Un horror, dos Metros y treinta minutos de retraso… [Sobreviviente Cristopher]
Posted by Dib on Julio 1, 2009Que molesto era esperar la llegada del Metro con un retraso de treinta minutos para entrar a la clase de Castellano.
Como de costumbre crucé los brazos y me recosté de espalda en la pared más cercana mientras observaba a mi amigo y a otras personas que fruncían el ceño y miraban impacientes sus relojes, preguntándose el porque de la tardanza del metro.
Maldije por lo bajo.
Tal vez si me hubiera levantado más temprano estaría ya en el colegio. Pero ese maldito loro me mantuvo despierto toda la noche al imitar la voz de mi madre y gritar: “¡Christopher, levántate!”.
Pero la culpa también era de Gilberto (su amigo).
Lo tengo merecido por creerle lo de “ya voy en camino, no tardo” y esperarlo en los torniquetes del Metro.
Miró con rabia a través de los cristales de sus anteojos a Gilberto, que en esos momentos tenía la capucha del suéter azul marino sobre la cabeza, los audífonos del mp3 en los oídos y la patineta a modo de guitarra, simulando tocarla al ritmo de la canción que escuchaba.
Las juiciosas miradas de las personas que estaban cerca de él se cernían sobre el, amenazantes. Pero él no les prestaba atención, estaba metido de lleno en SU mundo.
Cuando Gilberto se dio cuenta de que Christopher lo miraba, se detuvo y le sacó el dedo más largo con cara de pocos amigos.
Me reí ante la reacción de Gilberto y me puse a su lado.
Había sentido la brisa anterior a la llegada del Metro. Me desilusionó darme cuenta de que el metro que llegaba iba en la dirección contraria.
Antes de siquiera alejarme de Gilberto unos gritos a nuestras espaldas nos hicieron girarnos y contemplar la escena que estaba frente a nuestros ojos.
No podíamos explicar lo que veíamos. Los sonoros gritos nos llegaban extrañamente amortiguados, silenciados. Las personas que se habían volteado ahora también gritaban ante el horror que veían…
El metro se había detenido antes de ocupar siquiera la mitad del andén, dejando parte de si mismo oculto bajo el túnel del que venía. Pero los cuatro vagones que se veían eran suficientes para hacernos entender exactamente qué sucedía en los vagones que no se podían ver.
Las personas que esperaban en la estación se habían quedado paralizadas por el terror.
Los vagones se estremecían mientras las personas dentro de ellos aporreaban histéricamente las ventanas y puertas, esperando que se abrieran o que tan sólo cayeran rendidas bajo la presión de una decena de manos.
Cundió el pánico.
Algunas personas huyeron. Otras, más “valientes”, se lanzaron a intentar abrir las puertas para dejar salir a las personas que se encontraban atrapadas en ese infierno.
El interior era un pandemonio. Gritos desaforados, sangre embarrada en las ventanas y paredes de los vagones, personas lanzándose encima de otras y aporreando con furia las ventanas…
Cada partícula de mi cuerpo me gritaba que huyera, pero mis piernas no respondían. Las sentía fuertes y a la vez débiles. Sentía que si daba un paso mi pierna cedería y caería al suelo hecho un desastre.
El sudor caía en mi frente, frío como el hielo, helando cada centímetro de mi cuerpo y transformando cada pensamiento de valor que alguna vez tuve en el peor temor que jamás sentí. El terror me invadía más y más por cada segundo que pasaba.
Como una chispa naciendo en el fondo de la oscuridad, me lancé hacia delante, intentando meter mis dedos entre los resquicios de las puertas para abrirlas. No sabía que me impulsaba a hacerlo, sólo cedía a esa ola como la arena. Quería ayudar a las personas que se encontraban dentro.
Me volteé para pedirle ayuda a Gilberto. Pero se había quedado quieto como una estatua a unos seis pasos de mí. Miraba con la vista perdida la escena que tenía en frente. Le hice señas con la cabeza para que me ayudara, pero no reaccionaba.
Mi corazón se detuvo…
Todo se volvió gris y el tiempo se ralentizó para no ser más que una película vista en slow motion. Vi los labios de varias personas moverse, vi como sus rostros se convertían en mascaras de increíble terror, vi como muchos emprendían la huida por las escaleras…
¿Qué sucedía?
Entonces la sentí; la brisa que anunciaba la llegada de un Metro.
Me oí a mi mismo gritar: “¡Todos al suelo!”. Mi propia voz me llegó como un disco de vinilo reproducido a baja velocidad, tenía ganas de reír ante lo ridículo de la situación, pero el terror mantuvo mi boca en el complicado trabajo de gritarles.
