Jun 29 2009

Sueño Oscuro (1)

 

“Cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti”

—Friedrich Nietzsche

1

            La puerta yacía, como siempre, en el medio de la nada, apoyada sobre la árida tierra desértica, manteniéndose en su marco, mientras que el viento se arrastraba por el lugar con violencia, cargando colosales nubes de arena consigo. Esa puerta que no llevaba a ningún lugar, negra reluciente, como si fuera la puerta al infierno, permanecía inmutada ante la intensidad de la tormenta de polvo.

            Era sólo lo esperable.

            Siempre que ella terminaba en aquel lugar, se encontraba inmovilizada. Su fino vestido blanco danzaba en el viento, mientras que su prominente cabellera era granizada por los irritantes granos de arena. En sus ojos azules claros reflejaban la puerta, como si estuviera hipnotizada por la negrura de esa entrada.

            Ven, ven, le invitaba a la puerta, esa dulce pero perturbadora voz que tanto odiaba y ansiaba escuchar. Esa voz de generación espontánea, en aquel lugar, que pertenecía a Iván; su querido Iván.

            Mercedes, de pie enfrente de la puerta, cerró sus ojos, apreciando la voz, tratando de grabarla en su mente, para nunca olvidarla, pero a la vez, perturbada de que, al despertar, sus heridas estuvieran en peor estado que antes. No era estúpida, sabía perfectamente que estaba soñando; soñando con su querido esposo muerto, con su voz. Esa voz grave y resonante, que seducía a cualquiera, que la invitaba a pasar por esa puerta negra, pero nunca, en toda la cantidad de veces que había soñado con aquella situación, se había movido de su lugar. Siempre había permanecido de pie, hasta que la arena la sepultara, al igual que la negra puerta, pero aun oyendo la voz retumbante.

            No se dignaba a avanzar por la puerta, pues,  temía, principalmente, que una vez atravesada, ya no escucharía más la voz de Iván, y nunca mas regresara ese sueño extraño. Pero era algo más que un sueño, pues, a veces, sentía como si estuviera totalmente despierta (una vez, inclusive, se había levantado y su cabello había estado lleno de arena). Aun así, también se preguntaba si, atravesando esa puerta, acaso, no vería completamente a Iván, pero, ¿Para que arriesgarse? Con su voz bastaba.

            Iván, pese a haber sido bastante atractivo a lo largo de su vida, había sido su voz que había logrado enamorarla, como una especie de hechizo perverso, atándola con una invisible cadena. Era el simple sonido de esa vibrante voz que en su mente, revivía, con una precisión fotográfica, la imagen de él, antes del accidente, claro.

            Los eventos que habían rodeado a la muerte de su querido habían sido más que usuales y macabros. La simple y mas precisa explicación era que, Iván, al estar distraído hablando por su maldito celular, haciendo una reservación a un lujoso hotel donde la llevaría a ella de segunda luna de miel, no tuvo mejor idea que cruzar una avenida sin prestar atención. Tal acción resultó en lo más esperable: un colectivo se lo llevó puesto, y para peor, el vehiculo siguió de largo, escapando de la escena del choque.

            Siempre que recordaba cuando tuvo que ir a la morgue a reconocer su cuerpo, Mercedes sentía un escalofrío interno, y cerraba los ojos, como si la imagen del cadáver, con costillas rotas atravesando la piel, su mandíbula fuera de lugar, bañado en sangre, con sus brazos torcidos en posiciones anatómicamente imposibles y piernas casi arrancadas, le apareciera en frente. Pero, cuando escuchaba la voz en el sueño, no recordaba eso. A su mente, llegaba la imagen del perfecto Iván, no del difunto.

            Su radiante sonrisa blanca, en esa cara confiada, iluminada con esos vidriosos verdosos ojos, y su suave cabellera dorada, que caía como una cascada calida sobre sus amplios hombros. Lo recordaba siempre bien vestido, en su usual traje negro de trabajo, con el que parecía simplemente un ente divino. Su piel había sido rojiza, calida, y excesivamente suave al contacto, como la piel de un bebé.

            Ven, ven, bisbiseó la voz en el viento nuevamente. Ven a la puerta. Ven, entra.

