Force Twilight

La Temporada Final

Risas, y un fantástico horror… [Sobreviviente anónimo]

Posted by Dib on Julio 1, 2009

El salón seguía agitado, a pesar de que varias personas se habían calmado al oír al profesor Camilo decirles que el Presidente había dicho en una cadena nacional que todo estaba bajo control.
Quería sonreír, ¿qué me lo impedía? No lo sé. Tal vez haya sido mi manía de mantener las apariencias frente a otras personas. Muchas malas vivencias tuve al enseñarles parte de mi…
Pude escuchar los apagados murmullos de varios chicos que estaban sentados a dos pupitres de distancia de mí. Estaban hablando sobre lo mucho que les habría gustado tener armas y enfrentarse a los agresores; meterles unos cuantos tiros en el cuerpo y verlos desangrarse.
Era sencillo entender porque esas personas murieron poco después de ver el Horror.
Vivían en el… delirio, de tener armas y dispararlas contra los demás. Golpear y pelear por diversión. No era extraño que esos fueran sus sueños y fantasías. Cuando creces rodeado de malandros, droga y violencia algo se te debe quedar, ¿no?
Agarré mi morral y me lo puse al hombro mientras salía del salón de clases. El profesor Camilo intentó detenerme recostando una mano en el marco de la puerta y preguntándome; “¿a dónde vas?”. Yo, ni corto ni perezoso, le respondí que a donde me diera la gana, mientras empujaba su brazo, haciéndolo tambalear.
Emprendí la carrera y bajé por las escaleras metálicas que quedaban cerca. Cuando llegué al primer piso sentí la vibración que recorre las escaleras cada vez que alguien las baja o las sube. Suspiré. Camilo me estaba siguiendo.
Mierda, ¿por qué aún cuando hay disturbios los profesores se comportan de una forma tan… de profesores?
Me encaminé a la entrada corriendo; miraba sobre mi hombro para ver si Camilo ya estaba en el primer piso. Así que no prestaba atención a lo que estaba al frente mío, con lo que me di un buen golpe contra la puerta de cristal, que tembló ligeramente. Maldita sea, esa cosa pesaba demasiado.
Antes de poder ver bien (había empezado a ver lucecitas blancas por culpa del golpe) una mano se puso sobre mi hombro y me empujó hacía ella. Camilo me había alcanzado.
Puse mala cara, preparándome para el regaño que me esperaba. Pero Camilo no me miraba a mí; estaba viendo sobre mi hombro. Su expresión no era nada agradable.
Me volteé… entonces yo también lo vi.
La calle enfrente del colegio estaba repleta de personas corriendo hacía la Lecuna (que vendría siendo nuestra izquierda), eso significaba que fuera lo que fuera de lo que estaban corriendo debía venir desde el Palacio de Justicia (donde estaban apostadas varias tanquetas DM-51 y 53, con varios militares en motos y equipos antimotines), o de las Torres del Silencio (antigua sede del ministerio encargado de gestionar nuestro colegio y del CNE, que es nuestro Consejo Nacional Electoral, encargado de las fraudulentas elecciones venezolanas). Los gritos y detonaciones lo llenaban todo, sin dar la menor oportunidad de pensar.
Las personas corrían, llevando a cuestas niños, manteles (seguramente buhoneros), moto-taxistas, varias personas con las camisas beige de tela suave (probablemente los conductores de las camionetitas que se encargan de cubrir el trayecto Silencio-El Cafetal), varios chinos del restaurant El Yunke y militares…
Espera, ¿militares? ¿Ellos no deberían estar combatiendo a los agresores? ¿Acaso ellos no tienen AK-47’s, Glock’s y  granadas de mano?
Esto no podía ser obra de “agresores”, tal como había dicho el Presidente; incluso los llamados “Robo-cops” estaban empujando y abriéndose paso entre la multitud en veloz huida. Algo más terrible que unas cuantas personas con banderas y pitos estaba asustando a las personas, pero, ¿qué?
No podía entender que los militares huyeran. Su uniforme y estar bajo las ordenes directas del “Mico-Mandante” les eximia de pagar por sus crímenes. Si un GNB (Guardia Nacional Bolivariano), robaba, el abogado podía alegar que lo hacía en nombre de la patria y nadie se atrevería a contradecirlo. Ellos podían abrir fuego con munición de metal sobre la multitud indefensa y ninguno de ellos pagaría por ello. Desde hace años que el “proteger y servir a tu patria” se había convertido en “proteger y servir a tu Presidente y a sus intereses personales”. Una fuerza endeble y corrompida, viciada por las drogas, el licor y la prepotencia que provoca el poder hacer lo que te pegue en gana sin tener un castigo por ello. Desde hace muchos años que nuestro ejército había estado holgazaneando con pequeñas lluvias y acallando marchas opositoras a punto de ametralladoras y granadas lacrimogenas.
