Sueño Oscuro (3 y 4)
Posted by Lord AJ on Julio 2, 20093
Sus pies comenzaron a arder de la corrida, como si hubiera corrido ya varios kilómetros, pero en verdad, como mucho, había hecho sólo algunos metros. Aun así, ahora podía divisar mejor el asentamiento lejano, donde esperaba poder encontrar refugio de esos seres espectrales que la perseguían. El asentamiento era totalmente cúbico, negro, y bastante pequeño; tanto que parecía tener el tamaño de una habitación ordinaria. Parecía plástico, ya que sus paredes reflejaban la negrura de un extraño modo. No tenía ventana alguna, sólo una puerta blanca, que parecía no encajar en ese lugar, tal como ella.
Tenía que llegar allí. Tenía que hacerlo y protegerse, aunque fuera un sueño. Pero, entonces ¿Para que corría? Si era un maldito sueño, seguramente despertaría en cuanto muriera. Podría simplemente dejarse atacar por esos bichos, por mas desagradable que fuera, y terminar con aquella demencia. Lo único que evitaba que se detuviera totalmente era que todo se sentía muy real. El pasto le azotaba las piernas mientras que avanzaba por le negra tierra, y escuchaba los gruñidos de los seres cada vez mas cercanos.
Lanzó un grito ahogado cuando tropezó y su rostro encontró la húmeda y fría tierra. Uno de esos seres la había tomado del pie y hecho caer, y, para su horror, al observar a la criatura, quedó helada al ver que el conductor era quien la había tirado, y ahora se arrastraba encima de ella, como un perro sarnoso y angurriento, chorreando inexplicables cantidades de baba de su boca, mientras que avanzaba.
Cuando el chofer estuvo completamente sobre ella, con su pútrido rostro casi rozándole su redonda nariz, y humectándole la cara de esa calida y horrible baba, mientras que éste relamía su lengua de un lado al otro, Mercedes no pudo hacer nada. El chofer la tenía inmovilizada. Ni siquiera podía gritar.
Iba a morir. Iba a morir en ese sueño.
Mierda.
El chofer acercó su boca al cuello de ella, seguramente para morderla y comenzar el engullimiento, como un león salvaje, pero, poco antes de que lo hiciera —ya sintiendo el aliento acido sobre la piel de su cuello—, éste salió despavorido, como una rata asustada, chillando como demente, arrastrándose de nuevo al río.
Mercedes no se movió, aunque quería hacerlo, pero el temor y la falta de entendimiento sobre lo que acababa de presenciar la habían petrificado. ¿Por qué diantres se había ahuyentado el chofer y los demás malditos (en caso que esas criaturas hubieran sido lo que Nekros le advirtió)? ¿Habían decidido que ella no servía de alimento o algo mas los había asustado?
El sonido de pasto crujiendo detrás de ella le detuvo el corazón por unos instantes. Había algo más allí, y era evidente que los malditos habían huido a eso. Seguramente era una criatura horrible y peor que esos engendros, sino, ¿Qué más los hubiera asustado? No podía evitar preguntarse como sería el monstruo que se acercaba a ella, pues, de seguro, debía ser más horrible que esos engendros que acababa de divisar, y no quería estar allí cuando apareciera.
Se levantó inmediatamente ante el sonido cada vez mas intenso del movimiento de pasto, y, giró para observar, pero no vio nada. Aun así, entre los altos pastizales, notó como algo avanzaba. No podía quedarse allí esperando que el monstruo saliera de su escondite a atacarla, tenía que ir a otro lado, y ahora que el camino hacia el asentamiento estaba bloqueado por el monstruo entre los pastizales, no vio otra opción que volver al río y tratar de subirse al árbol seco que había visto antes. Sabía que seguramente los malditos la intentarían atacar de nuevo allí, pero seguramente era más seguro que permanecer en un lugar donde había algo que había ahuyentado a esas infernales cosas.
Comenzó a correr, pero se detuvo inmediatamente al escuchar una voz detrás de ella.
—No vaya ahí, missus —dijo la aguda y gentil voz—, los malditos la atacaran de nuevo.
Cuando sus azules ojos giraron en búsqueda de señales de que o quien había hablado, en vez de divisar el esperado monstruo, sólo encontró, saliendo de los pastizales largos que llevaban al asentamiento, a un niño de no mas de ocho años. El pequeño tenía cabello dorado y crispado, que crecía encima de sus pequeñas orejas. Su rostro era redondo, con cachetes rojizos, como una manzana, encajando a la perfección con la pequeña boca sonriente, pero contrastando con su pálida piel. Vestía pantalones azules claros, y una remera blanca, manchada en el pecho de húmedo rojo, que, si Mercedes no se equivocaba, debía de ser sangre. No tenía calzado alguno; caminaba por la negra tierra con sus pequeños piececitos al descubierto.
—¿Qué pasa, missus? ¿Ha visto un fantasma? —Preguntó el niño, amablemente.
—¿Qué? —replicó Mercedes, sacudiendo la cabeza, como si estuviera tratando de despertar. Al parecer se había quedado observando más al niño de lo que había pensado.