            La arena ya le llegaba a los talones. Serian sólo minutos antes de que quedara sepultada completamente bajo el dorado polvo y despertara a su miseria habitual. Al menos, mientras esperaba a ser  consumida y enterrada, podía caer en su usual meditación de que podría haber detrás de la puerta.

            La apariencia de ésta dejaba poco que desear. Era una puerta negra que parecía ser la puerta al inframundo, a un lugar infernal sin esperanza alguna. Aunque, como bien decía el dicho, las apariencias podían ser engañosas. Ya lo había considerado infinitas veces: que, quizás, detrás de esa puerta, podría de estar su querido Iván, llamándola y esperándola. Pero, lo mas probable era que no. Su mente era una bastarda, y le gustaba hacerla sufrir, sino ¿Para que más le generaba estos sueños sin sentido que le recordaban su dolor interno constantemente?

            No había otra razón. Su mente perversa le gustaba sufrir, y eso era todo. Se quedaría de pie, esperando a ahogarse en la arena, para despertar de una maldita vez. Esperaría que todo terminara. Aunque, ahora que lo pensaba, si realmente quería que terminara el sufrimiento de los sueños —pese a que mientras que ocurrían, el  recuerdo de la voz era una experiencia divina—, debía atravesar la puerta y ya. Si luego no soñaba mas con la voz de su querido Iván, pues, tendría que aprender, como toda persona normal, a aprender a soltar las cosas, y aceptar el hecho que su querido estaba muerto. Pero, si Iván estaba del otro lado, naturalmente, seria mucho más agradable.

            Nunca antes se había parado a contemplar que, realmente, abrir la puerta era la única opción. De una u otra manera, entrar era todo lo que se podía hacer para dejar de repetir la misma experiencia dolorosa.

            Era lo que tenia que hacer.

            Desenterró con dificultad sus pies de la arena, y, como pudo, entre la cada vez mas fuerte brisa, que llevaba la arena de un lado al otro, azotándole su rostro, llevó su mano a la manija de la puerta, y sin mas meditarlo, abrió la puerta.

           

 

 


Abr 10 2009

Océano

Océano

 

Si había algo que a ella le gustaba, era el océano, y, vaya casualidad, allí estaba, a su fiel lado. Ese día no iría a su pesado trabajo, ni se encargaría de la casa, ni nada. Solo disfrutaría de la inigualable compañía del océano, y el océano de ella.

            El sonido de las olas acariciando la costa, humedeciendo la suave arena, era una delicia para sus oídos. La leve brisa, cargada de sal, no hacía más que bailar con su cabello oscuro en alegría, mientras que sus ojos estaban concentrados en la reluciente agua delante de ella, que parecía llamarla, como el canto de una sirena. Un par de gaviotas volaban, recitando sus usuales chillidos, que no hacían más que agregar a la orquesta de sabrosos sonidos del océano, tal como aquella pareja de cangrejos carmesí, que trenzaban sus pinzas en aparente amistad, mientras que el mar los bañaba en delicadas perlas de agua.

            El cielo estaba pintado en rojo y violeta, como una perfecta obra de arte, cargando a las nubes de un vivo color anaranjado, mientras que el sol permanecía en el horizonte, al parecer, sin intención de abandonarla a ella en la oscuridad. No había nada mejor que el crepúsculo acompañado con el océano. Los colores celestiales se reflejaban sobre el mar danzante, envolviéndose en esa lujuria de color, mientras ella simplemente observaba, como si sus ojos estuvieran degustando la escena.

            No había nadie más en la playa, solo ella, sentada en la acogedora arena, que era tan cómoda como un colchón lujoso. Era excelente no tener a nadie mas en la playa, solo así uno podía comprender y observar la profundidad del sabio océano, y contemplar su elevada belleza. Aun así, tanta soledad no era lo que le gustaba. Le hubiera gustado poder compartir aquella vista magnifica con sus hijos, pero no era posible. Ellos se habían ido de vacaciones con su padre. Nada nunca era perfecto, por más que uno quisiera. Solo había que conformarse con lo que había.