Volteé hacia donde Gilberto. No reaccionaba. Seguía con la misma vista ausente al frente, como un maniquí.
Antes de darme cuenta me encontraba corriendo hacia Gilberto con las manos abiertas y lanzándome encima de él para protegerlo del choque que iba a ocurrir detrás de nosotros.
Me cubrí la cabeza con las manos mientras intentaba también proteger a Gilberto con mi cuerpo.
El impacto retumbó en mis tímpanos, haciendo vibrar cada partícula de mi cuerpo como una campana. Intenté levantarme después del impacto, pero mi cuerpo temblaba incontrolablemente.
Me di la vuelta para ver. Supongo que sería morbo, ya que lo primero que debí hacer fue salir corriendo.
Varios pedazos de cuerpos se encontraban en el suelo y la sangre embarraba las paredes como un tenebroso graffiti de materia gris, huesos y músculos. Algunos cadáveres se encontraban unidos entre los Metros que habían chocado. Era como ver un cuadro de Dalí, sólo que este era real.
Quería vomitar, pero ni eso pude hacer. Mi cuerpo no respondía a ningún impulso nervioso que enviaba. Prácticamente estaba muerto.
Entonces sentí una gélida caricia en contacto con la tela de mis pantalones. Bajé mi mirada.
Dos manos negras, pero con un extraño tono pardusco subían lentamente por mis piernas. Sin darme cuenta, uno de los pilotos del metro chocado se había acercado a mí, aferrándose fuertemente a mi pierna, como si temiera que huyera.
Pensé que el sujeto necesitado ayuda, ya que tenía toda la chaqueta y el rostro lleno de sangre coagulada.
-Señor, ¿se encuentra bien? Deje que lo ayude-dije mientras intentaba levantarme.
No respondió, sólo se abalanzó sobre mí.
Instintivamente coloqué mis manos entre su pecho y mi rostro para mantenerlo alejado.
No lo había notado antes debido al polvo que flotaba en la atmósfera y a que mis anteojos se habían caído, pero a aquél tipo le faltaban trozos de su rostro. ¿No le dolía? ¿Por qué diablos se abalanzó sobre mí?
Aún así, con parte del rostro o sin ella, tenía una fuerza asombrosa. Me costaba un trabajo increíble mantener sus mandíbulas (que se batían como si intentara morderme) alejadas de mi rostro. Y eso que hago pesas. No importaba lo que hiciera, ese tío seguía acercando sus dientes más y más cerca mi.
¿Qué creía? ¿Qué yo era su aperitivo?
Entonces oí un “crac” y el piloto del metro cayó rodando a tres metros de distancia de mi. Cuando me levanté un poco vi que una parte de su cráneo estaba hundida y rota. De su cabeza salía una masa gris sanguinolenta que se desparramaba en el suelo como un pequeño charco. Era su cerebro.
Esta vez vomité.
Todo el pánico, el temor, el miedo y la angustia fueron drenados junto con mi desayuno al suelo.
Al terminar tomé grandes bocanadas de aire, pero no pude quitarme el amargo sabor del vomito en mi garganta.
Gilberto me tendía la mano antes de poder levantarme. Me puse los anteojos que estaba a unos cuantos centímetros de mí y me levanté.
Una vez de pie pude ver su patineta. Una parte de la cola estaba rota, con las astillas llenas de sangre cayendo de ella. Así que había sido eso.
-¡Rápido, vamonos de aquí!
No podía respirar bien, el aire salía y entraba de mi cuerpo por cada segundo que pasaba.
Mientras subíamos las escaleras bajé la mirada y vi que en los destrozados vagones del metro varias personas se movían, intentando salir por las ventanas rotas.
En uno de los intermitentes destellos de las luces de los vagones pude verlos. Los vi por primera vez…
Eran “ellos”.
Aún hoy no puedo sacarme la imagen de la cabeza, y en las noches me despierta entre gritos y sudor frío.
Esos cadáveres entre los metales de los Metros chocados que intentaban salir de su cárcel… un baño de sangre…
Apuré el paso.
Gilberto se me había adelantado unos cuantos metros, y lo vi lanzar un golpe con su patineta hacia otra persona que se acercaba a él con la mandíbula dando brincos como un perro rabioso. También lo mató.
Gilberto y yo salimos como pudimos de la estación, abriéndonos pasos a golpes y carreras entre las personas que huían despavoridas del lugar del choque.
Ahora que lo pienso, debimos habernos quedado en la estación. Al menos era un refugio en el que nos podíamos esconder sin muchos problemas.
Ya que afuera era el mismísimo infierno…
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