Force Twilight

La Temporada Final

Los menos aptos… [Sobreviviente anónimo]

Posted by Dib on Julio 1, 2009

El sol me pegaba con fuerza en el rostro. Su resplandeciente luz me sacaba de un profundo sueño; el mejor que había tenido en años. Poco a poco abrí los ojos, mientras el cielo azul resplandecía como una joya. Las nubes se retorcían y cambiaban a una velocidad sorprendente. Botas, dragones, flores, caras… Sus formas variaban y siempre eran las mismas. Que extraño.

Me levanté. Cuando estaba de pie sentí mi cuerpo entumecido por el frío y por el incomodo lugar en el que había dormido. Estiré un poco los músculos flexionándolos y retrayéndolos para desperezarlos.

Di una vista a mí alrededor. El techo del colegio seguía tal como lo había visto la noche anterior antes de dormirme. No quería que nadie me molestara, por eso elegí el techo; nunca nadie venía.

Caminé lentamente hacía el borde del techo, midiendo con cuidado cada uno de mis pasos. No quería caerme, y aún mis pies estaban medio-dormidos.

Estaba pensando en lo que había visto ayer: una calle desierta bañada en sangre, carros destrozados, basura en los suelos… Por eso me sorprendió encontrarme la calle repleta de “ellos”.

Desde mi posición no los podía ver bien, sólo sabía que lo marrón oscuro que los cubría no podía ser más que sangre coagulada, o que las tiras que arrastraban por el suelo eran las ropas desgarradas, y de vez en cuando pedazos de piel arrancados del músculo.

Me quedé un rato viéndolos. Eran alrededor de veintiséis. Caminaban erráticamente, yendo de aquí para allá. Me recordaba a una chica que había visto drogada. Daba pasos vacilantes pero rápidos, tenía la mirada perdida, los ojos entrecerrados y la boca en una “O” constante. Cruzaba la calle, volvía a cruzarla, iba al quiosco, regresaba a la parada del MetroBús, volví al quiosco y así varias veces. Hasta que llegó el MetroBús y se subió en él.

Me produjo una fuerte impresión verla así. Era una chica muy atractiva, y por la vestimenta debía ser de buena familia; posiblemente ricos, pero había caído en el infierno de las drogas. Había escuchado hace mucho tiempo por la tv que en los sectores pobres el índice de consumo de drogas era mayor que en el de los de clase media. Que consumían drogas porque no tenían una cultura y una familia que les enseñara que era malo, que por la pobreza caían en ese abismo.

Eso es pura mentira.

Las personas, sea cual sea su statús social, consumen drogas porque es una salida a la vida que día a día tienen que enfrentar. Problemas, discusiones, trabajos, parejas, infelicidad… Todo eso se veía arreglado por el consumo de un estupefaciente que los dopaba y atontaba el dolor. No importa si eres blanco o negro, mujer u hombre, rico u pobre, el vacío lo sentimos todo en algún momento de nuestra vida.

Algunos lo olvidan, lo superan, viven emociones extremas, toman drogas, se cortan, se suicidan. Otros vivimos con él por siempre… pero seguimos adelante. Y nace lo que las personas consideran ‘insensibles’.

Sonreí durante un rato mientras observaba lo que estaba debajo de mí.

No podía expresar con palabras lo que sentía. Sonreía como nunca lo había hecho, me sentía vengado, como si todo lo que el mundo me había hecho hubiera sido castigado por la justicia divina. El vacío en mi pecho se había visto en parte rellenado por algo nuevo; el deseo de sobrevivir.

Me alejé de la baranda y me encaminé hacía las escaleras metálicas. Mis pasos resonaron en el colegio mientras bajaba las escaleras apurado. No sabía qué iba a hacer, sólo quería ver a los demás sobrevivientes. Mis planes serían imposibles si no contara con al menos la participación de tres personas, y para eso tendría que convencer a mis queridos compañeros de clases… Ah, no, corrección; “a mis queridos compañeros de prisión”.

Intenté recordar los nombres de todos para así no faltarles el respeto al no llamarlos por sus nombres. Cristopher, Gilberto, Isabel, Glaciel, Ana, Jhon, Daliam Gabriela, Michael, Braulio, Brando, Hjalmar, Paco, Edgardo, Renzo, Oreana, Indhira, Yuviry, Dubriska, Yimar, Carlos Niño, Yirvinth, Marcus, Yuvanoska, y la chica que no habla.

Me encontré a la mayoría en el comedor del primer piso. Los que tenían menos probabilidades de sobrevivir estaban reunidos en una mesa, mientras que los más aptos estaban en la más apartada, pegada a una pared. Los prescindibles estaban hablando sobre lo que debían hacer; llegué a captar mi nombre entre los murmullos. Pero de entre las voces surgió un silbido y todos se quedaron callados. Varios se voltearon y me vieron. Inmediatamente volvieron a fijar su vista en la mesa, esquivando mi mirada.

Olía a traición.

Me adelanté a paso lento, observando el rostro de cada uno. Brando me veía con rabia por lo que había sucedido ayer. Les dirigí una mirada de repulsión a los que estaban más cerca de mí y fui directo a donde se encontraban los demás.

Cristopher, Gilberto, Jhon, Glaciel, Ana, Isabel, Marcus, Yirvinth  y la que no hablaba se encontraban alejados de los otros, y seguían discutiendo a pesar de mi aparición. Me acerqué a ellos y me senté. Seguían hablando; era como si yo no estuviera ahí.