            Y lo hizo, pero a la vez, ya en su mente planificaba en su mente que la próxima salida al océano seria si o si con sus niños preciados. Tomó una profunda bocanada del aire salado, y continuó observando aquel atardecer, en total paz, en total silencio, mientras que contemplaba las espumosas olas ir y venir en su usual baile.


Abr 8 2009

Sobre Puros y Obreros: David y Goliat

 

Nota del Escritor: Debido a que estoy lejos de la comodidad de mi casa y, por lo tanto, no pude imprimir este escrito luego de terminarlo para corregirlo – detesto leer en la computadora – puede que haya algunos varios errores gramaticales tanto estructurales, pero quiero creer que nada tan tétrico como para evitar ser publicado. Luego, cuando vuelva a los aposentos de mi cueva, digo, casa, lo corregiré y volveré a publicar. Saludos.

 

Sobre Puros y Obreros: David y Goliat

 

            Tanta cantidad de luz no hacia más que irritar su vista, provocando que lagrimas de irritación se sumaran a sus lágrimas de dolor. Estaba enfermo, y sabía perfectamente que de no ser por eso, continuaría en las oscuras y frías minas, llenas de humedad y suciedad, en vez de estar en aquella pequeña jaula en aquel lugar tan luminoso.

            Su nombre era David, tenía tan solo ocho años, y era, lo que podía describirse como, el perfecto niño obrero. Su pelo era oscuro y pajoso, sucio de tierra y polvo, mientras que sus ojos eran marrones como excremento seco, y su cuerpo era insignificantemente delgado. Sus cachetes estaban marcados por los huesos de su flaca cara, que estaban algo sucios también, como todo su cuerpo. Pese a que ya se había acostumbrado desde su nacimiento, él sabia perfectamente que olía, tal como todos los demás niños obreros, y no olía particularmente a rosas.

            La jaula en la cual lo habían puesto era muy pequeña, tanto que no entraba sentado con sus piernas extendidas, como tampoco entraba parado, tenia que tenerlas flexionadas mientras que apoyaba su espalda contra el helado metal que su andrajosa ropa no podía repeler. Estaba ubicada al costado de lo que parecía un extensísimo corral, donde la luz caía con una gracia que nunca antes había visto, de manera que parecía que la luz danzaba, envolviendo su sucio cuerpo. Era como si el oro que era esa luz le apreciara tanto como a los niños “puros” que estaban en el corral más extenso.

            Los puros eran, a diferencia de los obreros, los niños perfectos, los que podían ser vendidos y entregados a los grandes señores y matrimonios, también puros y poderosos, o, en minoría, simplemente poderosos. Hasta él sabía eso. Era algo que les enseñaban desde pequeños en las minas: Ellos son los que sirven y ustedes son la mierda. Esas eran las literales palabras que constantemente les repetían en las minas los capataces; a veces hasta decidían enfatizar la frase con un par de latigazos furtivos. Naturalmente, él había creído eso hasta hace poco, creyendo que no era mas que una simple porquería destinada a trabajar, hasta que había conocido a John.

            A diferencia de los demás jóvenes obreros, John, con doce años recién cumplidos, había sido un puro, que, al no ser adquirido pasada la edad para adopción, que eran, los doce años que acababa de cumplir, se los destinaba a las minas, con los demás niños a trabajar, como si fueran la misma basura. Todos los obreros de nacimiento sabían que mezclar oro con mierda no producía nada bueno. Generalmente, los jóvenes puros que no eran adoptados y eran destinados a las minas, trataban en vano de mantener su perfecta imagen, sin entender el mundo en el que habían sido depositados, sin comprender el salvajismo obrero. La mayoría no sabía trabajar y eran latigados furtivamente por los capataces, varias veces, matándolos. Los que sobrevivían al tortuoso trato de los otros obreros y los fatigadores, se encontraban con la miseria de su vida, extrañando lo que una vez fue su vida – Una vida llena de cuidados, donde eran bien alimentados, lavados y hasta, quizás, amados por sus cuidadores – para encontrarse con la brutalidad y perversión de las minas. Generalmente, esos niños rubios que eran los puros, terminaban sacándose la vida ellos mismos al no soportar el sufrimiento, o morían simplemente de profunda depresión. Pero no John.