El profesor Camilo, saliendo del shock que le había provocado ver la riada de personas, abrió la puerta de cristal y se situó en el medio de la calle.
Su figura se veía desaparecida y de vez en cuando jamequeada por los cuerpos que pasaban a su lado con una fuerza brutal.
La cantidad de personas que corrían empezó a bajar, y sólo pude ver a unos cuantos policías de tránsito correr hacía la Lecuna. Entonces llegaron los causantes del desastre.
Desde mi posición no los podía ver bien; me había ocultado tras el escritorio del ausente guardia de seguridad, que estaba bajo un manto de oscuridad debido a que la luz del techo estaba apagada. Pero el profesor Camilo debía de tener una visión en primer plano excelente.
Eran tres personas; dos chicos y una chica. Mi visión no era muy buena, pero sus camisas estaban empapadas de lo que parecía ser pintura rojo vino tinto. Que ingenuo era. Se movían lentamente y tambaleaban a cada paso que daban. ¿Qué les sucedía? Sus manos colgaban a los lados de sus cuerpos, moviéndose de un lado al otro producto de los pasos desiguales de esas personas. La niña dirigió la mirada hacía mí, pero pareció no verme y siguió caminando hacia el frente.
Su rostro me había dejado paralizado; le faltaba la mejilla izquierda y el ojo. Algo en mí me dijo “corre, o morirás”, pero me quedé quieto. Quería ver qué iba a suceder.
Fijé mi atención en las otras dos personas y vi que en las camisas de ellas habían huecos, desde los que nacía el lago vino tinto que cubría la camisa; impactos de bala.
Las tres personas se dirigían hacía el profesor Camilo, el cual se acercó a ellas preguntando si se encontraban bien.
Que idiota. Era claro que no se encontraban bien.
Los tres alzaron los brazos a la vez y se abalanzaron encima del profesor. Me llegaba el quejido mudo de Camilo y los golpes que propinaba a las personas que ahora estaban mordiendo su cuerpo y arrancándole trozos de carne. Un impulso me dijo que lo ayudara, pero no lo hice. “Quédate quieto. Ya vendrán personas a ayudarlo. Tú sólo espera; no te arriesgues”.
Seguí escondido tras el escritorio, mientras veía como devoraban al profesor.
Un grito se escuchó a mis espaldas. Quise voltearme, pero algo me mantenía atado a la carnicería que se desarrollaba a pocos metros de mi. Unas voces se escucharon; mujer y hombre, poco después unos ruidos de pasos se escucharon detrás de mí. Me di una media vuelta y vi a la profesora Argelia y al profesor Verdugo que se lanzaban apresurados en ayuda de Camilo. No habían notado que yo estaba ahí, mejor así.
Abrieron la puerta de cristal y se lanzaron encima de los atacantes, con golpes y patadas, en un inútil intento de sacárselos de encima al agraviado.
Verlos luchar me hacía sentir exultante y emocionado, como un niño de nueve años viendo por primera vez una pelea de verdad. La adrenalina corría por mi cuerpo. Y mi instinto de supervivencia de impuso antes de la necesidad de ayudarlo; “sal de tu escondite. Baja la ’santa maria’ y déjalos fuera, no los dejes entrar. Ya están muertos”.
Como un autómata salí de mi escondite y bajé la “santa maria”; no podía dejarlos entrar. Estaban muertos.
Cuando el metal chocó contra el suelo, bañando de una oscuridad leve el suelo, oí a los profesores gritar. Me recosté en ella, presionando con mi trasero uno de los agarres contra el suelo para que no pudieran abrirla.
Sentí cómo intentaban subirla sin éxito. Entonces golpearon con fuerza el metal, gritando “ayuda”, “auxilio”, “ábrannos” en una algarabía de palabras que no tenían el menor sentido para mí.
Y los gritos cesaron como por arte de magia. Los golpes dejaron de resonar en el metal y la tranquilidad lo llenó todo. No más detonaciones, no más gritos… Sólo una absoluta y hermosa nada.
Por unos minutos me quedé quieto, sin saber qué hacer. ¿Ya se habrían marchado o seguirían afuera? Tenía que esperar,
El reloj marcó las 9:14. Pasé más de media hora sentado en el suelo.
Tenía que saber qué habían hecho. Una morbosa curiosidad se impuso a mi instinto de supervivencia. Quería verlo.
Me levanté y subí con fuerza la “santa maria”, mientras me impulsaba hacia delante.
Pero algo me lo impidió.
Ahí, justo en la entrada del colegio, habían tres personas. Dos chicos y una chica…

Add A Comment