—Pregunto solamente, missus, parece asustada. No estará asustada de mi, ¿Cierto? —Inquirió el niño, con una voz súbitamente, que inmediatamente hizo sentir a Mercedes culpable por antes pensar que, de entre los pastizales, iba a salir un monstruo. Aun así, no entendía como diantres era que los malditos se habían atemorizado de la presencia del niño.
—No, no estoy asustada de ti. Estoy bien. Pero, ¿Qué te ha pasado? —respondió señalando al pecho húmedo en sangre del niño. Éste miro el detalle, y no pareció preocupado.
—Siempre es así. Disculpe si le molesta, missus.
—No, no me molesta —dijo, pero aun así, estaba algo perturbada del hecho que el niño tuviera el pecho mojado con sangre, pero trató de no mostrarlo en su rostro.
—Debe ser nueva por aquí, missus, sino, no se hubiera acercado al río. ¿Tiene a donde ir? No puede quedarse fuera durante la negrura. Es muy peligroso. Si quiere puede venir a mi casa hasta que la negrura pase y venga el dorado.
Mercedes accedió de inmediato, agradeciendo la invitación. Había algo en ese niño que le generaba confianza inmediata. No sabía que era, pero no parecía tener malas intenciones. Además, si no hubiera sido por el muchacho seguramente habría terminado engullida por los malditos. El niño sonrió en felicidad en cuanto ella aceptó.
—Genial, missus, mi casa no esta lejos de aquí —habló, tomando la mano de Mercedes, para guiarla, que no pudo evitar sentir un escalofrío al tocarlo. Estaba helado, pero no tanto como había estado Nekros. — ¿Cómo se llama, missus?
—Mi nombre es Mercedes
—Tiene un lindo nombre, missus. Yo me llamo Caledorovus, pero preferiría que me llamara Cale, si no le molesta, missus. Mi nombre largo no me gusta para nada. —Y en cuanto Mercedes asintió, agregó—: Creo que nos vamos a llevar bien.
4
Se dirigían hacia la residencia cúbica, de eso, Mercedes no tenía dudas. Cale la llevaba de la mano, caminando delante de ella, a paso rápido, digno de un niño excitado que quiere jugar. A diferencia de lo que hubiera esperado, no costaba tanto avanzar entre los cada vez más largos pastos que había entremedio de la residencia, ya que, por alguna razón, estos se corrían, como si un viento los apartara, en cuanto Cale avanzaba. Era como si le temieran, y eso, en parte, la preocupó. ¿Acaso había algo en el niño que no había notado, que parecía aterrorizar a todo lo demás?
No había nada, exceptuando la mancha de sangre, que fuera para temerle al niño. Ni siquiera parecía uno de esos niños caprichosos e histéricos. Su rostro, al contrario, era celestial y muy calmo, de aparente buen alma. Tan amable parecía el muchacho, que le hubiera gustado haber conocido un niño igual fuera del sueño. Era una lastima que cuando despertara ese jovencito se habría ido.
A medida que avanzaban, Mercedes miraba de reojo a la vivienda negra a la que se dirigían, pero en cuanto se distraía y miraba a otra cosa, la vivienda parecía alejarse. Era cansador. Hacía rato que caminaban y siempre que parecía que iban a llegar, al mirar a la casa cúbica nuevamente, ésta estaba de nuevo lejos. Parecía un chiste. No hubiera seguido caminando, de no ser porque Cale iba cantando una extraña canción, que la atrapaba, con su dulce voz, como las sirenas atrapaban a los marineros en la mitología. La canción iba así:
Aquí vamos, aquí andamos.
Aquí caminamos, aquí avanzamos.
Aquí estamos, aquí nos enamoramos.
Venga el cielo dorado a su fiel lado,
Venga el calor, por favor.
Venga la paz al dominio de Az.
Te esperamos, te esperamos.
¿Dónde estas? ¿No nos escuchas?
¿Acaso por eso nos excusas?
En el dominio de Az buscamos la paz,
Y en la paz hayamos al dominio de Az.
En el dominio de Az todo es fugaz,
Pero ¿Hay amor?
Separados, serruchados, serpenteados,
Uno en Az y otro al ras.
Separados, separados, separados,
No se ven juntos parados,
Pues uno se ha marchado,
A Az, el mundo marginado.
Repetía la canción una y otra vez, con un ritmo totalmente pegajoso, y cada tanto, Cale la recitaba en otro idioma, de manera inentendible para Mercedes, pero dándose cuenta que era la misma canción por la tonada. Se sentía totalmente hipnotizada por la canción, como si fuera uno de los ratones que seguía al flautista de Hamelín. De todas maneras, no podía evitar preguntarse si Az, que tanto era mencionado en el canto, no sería el nombre de aquel lugar en el que estaba.
Tras algunas horas, llegaron a destino, apareciendo súbitamente la pequeña casa cúbica frente a ellos, en cuanto Cale dejó de cantar. El niño llevó una de sus manos al cerrojo de la blanca puerta que yacía en la oscura pared, y sin más aviso, giró la perilla.
d: caleee mi pekeño caaale ke hace ahiii
Add A Comment