            John había entrado a las minas como cualquier puro que pasaba su edad de adopción, asustado del mundo que le habían traído, como un perro con su cola en las patas, totalmente petrificado de la oscuridad al que condenaban a los demás niños. Pero, a diferencia de los demás puros, John era realmente inteligente. David había descubierto esto durante una noche.

            Lo recordaba bien. Era el primer día de John en las minas, y le habían asignado el dormitorio donde David dormía, junto a diez obreros más, todos jóvenes, pero de diversas edades de ocho a veinte.  Era un cuarto pequeño, que parecía una cueva sucia y húmeda, sin ninguna ventana ni ventilación, salvo la puerta metálica que se cerraba pasada una determinada hora para evitar que escaparan durante la noche. Para dormir solo había una sabana para cada uno, y nada mas. Tenían que buscar una manera de acurrucarse en el suelo, y tratar de encontrar una suavidad inexistente. De cualquier manera, todos los obreros estaban acostumbrados a eso y llegaba un punto, que uno ya ni se daba cuenta que estaba durmiendo en algo duro. De hecho, uno no podía imaginarse dormir en otra cosa que en ese piso.

            Cuando John entró esa noche, sus cabellos rubios furiosos estaban ahogados en polvo, oscureciéndolos a un marrón oscuro. Su rostro fantasmalmente pálido estaba enterrado bajo una suciedad que David no sabia si era grasa o costras del mismo polvo que tenia en su cabeza. Sus ojos azules parecían apagados, totalmente sin vida alguna. Vestía ropas de obrero, tal como cualquiera en la habitación, y cargaba su manta nueva, ya llena de agujeros y suciedad. John se sentó en una esquina de la habitación, apartado de la multitud, tal como hacían los puros los primeros días. Y tal como era usual, el obrero mayor, un muchacho de veinte años, plagado en acne que parecía brotar entre la mugre de su rostro, se levantó, y con su podrida boca, habló, acercándose a John.

            -Eh, purito, estas en mi lugar – Dijo el mayor, con burla en su voz, como si disfrutara la miseria de aquel ser superior.

            -¿Perdón? – Replicó John, con una voz cansada y áspera, la cual David estaba seguro, que en algún pasado más feliz habría sido alegre y bondadosa.

            -Estas en mi lugar, purito, ahora muévete.

            Siempre que a algún puro se le decía que estaba en el lugar de un obrero, estos se movían, por temor a ser dañados o hasta infectados con la mugre de estos, así que todos en la habitación estaban esperando, David incluido, que John se moviera de una vez así todos podrían dormirse al no tener nada que observar. Pero, John no se movió.

            -No veo tu nombre escrito en ningún lugar – Contestó John, exasperado.

            -¿Escrito? – Preguntó el joven con acne, sin entender.

            -Si, escrito. Supongo que no sabes hacerlo, como tampoco debes de saber leer. ¿Me equivoco matón desgraciado? Ahora, por favor, no me fastidies más y déjame sufrir en paz.

            Por unos momentos, todos se quedaron en silencio. Nunca un puro se había atrevido a contestar nada a nadie. Era algo totalmente inesperado y asombroso. Además no había sido cualquier respuesta, ¡había sido una defensa! El puro, tal como ellos, al parecer, tenía algún tipo de sentimiento. De cualquier manera, el joven con acne enfureció poco después de entender que le había dicho John y comenzó a golpearlo como una bestia salvaje, no porque el otro le hubiera dicho algo ofensivo, sino porque era la amarga verdad. Ningún obrero sabía escribir, ni leer, y hablar era simplemente una mezcla de insultos y burdo lenguaje deformado. Nadie se movió para evitar la pelea en el cuarto, porque nadie quería sumar heridas a su cuerpo o gastar energías que no tenían. La golpiza termino a los pocos minutos, cuando un capataz que hacia su ronda vio el incidente desde el pasillo y reprimió al muchacho acne con una gran potencia, al punto que, por un momento, David pensó que le habían matado. A los pocos momentos, el capataz había llamado a otros y se llevaron al mayor ya reducido, y nunca más le vieron. Antes de salir, el que había golpeado al joven con acne, les grito a todos en la habitación, pareciendo ignorar que John estaba sangrando por los golpes en su cara, y ya varias manchas púrpuras comenzaban a emerger sobre su dañado cuerpo, lo siguiente:

            -¡El que vuelve a joder lo dejo peor que a este tarado!

