El prólogo del fin… [Sobreviviente anónimo]
Posted by Dib on Junio 30, 2009Las noticias internacionales hablaron durante meses de la influenza porcina. Nos asustaron y amedrentaron con la amenaza “latente”, socavando nuestras esperanzas y mermando nuestra ilusión de tener un futuro en este mundo. Me parto de la risa por tan sólo recordar el miedo en los rostros de las personas.
Ja, ja. Meses con la amenaza “porcina”, y en menos de una semana el mundo se había acabado por el mal llamado “T-virus”como algunos fanáticos a los videojuegos de Resident Evil habían decidido llamar a esa cosa que nos reanimaba después de muertos solamente para llevar una existencia aún más patética que la que llevábamos en vida. La existencia de un “no-muerto”.
Aún no puedo creer que no me haya dado cuenta de lo que sucedía. Tal vez tanta basura en la ignorante sociedad acabó por fundir mi cerebro al igual que ha hecho con otras tantas personas. Las señales eran claras. O por lo menos lo son ahora.
Supongo que en “esos” tiempos los disturbios no serían más que una chispa entre tantos incendios que consumían al mundo.
Cientos de disturbios en las principales ciudad de distintos países, sangrientos combates entre civiles y policías, movilizaciones militares, millones de muertos a nivel mundial. Casi se podría decir que el Apocalipsis había llegado, con sus hilos manejados desde las sombras por el Anticristo.
Para mí, eso no es más que mitología. Fanatismo religioso que se empeñó en buscar una explicación en las ma llamadas sagradas escrituras (que para mi no es más un libro gordo que sólo ocupa mucho espacio. Poco útil e interesante cuando intentas sobrevivir).
Todo lo que estoy diciendo y todo lo que diré lo deduje uniendo distintos comentarios entre todas las personas que he llegado a conocer. Desearía que mis suposiciones sean erróneas, pero lo dudo.
Continúo con mis recuerdos…
Ignorantes del porqué sucedían tales cosas en el mundo, las personas huyeron del caos de su país a otros donde aún no se presentaban los disturbios ni los altos índices de muerte. Que triste… ellos mismos eran mensajeros del caos del que intentaban huir al abandonar su país. No eran más que meros recipientes de un terror aún no nato.
Pero en Venezuela, como siempre, “todo está excesivamente normal”, tal y como dijo el ex vicepresidente Rangel, que como el resto de las personas a estas alturas debía estar despedazado. O escondido en un agujero como la rata que es.
Todo se desencadenó un día. Todo el caos de uñas, dientes, carne y sangre se desencadenó antes de que alguien pudiera movilizar a las tropas u ocultarse bajo tierra.
Nadie tuvo tiempo de preguntarse qué era lo que sucedía. Antes de que la pregunta aflorara en sus cabezas, la respuesta (podrida y muerta) ya estaba en las calles aporreando a la puerta.
Nadie supo ni cómo ni cuándo, y aún peor; el porqué. Y para los que sabían ya era demasiado tarde.
Los que quedamos sólo sabemos esto; los muertos caminan, y están acabando con nosotros.
Tal vez la extinción es lo único que nos espera de brazos abiertos al final del camino… ¡pero no dejaré que esos bastardos me maten sin antes llevarme conmigo a todos los que pueda!
Pero… ¿cuántos hay?
Me monté en la camionetita como todos los días para ir al colegio. Aún recuerdo la discusión que tuve con el conductor. Quería cobrarme el pasaje completo alegando la importancia de su servicio. Le dije que si me cobraba el pasaje completo, iría ante el INTTT y lo denunciaría.
El rostro del conductor valió un tesoro. A pesar de ser muy “valientes” cuando utilizan el desconocimiento como arma, la simple mención de ese organismo lo hizo palidecer, dejándome pagar los 0, 50 bsF reglamentarios.
Yo no paraba de reír.
Cuando la risa fue acallada por las juiciosas miradas de las personas que estaban en la camionetita, me di cuenta de los pocos asientos que estaban ocupados. Era extraño. Normalmente esos vehículos están llenos de personas que si no hablan en voz alta y con mala pronunciación, te tocan, te roban o huelen mal.
Pero todo eso había desaparecido, al igual que tantas cosas de las que aún no me enteraba.
Los rostros de las personas que ocupaban los asientos eran preocupantes. Ojeras, arrugas, miradas furtivas… Se me antojaron terribles gemelos de igual preocupación.
Yo, al igual que muchas personas, nos habíamos mantenido alejados de radios, periódicos y canales de noticias, así que no sabíamos ni la mitad de lo que sucedía en el mundo. Tal vez de haberlo sabido no estaría vivo ahora.
El miedo me habría matado. Es una parte de la psique humana. Si oyes muchas veces que debes temerle a algo, terminas por temerla, aún si no tienes razón para hacerlo. Lo más seguro eso me habría pasado. Al oír y ver tantas veces el terror en el mundo, la sangre y la muerte que cundía en él, yo me habría contaminado de ese miedo y al verlas por primera vez frente a frente, habría huido despavorido, sin detenerme a buscar un refugio, sin siquiera ver lo que tenía venía hacía mi.
Ese fue el final de muchas personas. El miedo las paralizó; eran comida fácil. Las hizo correr, sin fijarse que al frente venían más personas, que al igual que ellas, huían del terror tras sus espaldas.
