualquier manera, todos los obreros estaban acostumbrados a eso y llegaba un punto, que uno ya ni se daba cuenta que estaba durmiendo en algo duro. De hecho, uno no podía imaginarse dormir en otra cosa que en ese piso.

            Cuando John entró esa noche, sus cabellos rubios furiosos estaban ahogados en polvo, oscureciéndolos a un marrón oscuro. Su rostro fantasmalmente pálido estaba enterrado bajo una suciedad que David no sabia si era grasa o costras del mismo polvo que tenia en su cabeza. Sus ojos azules parecían apagados, totalmente sin vida alguna. Vestía ropas de obrero, tal como cualquiera en la habitación, y cargaba su manta nueva, ya llena de agujeros y suciedad. John se sentó en una esquina de la habitación, apartado de la multitud, tal como hacían los puros los primeros días. Y tal como era usual, el obrero mayor, un muchacho de veinte años, plagado en acne que parecía brotar entre la mugre de su rostro, se levantó, y con su podrida boca, habló, acercándose a John.

            -Eh, purito, estas en mi lugar – Dijo el mayor, con burla en su voz, como si disfrutara la miseria de aquel ser superior.

            -¿Perdón? – Replicó John, con una voz cansada y áspera, la cual David estaba seguro, que en algún pasado más feliz habría sido alegre y bondadosa.

            -Estas en mi lugar, purito, ahora muévete.

            Siempre que a algún puro se le decía que estaba en el lugar de un obrero, estos se movían, por temor a ser dañados o hasta infectados con la mugre de estos, así que todos en la habitación estaban esperando, David incluido, que John se moviera de una vez así todos podrían dormirse al no tener nada que observar. Pero, John no se movió.

            -No veo tu nombre escrito en ningún lugar – Contestó John, exasperado.

            -¿Escrito? – Preguntó el joven con acne, sin entender.

            -Si, escrito. Supongo que no sabes hacerlo, como tampoco debes de saber leer. ¿Me equivoco matón desgraciado? Ahora, por favor, no me fastidies más y déjame sufrir en paz.

            Por unos momentos, todos se quedaron en silencio. Nunca un puro se había atrevido a contestar nada a nadie. Era algo totalmente inesperado y asombroso. Además no había sido cualquier respuesta, ¡había sido una defensa! El puro, tal como ellos, al parecer, tenía algún tipo de sentimiento. De cualquier manera, el joven con acne enfureció poco después de entender que le había dicho John y comenzó a golpearlo como una bestia salvaje, no porque el otro le hubiera dicho algo ofensivo, sino porque era la amarga verdad. Ningún obrero sabía escribir, ni leer, y hablar era simplemente una mezcla de insultos y burdo lenguaje deformado. Nadie se movió para evitar la pelea en el cuarto, porque nadie quería sumar heridas a su cuerpo o gastar energías que no tenían. La golpiza termino a los pocos minutos, cuando un capataz que hacia su ronda vio el incidente desde el pasillo y reprimió al muchacho acne con una gran potencia, al punto que, por un momento, David pensó que le habían matado. A los pocos momentos, el capataz había llamado a otros y se llevaron al mayor ya reducido, y nunca más le vieron. Antes de salir, el que había golpeado al joven con acne, les grito a todos en la habitación, pareciendo ignorar que John estaba sangrando por los golpes en su cara, y ya varias manchas púrpuras comenzaban a emerger sobre su dañado cuerpo, lo siguiente:

            -¡El que vuelve a joder lo dejo peor que a este tarado!

            Cuando cerraron la puerta, todos se fueron a dormir, como si lo que había pasado hacia minutos no era más que una memoria distante y borrosa, pero David no. No sabía por que, pero no podía evitar sentir curiosidad por John, que tampoco estaba durmiendo, sino que sangraba y sufría en total silencio. David se preguntaba porque le había repuesto al mayor, por que se había arriesgado a una pelea. Nunca antes había visto tal acto de violencia contra un puro en su primer día. Nunca. Se preguntaba porque John no lloraba, ni había gritado cuando lo golpeaban, ni porque ahora, con tantas heridas y moretones en su cuerpo, parecía tratar de contener su dolor para si mismo.