            Cuando cerraron la puerta, todos se fueron a dormir, como si lo que había pasado hacia minutos no era más que una memoria distante y borrosa, pero David no. No sabía por que, pero no podía evitar sentir curiosidad por John, que tampoco estaba durmiendo, sino que sangraba y sufría en total silencio. David se preguntaba porque le había repuesto al mayor, por que se había arriesgado a una pelea. Nunca antes había visto tal acto de violencia contra un puro en su primer día. Nunca. Se preguntaba porque John no lloraba, ni había gritado cuando lo golpeaban, ni porque ahora, con tantas heridas y moretones en su cuerpo, parecía tratar de contener su dolor para si mismo.

            No pudo aguantar más la curiosidad y, como una pequeña rata nocturna, se desplazo por la caverna, con su manta encima, y se acercó a John, que estaba recostado en el piso, con sangre corriendo por su rostro, pero con sus dos ojos azules abiertos, en total alerta, como si fuera un perro vigilante.

            David lo observó por unos instantes, tratando de pensar que decir, esperando que John dijera algo, pero este simplemente le había mirado de reojo cuando se acercó y luego nada más. Parecía no importarle que estuviera cerca.

            -¿Estas bien? – Susurró estupidamente David, al no tener idea de cómo empezar la conversación con el puro. Esperaba no haberlo ofendido, ya que era evidente que no estaba bien. Para nada.

            John no contesto inmediatamente. Giró sus tristes ojos azules hasta fijarse en David, y tras analizarlo de pies a cabeza, como si estuviera evaluándolo, como una computadora, tratando de descifrar que hacer de él, se acomodo, sentándose, y hablo:

            -He estado mejor.

            David sonrió, no porque le causara gracia, sino porque no se le ocurrió que otra cosa hacer ante esa respuesta. Se quedó mirando a John por un largo tiempo, tratando de pensar como seguir la conversación ahora, pero, por suerte, el otro hablo de nuevo.

            -¿Cómo te llamas?

            -¿Mi nombre? – Pregunto David, como si no entendiera lo que le preguntaban. Nunca un puro le había preguntado su nombre. De hecho, hacia tiempo desde que alguien le preguntaba algo. No solía hablar con mucha gente, solo con un puñado, entre esos, solo hablaba cuando era mortalmente necesario.

            -Si, tú nombre. Tienes uno, ¿Cierto?

            -Me llamo David

            -Yo soy John. ¿Querías preguntarme algo, David?

            -¿Cómo sabias? – Preguntó asombrado, suponiendo que el otro era un adivino.

            -Pues viniste aquí, y te quedaste ahí mirando, como si estuvieras pensando que decir.  No creo que un obrero se preocupe mucho por un antiguo puro, no en líneas generales, pero quien los puede culpar.

            -quería saber porque simplemente no te fuiste del lugar cuando el hombre te dijo que era de él.

            -¿Por qué debería de haberme ido? – Dijo John, alzando una de sus cejas sucias con costras de sangre de una cortadura de la paliza.

            -Para evitar la paliza.

            -¿Por qué debería evitar algo que es inevitable? Estamos destinados a chocar.

            -No entiendo.

            Entonces, John le explicó durante toda la noche como él había vivido con los demás niños puros y porque ningún hombre mayor le había querido adquirir como hijo. El justifico su falta de adquisición diciendo que se notaba siempre que le hablaban que era diferente a los demás puros. Distinto a todos los demás por el hecho, que siempre que le hablaban aclaraba, innecesariamente, que le parecía que era estúpido dividirlos entre puros y obreros, que eran todos lo mismo, todos niños. Y eso, evidentemente, asustaba a la gente mayor y escapaban, buscando un monótono niño puro que aceptara lo inexistente y se atragantara en su falso estilo de vida. Naturalmente, esa idea de que todos eran lo mismo, no era propia de él, sino que la había leído en un libro que se había usurpado una vez de la sección de libros para quemar, y desde entonces, había quedado hipnotizado por la verdad de aquella idea. David escucho asombrado, ya que nunca antes había escuchado que alguien dijera algo así, pero, pese a tener cuatro años menos que John, entendió lo que este le explicaba, y quedo fascinado cuando este le explico que le parecía evidente que cada bando, puros y obreros, eran entrenados para odiarse entre si para evitar su contacto y mantenerse divididos. Para generar un sentido de pertenencia inexistente. Todos eran humanos, aunque tengan distintos rasgos, humanos al fin.