-El ejército tendrá que hacer algo. No pueden dejarnos aquí solos.

-Si no vinieron hoy, no van a venir mañana.

-Le tienen miedo a esas cosas…

-¡¿Cómo le van a tener?! ¡Tienen pistolas y ametralladoras! ¡Con varios tiros y listo!

-¿Y si los muerden, Gilberto?-respondió Cristopher-. Ya sabes lo que sucede si te muerden: mueres sin muchos problemas.

-Entonces que se cubran-dijo Isabel.

-Tenemos que salir de aquí…-Ana temblaba.

-¿Pero cómo? Ya vimos que la entrada está inundada de esas cosas-dijo a su vez Jhon.

-Tenemos bates, ¿no? Salimos y los jodemos. Fue fácil la primera vez, ¿verdad, Cris?-dijo Gilberto, animado por la idea de pelear.

-Ajá, los matamos… ¡Pero si ya están muertos! Prueba suerte con un bate. Cuando mates a uno, nos avisas-respondió sarcásticamente Isabel.

-Para tu información ya maté a varios, y con una patineta-dijo Gilberto mientras se ponía en pie. Estaba preparándose para discutir.

Pero Isabel no respondió y empezó a hablar en voz baja con Glaciel. Me quedé un rato observándola, mientras escuchaba lo que le decía, hasta que ella volteó en mi dirección y bajé la mirada, sonrosado.

Ver sus ojos no era una experiencia apaciguadora. Lo más cercano a una descripción sobre ellos era esto; no importaba lo que hicieras, o lo que pensaras, ella parecía saberlo, y en sus ojos te veías reflejado.

Volví a subir la vista después de un tiempo, ella ya no me miraba. La seguí viendo. Y me preguntaba, ¿qué pensará? ¿Qué habrá visto en mis ojos?

Sonreí ante la idea de que alguien pudiera saber lo que pensaba. Me puse en pie y hablé, acallando las voces de los demás:

-Sus planes son estúpidos, y todo lo que lograrían es que murieran en vano. Gilberto, pensando antes con los músculos que con la cabeza. Podrías combatirlos, si, ¿pero cuánto tardarías en cansarte? Yo los he visto; son interminables. No se detienen por nada ni por nadie. Y en cuanto al ejército, no pueden hacer nada. Antes de que esto empezara ellos ya no podían hacer nada. Están acostumbrados a disparar a personas que nunca los atacan. Esta vez es distinto, “ellos” no se detendrán por disparos en el pecho o en las piernas, seguirán al frente hasta dar con su presa.

Estaban viéndome fijamente. Me sentía acalorado, a pesar de que sólo tenía la camiseta que llevaba debajo de la camisa del uniforme. Maldición, me incomoda ser el centro de atención. Pero tenemos que sobrevivir a como dé lugar; aún si no todos lo hacen…

-Sé cómo salir de aquí. La salida por la entrada es completamente imposible. “Ellos” rondan continuamente al frente de nuestro colegio, y si ven a uno, todos morimos. El ejército no va a venir, así que un rescate es imposible. No hay helicópteros en el cielo ni aviones, eso significa que los aeropuertos están abandonados o que los aviones son usados para otras cosas. Las únicas opciones aceptables y que permiten un menor margen de error, son: Primera, quedarnos aquí y sobrevivir como podamos. Pero sus inconvenientes son grandes: Asesinatos, suicidios, violaciones, peleas y muertes. Inanición y cansancio. Las posibilidades de un rescate son inexistentes. Segunda: huir por el techo de la escuela. Las rejas no son altas y cualquiera las podría escalar. De ahí pasaríamos a otros edificios hasta dar con un carro, alimento o armas. Incluso puede que demos con alguien que esté vivo.

Miré el rostro de todos los que me habían oído. Joder, también me miraban los de la otra mesa. Por suerte escucharon tarde; no lo saben todo. Optarán por la segunda opción y las posibilidades de que mueran sin mi ayuda son altas. Los fuertes prevalecerán.

Una de las chicas que me había estado observando se levantó y dijo en voz alta:

-¿Ah, si? Y cuándo escapemos de aquí, ¿qué? ¿Tienes alguna razón para pensar que encontraremos a otras personas si salimos de esta ciudad? ¿O tienes un humvee que nos va a llevar a todos fuera del país cuando lo hagamos? No todos vamos a lograrlo, ¿Quiénes van a morir? Responde.

Maldición, a Isabel no se le iba a escapar los vacíos de mi plan. Debí suponerlo. Miré directamente a los ojos a Isabel y le respondí:

-Las probabilidades de que encontremos a otras personas son del 21%. Sé que son mínimas, pero al menos existe. En cuanto al carro, no tengo ninguno, y es poco probable que encontremos uno con las llaves en la suichera-tomé un tiempo y respondí la última pregunta-. Sólo los más aptos sobrevivirán.

El silencio que surgió con mi respuesta me dio risa. Sus rostros reflejaban que estaban pensando quiénes eran los más aptos. Esperé un tiempo a que tuvieran alguna idea y me di la vuelta. Mis pies estaban cerca de las escaleras, en caso de reacciones violentas podría correr.

Volteé un poco mi cara sonriendo y alcé mi brazo, señalando la mesa de los que no me habían prestado atención cuando empecé a hablar. Solté una risotada y dije:

-Ellos son los menos aptos…

Add A Comment