            No pudo aguantar más la curiosidad y, como una pequeña rata nocturna, se desplazo por la caverna, con su manta encima, y se acercó a John, que estaba recostado en el piso, con sangre corriendo por su rostro, pero con sus dos ojos azules abiertos, en total alerta, como si fuera un perro vigilante.

            David lo observó por unos instantes, tratando de pensar que decir, esperando que John dijera algo, pero este simplemente le había mirado de reojo cuando se acercó y luego nada más. Parecía no importarle que estuviera cerca.

            -¿Estas bien? – Susurró estupidamente David, al no tener idea de cómo empezar la conversación con el puro. Esperaba no haberlo ofendido, ya que era evidente que no estaba bien. Para nada.

            John no contesto inmediatamente. Giró sus tristes ojos azules hasta fijarse en David, y tras analizarlo de pies a cabeza, como si estuviera evaluándolo, como una computadora, tratando de descifrar que hacer de él, se acomodo, sentándose, y hablo:

            -He estado mejor.

            David sonrió, no porque le causara gracia, sino porque no se le ocurrió que otra cosa hacer ante esa respuesta. Se quedó mirando a John por un largo tiempo, tratando de pensar como seguir la conversación ahora, pero, por suerte, el otro hablo de nuevo.

            -¿Cómo te llamas?

            -¿Mi nombre? – Pregunto David, como si no entendiera lo que le preguntaban. Nunca un puro le había preguntado su nombre. De hecho, hacia tiempo desde que alguien le preguntaba algo. No solía hablar con mucha gente, solo con un puñado, entre esos, solo hablaba cuando era mortalmente necesario.

            -Si, tú nombre. Tienes uno, ¿Cierto?

            -Me llamo David

            -Yo soy John. ¿Querías preguntarme algo, David?

            -¿Cómo sabias? – Preguntó asombrado, suponiendo que el otro era un adivino.

            -Pues viniste aquí, y te quedaste ahí mirando, como si estuvieras pensando que decir.  No creo que un obrero se preocupe mucho por un antiguo puro, no en líneas generales, pero quien los puede culpar.

            -quería saber porque simplemente no te fuiste del lugar cuando el hombre te dijo que era de él.

            -¿Por qué debería de haberme ido? – Dijo John, alzando una de sus cejas sucias con costras de sangre de una cortadura de la paliza.

            -Para evitar la paliza.

            -¿Por qué debería evitar algo que es inevitable? Estamos destinados a chocar.

            -No entiendo.

            Entonces, John le explicó durante toda la noche como él había vivido con los demás niños puros y porque ningún hombre mayor le había querido adquirir como hijo. El justifico su falta de adquisición diciendo que se notaba siempre que le hablaban que era diferente a los demás puros. Distinto a todos los demás por el hecho, que siempre que le hablaban aclaraba, innecesariamente, que le parecía que era estúpido dividirlos entre puros y obreros, que eran todos lo mismo, todos niños. Y eso, evidentemente, asustaba a la gente mayor y escapaban, buscando un monótono niño puro que aceptara lo inexistente y se atragantara en su falso estilo de vida. Naturalmente, esa idea de que todos eran lo mismo, no era propia de él, sino que la había leído en un libro que se había usurpado una vez de la sección de libros para quemar, y desde entonces, había quedado hipnotizado por la verdad de aquella idea. David escucho asombrado, ya que nunca antes había escuchado que alguien dijera algo así, pero, pese a tener cuatro años menos que John, entendió lo que este le explicaba, y quedo fascinado cuando este le explico que le parecía evidente que cada bando, puros y obreros, eran entrenados para odiarse entre si para evitar su contacto y mantenerse divididos. Para generar un sentido de pertenencia inexistente. Todos eran humanos, aunque tengan distintos rasgos, humanos al fin.