Seria gracioso pensar en la emboscada no planeada de “ellos” de no ser por lo terrible que fue presenciarlo.
Nuestro escondite, durante ese tiempo, fue nuestro antiguo colegio. Ahora tomado como fortaleza por los alumnos sobrevivientes al caos inicial. Sinceramente, tiene más utilidad como fortaleza que como colegio, aunque supongo que eso se aplica a todos los colegios financiados por el Gobierno.
Cursaba el cuarto año en la Unidad Educativa Conarte para las Artes, justo en el centro del caos; El Silencio. Su nombre nunca había sido tan cierto antes del caos. Ahora todo lo que se oye en ese lugar son las distanciadas detonaciones de armas (no se lo dije a nadie por puro capricho, pero yo sabía que eran personas que se estaban suicidando).
No tarde mucho tiempo en llegar ahí. La autopista tenía muchos menos carros de los que a esa hora se hubiera esperado.
Al entrar en el colegio todo se veía normal, “excesivamente normal”, citando a Rangel. Pero me extrañó la cantidad de estudiantes y profesores que no había llegado. Mi mente aún estaba sometida a la creencia de que el mundo es cuadrado y que el Sol gira a nuestro alrededor, aún no habría mis ojos para aceptar la verdad, así que intenté darle una razón lógica; quizás el trafico que a ciertas horas es pésimo, o probablemente una de esas gripes que se contagian con rapidez.
Me rio de tan sólo pensar en las patéticas excusas que busqué para explicarlo todo. Como antes había dicho, en la autopista no había colas, y una buena cantidad de los alumnos de mi colegio usan la autopista como camino para llegar a clases. Y la gripe… pues… la más entupida de todas. Una gripe no haría que tantos estudiantes faltaran. Además, ni siquiera habían sido vistos sus síntomas.
Hablé con varios de mis compañeros de clases mientras esperábamos en el salón a la profesora de Castellano. Todos estaban tensos y algo asustados, como si presintieran que algo malo iba a suceder.
Todos querían decir lo que pensaban, pero no lo hicieron. Ahora entiendo que temían que si lo decían se volvería más real. Era más sencillo quedarse callado y observar a los demás desmoronarse antes de lo que los demás te vieran a ti ceder.
El día marchó igual que siempre… de cierta forma, diría yo. Claro, no habíamos tenido Castellano porque la profesora no había venido.
De vez en cuando me cruzaba en los pasillos con los pocos profesores que habían venido. Si mal no estaba, como mucho habrían sido tres: Argelia, de Cátedra Bolivariana, Verdugo, de Educación física y Villahermosa, de Geografía de Venezuela. Las expresiones en sus rostros no me ayudaban a calmar mi preocupación, que iba creciendo a saltos por cada minuto que pasaba. Por suerte no me desmonoré antes que mis compañeros, quienes cedieron a la invisible presión.
Todos suministraron la información que tenían como un manantial de preocupación que poco a poco ahogó a muchos. El tono de voz subía gradualmente mientras los comentarios salían apresuradamente de los labios de las personas.
Algunos hablaron sobre policías y tanquetas apostadas en las calles como si esperaran que algo sucediera. Otros sobre ruidos lejanos de detonaciones de distintas partes de la ciudad. Varios hablaron de aviones que sobrevolaban el cielo a corta altura y de las violentas muertes de varios familiares y amigos. Algunos dijeron que los Estados Unidos nos atacaban, otro lo desmintió diciendo que en ese país sucedía lo mismo. Incluso uno fue tildado de idiota al decir que los muertos se levantaban y mataban a los vivos.
La idea parecía absurda… que equivocados estábamos.
Ahora que lo pienso, quizás él era el más cuerdo de todos nosotros. Tal vez por eso optó por la opción más sana de lanzarse desde el techo.
El profesor Camilo (nuestro maestro de Geografía), al vernos tan alterados, intentó tranquilizarnos.
Está de más decir que algunos ingenuos le creyeron, mientras que en los demás despertó la sospecha.
-Cálmense. Tengo buenas noticias. El Presidente ha transmitido por cadena nacional que la situación está bajo control y que la Guardia Nacional se ha encargado de restaurar el orden-hizo una pausa. Si la Guardia nacional había intervenido no había posibilidades de que los manifestantes hubieran salido vivos-. Los disturbios han sido manejados y los agresores encerrados. Nuestro Presidente nos protegerá de cualquiera daño. El Gobierno ha solucionado todo. No temáis.
Desde mis adentros sonreí ante la confiada pero “ciega” voz del profesor. Quien creyera al Presidente era un idiota. Y tras ver las mentiras que dijo para calmar al rebaño, mucho menos.
No me extrañó ver cómo se tranquilizaban varias personas ante esas mentiras. No os voy a mentir, estudiaba con unos retrasados mentales; chavistas, santeros, testigos de Jehová, tukis… La escoria de la humanidad. Sus muertes NO eran una perdida.
Era patético. Los corderos se volvían dóciles viendo al pastor acercarse con su cayado, una hipócrita sonrisa y un cuchillo en la mano.
No saben, y todo creen. Títeres sin conciencia.
De haber sabido lo que nos esperaba, me habría reído en voz alta, habría disfrutado uno de esos pocos momentos en los que la risa lo consume todo y la preocupación desaparece por unos segundos.
Todo era una mentira. GN, agresores, disturbios, orden…
Poco nos faltaba para presenciar el verdadero horror…
Continuará…

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