Probabilidades y estrellas en el cielo… [Sobreviviente anónimo]
Posted by Dib on Julio 1, 2009La radio sonaba baja mientras permanecía sentado.
Detonaciones de disparos, gritos, cornetas de coches, explosiones… Todo eso se escuchaba bajo la estática señal de la radio que permanecía prendida sobre el escritorio del ausente guardia de seguridad. Por más que giré el dial, todas las emisoras decían lo mismo: “…se están matando…”, “… ha enviado fuerzas armadas que tienen permitido el uso de munición de met…”, “… desde Europa hasta Asi…”, “…vacuación de emergencia en todos los pueblos aún sin infect…” ,”… el AH1N1 ha mutado…”, “… terra ha enviado fuerzas armadas ha Irlanda del Norte donde se han presentado…”, “… ierrense en sus casas. No salgan bajo ningún moti…”. Me llamó la atención que cuando pasaba por las distintas emisoras resonó una voz totalmente distinta a las demás; ésta era profunda y con un claro tono de orador empedernido. Decia: “Es el Apocalipsis. El señor Jehova nos ha castigado por nuestro pecados. Arrodillense y oremos jun…”. El hombre se calló después de que se oyó un crujido y gritos. Poco después la transmisión fue cortado.
No pude evitar sonreir. No me parecía extraño que en el baño de sangre actual las personas empezaran a rezar y enconmedar su alma a Dios rogando perdón. Idiotas, nada de eso sirve. Dios no es más que un mito. No hay nada más allá de lo que nuestros ojos puedan ver. Sino es visto; no existe. Así de sencillo.
Rogar no te salvará. Lo único que te puede hacer sobrevivir a este infierno terrenal es una fuerte convicción, una inteligencia sobrenatural, y los instintos que tantas personas tenían dormido hasta hace poco. Tampoco vendría mal unas cuantas armas de fuego y un humvee, pero eso no es posible.
Sólo tu forjas tu destino, sólo tú decides morir o vivir, sólo tú decides asesinar para sobrevivir o salvar para morir. Es tu elección; nadie más la puede hacer por ti. Piensa por ti mismo, o estarás mejor muerto.
Ahora dime, ¿qué decides?
El tiempo corre.
Mis pensamientos se habían perdido mientras observaba distraido mi reflejo en el cristal, pero fui sacado de mi ensimismamiento al escuchar unos pasos apresurados que se acercaban hacia mi.
Una alta figura se situó en frente de mí. Su piel morena oscura se veía negra por la falta de luz. Y su rostro fuerte y brutal me vió con ira mientras me gritaba:
-¡¿Qué te pasa a ti?! ¡¿Tú qué eres para hablarnos así?! ¡Muerete! Mira que sino fuera porque somo’ poco’, te mato cabrón, te mato.
Me levanté, malhumorado, y le dije en voz baja a pocos centimetros de la cara:
-Anda, hazlo. Clavame el cuchillo que tienes en el bolsillo. Ah… pensabas que no lo había visto…-dije mientras en su rostro se mostraba la sorpresa-. Anda, no hay nada que temer. ¿Quién te va a ver? Sólo una muerte más entre tantas las de hoy. Ahora…
Me alejé unos pasos de él mientras que en camino recogía un bate de baseball que estaba recostado en el escritorio. Me di la vuelta, viéndolo a la cara, y le dije:
-Como pensaba. Mucho ruido y pocas nueces-su cara se mostró confundida-. Perdona, en tu idioma significa que hablas mucho pero que no haces nada. Cobarde.
Le di la espalda y me alejé de él.
Sabía que no me iba a perseguir. Las personas como él amenazan mucho, pero a la hora de las cuentas, nunca hacen nada. Es la típica persona que si ve que sus metas no han sido logradas en el acto, desisten.
Giré varias veces el bate entre mis manos y lo sujeté firme. Antes de darme cuenta hacia donde iba me encontraba en el tercer piso de las escaleras de metal. Miré alrededor; no había nadie.
Saqué un amasijo de llaves que había encontrado en el escritorio del guardia y las probé todas en el candado que impedía la entrada al techo. Después de veinte llaves encontré la indicada y el candado se abrió.
Quité las cadenas, dejándolas en el suelo, y subí las escaleras, mientras el rojo sol del atardecer me pegaba de lleno en la cara. Por un momento quedé escandilado por la luz, pero mis ojos se acostumbraron con facilidad.
Salí debajo del techo y me dirigí hacia una de las esquinas que daban hacía la calle. Me detuve tras la baranda observando el… paisaje, por decirle de alguna manera.
Las calles que podía ver estaban bañadas de una materia rojo oscuro; sangre. Varios carros tenían las ventanas rotas y las puertas abiertas. Lo más seguro “ellos” lo habían hecho. No podía dejar de pensar en los pobres infelices que subieron las ventanas pensando que el fragil vidrio los protegeria de las voraces mandibulas de esas cosas.
Había un cochecito tirado en medio de la calle. No muy lejos habían girones de ropa azul cielo; ropa de bebé. Mis ojos lo vieron por un rato, mientras mi mente recreaba lo que debió suceder.
Después de un minuto de ensoñaciones, me “desperté” con un sobresalto al darme cuenta que el sol se había puesto y que poco a poco el cielo pasaba de un rosado rojizo a un azul marino con pequeñas luces que titilaban.
Me dejé caer en el suelo y me puse a ver las estrellas.
No podía creer que tantas cosas hubieran sucedido en un día… Muertes, disparos, huidas, sangre, destrucción, asesinato culposo… Y aún las estrellas brillaban… Como se nota que no les importamos. Podría detonar una bomba “H” y ellas seguirían brillando, como siempre.
No pude dejar de sentir envidia. Tan lejanas de este caos llamado Tierra, tan tranquilas, sin nada que temer. Seguirán brillando aún después de que los hijos de mis tataranietos mueran… Bueno, lo de tener hijos actualmente ya es muy jodido por como están las cosas. Como mucho debería alegrarme de tener comida.
Las cosas iban a empeorar, eso era seguro.
Los humanos son animales. Si encierras a una piraña junto a otra sin comida, terminaran por matarse entre ellas. Así somos. Estrés, miedo, rabia, impotencia, hambre… Ninguno de ellos sabe lidiar con eso, todos moriremos si no hay una limpieza antes.
Las habilidades de supervivencia de los que quedan son minimas. No confio en ellos, y ellos en mi tampoco; no podemos trabajar juntos. Pero no puedo dejar que mueran. A pesar de no ser de mi agrado son útiles. No puedo dejar que le suceda algo a Is…
Mierda. Tenía que convivir con ellos. Pero si al menos pudiera deshacerme de los menos aptos…
No. No puedo hacer eso. Esperaré. Queda mucho tiempo; las probabilidades de que mueran los inútiles son altas. Me quedaré sentado a esperar a que suceda.
Pero tenía que estar preparado para no ser uno de los inútiles.
Mi mente trabajaba. Casi podía escuchar sus engranajes girar a toda velocidad, mientras “profetizaba” todo lo que iba a suceder en el futuro. Analisaba una y otra vez los posibles resultados a nuestro encierro. Muertes, asesinatos, canibalismo, locura, suicidios… Al poco tiempo había planeado todo lo que tendría que hacer para sobrevivir.
Saqué una hoja del bolso que colgaba en mi costado y empecé a escribir:
Probabilidad/Supervivencia/Total/35%…
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