            Esa noche, ni David ni John durmieron. El último se pasó explicándole mas cosas al menor, en susurros y gestos de manos para evitar despertar a los demás, y desde aquel momento, David se lo había ganado de amigo. Al poco tiempo, John le había empezado a relatar historias que una vez había leído en la zona de puros, y la que mas le había gustado era la de un hombre llamado igual que el, que había derrotado a un gigante llamado Goliat. Eran historias que no había escuchado antes, y estaba seguro, que nadie en la mina las había escuchado tampoco, seguramente, porque eran cosas que solo los puros sabían, y estos morían poco después de ingresar. Pero no John. John seguía vivo, no había muerto de depresión, ni se había tratado de quitar la vida, ni nada. Tras su paliza inicial, no se metió en mas problemas, no porque se hubiera moderado en su dialogo, sino porque el joven con acne nunca volvió a aparecer por las minas, y todos suponían que lo habían matado por molestar al puro, y nadie quería unirse al destino del supuesto muerto.

            Mas tarde, John le enseñaría a David a leer algunas palabras, y también a escribirlas. Lo primero que le había enseñado era escribir su nombre: David. Una y otra vez lo escribía en la tierra del cuarto, para no olvidarse que él, era distinto e igual a los demás. Los demás no podían escribir, pero sabia que si el, que era un niño joven, había podido, aunque sea, su propio nombre, los demás podrían hacerlo, y todos ser iguales. Parecía muy simple. Pero John siempre decía que no lo era.

            Eventualmente, un día, John desapareció. El rumor decía que había sido transferido a otra mina, pero, David sabia, que eso no podía ser. John no había sido ni muy buen trabajador, ni muy malo, como para ser transferido. Estaba seguro que le habían hecho otra cosa y le mentían. Le mentían sobre que le había pasado a John, y cuando pregunto a uno de sus compañeros de cuarto si sabían algo, este le había repuesto simplemente:

            -Seguramente esta muerto. Todos sabían que andaba diciendo estupideces indebidas como que “todos somos iguales” y cosas así. Hasta dicen por ahí que andaba enseñándole a un chamaco como leer.

            Eso le pego duro, tanto que a veces a la noche, lloraba solo, lo cual llamaba la atención de los guardias en el pasillo, y venían corriendo, no a consolarlo, sino a golpearlo diciéndole que cerrara el tiradero de mierda que era su boca. Extrañaba a John, tal como una persona puede extrañar a un hermano mayor. Nadie nunca le había mostrado algún tipo de afecto ni nada. Nunca le había importado a nadie, salvo John. Pero ahora, no había nadie. De nuevo, era solo el.

            A las pocas semanas de la transferencia de John, David empezó a sufrir de una extraña tos, que cada ves que tosía, parecía que sus ojos se le iban a salir de lugar, acompañados por intensas lágrimas. Su rostro se había vuelto más pálido, y había perdido algo de peso. Se desmoronó pocos días después, en el medio de su turno de trabajo, sin fuerza alguna y tosiendo como un animal moribundo en sus horas finales. Le llevaron, no inmediatamente, pero al poco tiempo, a la enfermería, ya que, pese a que los capataces les agradaba torturar, lastimar y matar a los rebeldes y desgraciados obreros, tenían órdenes de no dejar morir a los enfermos. John le había dicho una vez, que esto era para que los obreros se sintieran en deuda por haber sido curados y continuaran trabajando. Además, con la cantidad de enfermedades que circulaban en la mina, si dejaban a todos morir, John le había dicho, que al cabo de un mes no tendrían ni un solo obrero.

            Cuando lo llevaron a la enfermería, allí le dijeron de mala manera que no había lugar en el momento, que todas los caniles estaban ocupados y que tendrían que mandarlo a la enfermería “de arriba”. Y, efectivamente, así lo hicieron.

            Lo llevaron a la zona de los puros, instruyendo a los coordinadores del lugar que le medicaran y cuando estuviera sano le mandaran de nuevo a las minas subterráneas para reanudar su trabajo. Y allí estaba, en aquella jaula, esperando a curarse para volver a la usual miseria, mientras que toda esa luz continuaba cegándole, dañándole sus ojos amarronados.

            Era una habitación excesivamente extensa, pintada en colores cremosos, totalmente limpia, tanto que un agradable olor flotaba en el aire, tan agradable como el olor a pan recién horneado una fría mañana. Desde su diminuta jaula, David podía observar que había varios corrales, todos extensos, y, todos con niños de similares colores de pelo. Todos rubios, algunos mas claros, otros mas oscuros, pero rubios al fin. Tenían una perfecta piel blanca, pálida como la nieve, aunque algunos eran un poco más rojizos, pero lo que importaba, a fin de cuentas, era el cabello. El rubio cabello puro. Cada corral tenía juegos y facilidades que David nunca había visto en su vida. Hasta, si no se equivocaba, tenían lo que John le había contado que eran los “colchones”, que, técnicamente, dormían allí, en suaves superficies, en vez de en el desagradable piso. Las risas de los puros le invadían los oídos, como el sonido de pájaros exóticos, parecían no tener nada de que preocuparse.

            Su pequeña jaula estaba al costado del corral de los niños puros de, David juzgo por su tamaño, diez años aproximadamente. No podía saber si en verdad tenían esa edad o no, era solo una estimación, ya que todos eran bastante grandes, séase a lo alto, o a lo ancho. De cualquier manera, en ambas dimensiones, todos parecían superar a David. Todos eran gigantes.

            Pero ninguno era mas grande que el niño que David, en su mente, había apodado Goliat, al encontrarle enormemente similar al del cuento que John le había contado una ves.

            Siempre a las horas del almuerzo, Goliat, un niño colosalmente alto para sus diez años, y también, bastante rechoncho, de sedosa piel pálida, con cachetes rojizos como manzanas, y ondulado pelo dorado, se sentaba de su lado del corral, al costado de la jaula de David, a observarlo, mientras masticaba con una lentitud inhumana, un postre de chocolate. Sus ojos verdes le miraban fijamente, desde arriba de su nariz en forma de cerdo, como si fuera un fenómeno de feria. David, al principio, pensó que el otro sentía solo curiosidad, pero, noto de inmediato, mientras que mascaba el pan duro y negro que le habían dado, como el otro parecía poner énfasis en su lenta digestión de su preciado postre, que le estaba gozando. El muy maldito le estaba gozando, y no había nada que hacer. Decidió ignorarlo, pero siempre volvía y se quedaba mirándole, como el maldito bastardo que era, una y otra ves, hasta que un día, decidió hablarle.

            -¿Por qué vienes aquí? – Pregunto David dejando el pan duro a un lado y masticando unas pastillas de medicamento que le habían dado.

            -Lo que haga no es de tu inconveniencia, mocoso obrero. Si quiero ver tu horrible figura lo haré, y no hay nada que puedas hacer. Aun no puedo creer que te hayan traído aquí, con todos nosotros. Contaminas el lugar, naturalmente – Replicó Goliat en su chillona voz.

            David no respondió. Solo soltó un suspiro y se reclino sobre los fríos barrotes de su diminuta jaula, mientras que Goliat sonreía bobamente, disfrutando.

            -De cualquier manera, cuando te cures, obrero sucio, volverás a la pocilga donde perteneces, mientras que yo, de seguro, seré adquirido por algún Señor adinerado, y viviré lleno de lujos que tu nunca veras.

            Una vez más, David no contesto. Su mente estaba en lo que Goliat había descripto como “Adquisición”. John le había contado como era aquel proceso, y acorde a él, debido a que los Señores no podían procrear con sus sagradas mujeres, para no dañarlas y pervertir su virginidad, los hijos de estos debían ser adquiridos, y solo se podían adquirir, naturalmente, los puros. Nos compran como si fuéramos cachorros en una tienda de mascotas, le había dicho John, pero David no había entendido que diantres era una mascota, y no preguntó.

            De cualquier manera, entendió mejor el proceso de “adquisición” una vez que lo vio realmente. Había sido temprano en una de las tantas mañanas que paso en aquel lugar. Las luces internas estaban apagadas, pero una catarata de luz entraba por los grandes ventanales, bañando en dorado y carmesí a todos y todo. La mayoría de los puros estaban durmiendo, pero él no. No podía. Toda su vida se había acostumbrado a dormir cuatro horas para luego ir a continuar su trabajo en la mina, sino, los capataces lo golpearían. No podía dormir, aunque quisiera. Era su miserable ritmo de sueño.

            Aquella mañana, como siempre, uno de los capataces del lugar, que allí llamaban “coordinadores”, se acerco de mala gana a su pequeña jaula, y le dejo un diminuto contenedor con las capsulas diarias.

            -Ahí tienes tu medicación “vencida”, escoria obrera – Le decía siempre el coordinador.

            David no sabía que significaba “vencida”, pero suponía que no era nada bueno, sobre todo por el tono en el cual lo decía aquel alto y perverso hombre. De todas maneras, tomaba las capsulas, pero nunca se sentía mejor. Al menor movimiento, comenzaba a toser frenéticamente, y sus huesos le dolían. Por suerte, no se podía mover demasiado en aquella insignificante jaula.

            Al alejarse el coordinador, David observo que un hombre vestido en un elegante traje negro, bastante alto, y con relucientes cabellos dorados, entro, acompañado por una bella dama algo mas baja, pero igual de delgada y dorada, al complejo. El coordinador cambio su cara de trasero al instante a una cara de alegría, que David supo que era de falsedad pura.

            -Vaya, Señores, han llegado temprano – Dijo el coordinador con una voz mucho mas cordial y fina que con la que le había hablado a David, lo cual le hacia parecer otro hombre. – Los niños aun duermen, si hubieran venido algo mas tarde hubieran podido verlos en actividad. ¿Prefieren esperar?

            El hombre elegante levanto una mano, como si no pudiera hablar, y David entendió el gesto de negación. Parecía que el hombre quería terminar con el asunto rápido, como un simple tramite. El coordinador asintió y comenzó a mostrarle los diversos corrales a la pareja, hasta que llegaron al corral al lado de la jaula de David. Allí el coordinador les sugirió a algunos de los niños puros, señalándolos, y entre aquellos, estaba Goliat, pero, nuevamente, el hombre elegante levanto su mano en disconformidad, y decidieron proseguir observando. Al avanzar, no pudieron evitar mirar la jaula de David con extrema repulsión, como si hubiera excremento sobre una dorada acera.

            -¿No me dirá que tienen a eso a la venta también, cierto? – Pregunto la mujer, con voz horrorizada, como si hubiera visto un fantasma. David no pudo evitar sentirse avergonzado que se refirieran a él como eso.

            -No, no. Por supuesto que no – Respondió enérgicamente el Coordinador – Vera, esta enferma la criatura, y en las minas no tenían medicamentos y si no lo asistíamos iba a morir, así que tuvimos la bondad de cuidarles al bicho mientras que se cura. Todo sea para preservar trabajadores.

            -Vaya bondad, pocos se atreverían a cuidar a esa cosa – Replicó la mujer como si acabara de presenciar un milagro, y luego, sin mas decir, se alejaron rápidamente, como si temieran contagiarse de su impureza por solo estar cerca.

            Luego de eso, en total silencio, David lloró, y como siempre, nadie lo noto. Estaba acostumbrado a que lo maltrataran, pero que lo traten de porquería era demasiado. En las minas les trataban mal, pero eran los mismos capataces, que tenían la misma contextura física que un obrero, que lo hacían. Aquí eran esos señores refinados y superiores que lo hacían y no podía evitar sentirse mas dañado ante aquella autoridad.

            Por suerte, solo esa pareja de puros se había atrevido a preguntar sobre que hacía ahí, ya que, con el correr de los días, más parejas u hombres solos, iban a adquirir niños. Generalmente ignoraban su presencia, pretendiendo no haber visto u olido su desagradable presencia, pero algunos, de los cuales David sospechaba que no eran totalmente puros (ya que sus cabellos, pese a dorados, no encajaban con su cara, lo cual hacia preguntarse a David si podría ser que se lo hubieran alterado), le miraban de reojo, como avergonzados de verlo, como si tuvieran algún tipo de culpa.

            Vio como las parejas se llevaban a los niños que adquirían, tras pagarle al coordinador, pero nunca se llevaban más de uno. Y, por suerte, nadie se llevo a Goliat, que continuaba fastidiándole todos los días, tratando de frotarle en la cara los lujos que tenia y David jamás obtendría. No era que no le hubiera gustado no volver a verlo jamás, pero prefería soportarlo que alguien se lo llevara y le diera el gusto. David nunca le había deseado mal a nadie, pero Goliat se lo merecía. Era una mala persona, el peor de todos los puros. De hecho, David deseaba que nadie adoptara jamás a Goliat y luego lo confinaran a las minas para que tuviera una probadita de la vida miserable que el llevaba.

            Fue durante uno de los usuales almuerzos de pan duro y molestias de Goliat, que los ojos de David captaron algo totalmente extraño. Un hombre, como la mayoría de los clientes que iban a adquirir niños, vestido en fino traje negro, entro al complejo, con relucientes zapatos oscuros y un brillante reloj de pulsera. Tenia cristalinos ojos azules, y piel clara, pero lo extraño de ese hombre era su pelo. ¡Tenia el pelo negro! ¿Cómo diantres podía haber un hombre vestido así con pelo negro? Era como ver a una mula intentando vestirse con la piel de un león. Simplemente, no encajaba. ¿Era ese hombre un supuesto puro o era un obrero? David no lo sabia, pero su ropa era la de un Señor puro, pero su pelo…era de obrero. ¿Qué diantres era?

            El coordinador también pareció algo impresionado al ir a recibirlo, ya que al observarlo, se quedo sin palabras, tanto que el hombre de pelo negro tuvo que hablar.

            -Vine a adquirir un niño, si me podría sugerir alguno – Dijo Pelo Negro, dejando en el aire el final de su oración, como si estuviera acostumbrado a tener que iniciar conversaciones.

            -Ah, si, si – Replicó el Coordinador, que no podía evitar mirar el cabello negro – Sígame.

            David observó como el coordinador empezaba mostrándole los corrales de los más pequeños, y mientras, observo a Goliat, que también había notado a Pelo Negro, pero no parecía tan perturbado como el coordinador o él.

            -¿Es eso un puro o un obrero? – Pregunto tímidamente David a Goliat.

            -Es puro, pero no de nacimiento, claro. Es uno de esos pocos que tienen mucho dinero y aun así, no son físicamente puros, pero, mugroso obrero, si tienes fortuna, eres puro, seas lo que seas.

            -Entonces ¿Si el te eligiera no te molestaría que parezca obrero? – Pregunto David, solo por curiosidad.

            -Para nada. Mientras que tenga todos los lujos que me plazcan, no me molesta.

            David no dijo nada mas, simplemente se quedo mirando como Goliat continuaba devorando su usual postre y miraba de reojo a Pelo Negro, que ahora estaba observando el corral donde estaba Goliat. Luego, no pudo evitar sentirse frustrado, al escuchar la elección de Pelo Negro.

            -Quiero ese – Dijo, señalando aparentemente a Goliat.

            El colosal muchacho escucho la elección y sus ojos comenzaron a brillar como dos luces, mientras que en su sonrisa se forjaba una perversa sonrisa también de goce, dedicada a David. Maldita sea, ¿Por qué se tenían que llevar a ese maldito?

            -Ah, buena elección señor. Es un niño grande y saludable – Repuso el Coordinador.

            -¿Qué? No, no quiero el gordo, quiero el pequeño. El que esta en la jaula.

            -¿¡Qué?! – Dijo el Coordinador incrédulo, como si hubiera escuchado mal, mientras que Goliat modulaba con su boca, como un pez, la misma palabra de manera inaudible.

            David quedo congelado en su lugar. Seguramente, debía de estar alucinando a causa de su enfermedad, o por ese pan pútrido que le daban. ¿Cómo iba alguien a elegirlo a él? debía de estar refiriéndose a otro niño. Giro en su para buscar algún otro individuo en una jaula, pero no encontró ninguno.

            -Pero, señor…eso es un obrero – Tartamudeó el Coordinador finalmente.

            -¿Y? Esta aquí, así que supongo que esta en venta también. – Respondió Pelo Negro.

            -En verdad esta aquí solo porque esta enfermo, señor. Realmente no querrá llevarse a esa cosa que ya de por si es desagradable, y encima enfermo…

            -Pretenderé que no escuche eso – Gruñó Pelo Negro, al parecer algo ofendido por el trato referente a David – Ahora, no me importa que este enfermo. Quiero ese niño y estoy dispuesto a pagar más de lo que pagaría por uno de los otros que tienen aquí.

            El Coordinador se quedó incrédulo en su lugar, aparentemente esperando que Pelo Negro le dijera que era una broma y que ni loco se llevaba al niño obrero, pero Pelo Negro no habló. Se quedo esperando en su lugar, de brazos cruzados, con una vista penetrante, como demandando que se hiciera lo que pedía. Parpadeo un par de veces, y luego, el Coordinador finalmente se acercó a la jaula de David y le abrió la pequeña puerta.

            -Parece que es tu día de suerte, obrero.

            David no se movió, por unos momentos. Se quedo observando con sus amarronados ojos a Pelo Negro, que ahora le sonreía, como si le quisiera imponer alguna especie de confianza, para que saliera de su jaula. Y lo hizo. Salió, como pudo, de aquella pequeña caja metálica, y al pararse fuera casi se desmorono, pues hacia semanas que se había parado por última vez. En la jaula solo había podido estar sentado. Su rostro hubiera encontrado el piso de no ser por las manos de Pelo Negro, que le detuvieron antes de que llegara al piso.

            -¿Estas bien? – Preguntó Pelo Negro, tal como él le había preguntado a John aquella vez que le habían golpeado.

            -Si, Señor – Replicó David tímidamente.

            Pelo Negro sonrío, y sacó de un bolsillo de su reluciente traje un abultado fajo de dinero y se lo entrego al Coordinador, que aun parecía no entender que diantres sucedía, ya que miraba con su boca media abierta a Pelo Negro y a David.

            -¿Puedes caminar? – Preguntó Pelo Negro nuevamente.

            -No se, Señor.

            -Bueno, te cargare entonces. Y no me tienes que llamar señor.

            Pelo Negro levanto a David en brazos, sin ningún asco alguno, apoyando sus sucios ropajes de obrero contra su fino y limpio traje, y comenzó a caminar, con David en brazos, hacia la puerta. Y fue recién ahí, que David observó el rostro de Goliat, que además de estar sumido en enojo, estaba sumido en decepción, no porque no lo hubieran elegido, sino porque lo habían elegido a él. El obrero. Entonces, David se dio cuenta que, tal como en el cuento de John, había derrotado a Goliat.

                       

  1. Lord Soran Said,

    lalalalal lindo y largo D:

  2. Ezequiel Said,

    Excelente, Andrés. Tenés una habiidad para describir los ambientes muy bueno.
    Me mantuvo atento durante toda la historia, y la descripción de la miseria fue muy buena, sobre todo porque te deja un sabor crudo, jaja.
    Y como te dije, lo mejor del cuento, es John.

    Te felicito.

  3. D.S. Said,

    Estuvo muy bueno el cuento. Me gusta la descripción de las cosas, sobretodo.
    También todo el cuento me gustó que uno siente pena por el protegonista. :_(
    Pero también me gustaría saber que le pasó a John (sa parte no la entendí bien).
    Pero, en fin, el cuento es brutal. Me encantó.

    Saludos.

  4. LaFanaNumberOneDelLord Said,

    Estimado Lord AJ :
    Tuve el privilegio de leer su cuento y debo decir que me fascino y conmovio , debo admitir haber derramado lágrimas incluso y concuerdo con las opiniones de los otros lectores ; uste posee talento para las descripciones , sin duda alguna.
    Eternamente agradecida con usted por hacerme pasar un buen rato. Ansiosa por leer un nuevo escrito, como siempre .
    Su mas fiel lectora.

  5. Lord AJ Said,

    Muchas gracias a todos por sus reviews y comentarios. Realmente son apreciados!!! Me alegra que les haya gustado el cuento, y que les gusten mis descripciones.

    Saludos a todos mis fieles lectores!

    Lord AJ

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