            Esa noche, ni David ni John durmieron. El último se pasó explicándole mas cosas al menor, en susurros y gestos de manos para evitar despertar a los demás, y desde aquel momento, David se lo había ganado de amigo. Al poco tiempo, John le había empezado a relatar historias que una vez había leído en la zona de puros, y la que mas le había gustado era la de un hombre llamado igual que el, que había derrotado a un gigante llamado Goliat. Eran historias que no había escuchado antes, y estaba seguro, que nadie en la mina las había escuchado tampoco, seguramente, porque eran cosas que solo los puros sabían, y estos morían poco después de ingresar. Pero no John. John seguía vivo, no había muerto de depresión, ni se había tratado de quitar la vida, ni nada. Tras su paliza inicial, no se metió en mas problemas, no porque se hubiera moderado en su dialogo, sino porque el joven con acne nunca volvió a aparecer por las minas, y todos suponían que lo habían matado por molestar al puro, y nadie quería unirse al destino del supuesto muerto.

            Mas tarde, John le enseñaría a David a leer algunas palabras, y también a escribirlas. Lo primero que le había enseñado era escribir su nombre: David. Una y otra vez lo escribía en la tierra del cuarto, para no olvidarse que él, era distinto e igual a los demás. Los demás no podían escribir, pero sabia que si el, que era un niño joven, había podido, aunque sea, su propio nombre, los demás podrían hacerlo, y todos ser iguales. Parecía muy simple. Pero John siempre decía que no lo era.

            Eventualmente, un día, John desapareció. El rumor decía que había sido transferido a otra mina, pero, David sabia, que eso no podía ser. John no había sido ni muy buen trabajador, ni muy malo, como para ser transferido. Estaba seguro que le habían hecho otra cosa y le mentían. Le mentían sobre que le había pasado a John, y cuando pregunto a uno de sus compañeros de cuarto si sabían algo, este le había repuesto simplemente:

            -Seguramente esta muerto. Todos sabían que andaba diciendo estupideces indebidas como que “todos somos iguales” y cosas así. Hasta dicen por ahí que andaba enseñándole a un chamaco como leer.

            Eso le pego duro, tanto que a veces a la noche, lloraba solo, lo cual llamaba la atención de los guardias en el pasillo, y venían corriendo, no a consolarlo, sino a golpearlo diciéndole que cerrara el tiradero de mierda que era su boca. Extrañaba a John, tal como una persona puede extrañar a un hermano mayor. Nadie nunca le había mostrado algún tipo de afecto ni nada. Nunca le había importado a nadie, salvo John. Pero ahora, no había nadie. De nuevo, era solo el.

            A las pocas semanas de la transferencia de John, David empezó a sufrir de una extraña tos, que cada ves que tosía, parecía que sus ojos se le iban a salir de lugar, acompañados por intensas lágrimas. Su rostro se había vuelto más pálido, y había perdido algo de peso. Se desmoronó pocos días después, en el medio de su turno de trabajo, sin fuerza alguna y tosiendo como un animal moribundo en sus horas finales. Le llevaron, no inmediatamente, pero al poco tiempo, a la enfermería, ya que, pese a que los capataces les agradaba torturar, lastimar y matar a los rebeldes y desgraciados obreros, tenían órdenes de no dejar morir a los enfermos. John le había dicho una vez, que esto era para que los obreros se sintieran en deuda por haber sido curados y continuaran trabajando. Además, con la cantidad de enfermedades que circulaban en la mina, si dejaban a todos morir, John le había dicho, que al cabo de un mes no tendrían ni un solo obrero.

            Cuando lo llevaron a la enfermería, allí le dijeron de mala manera que no había lugar en el momento, que todas los caniles estaban ocupados y que tendrían que mandarlo a la enfermería “de arriba”. Y, efectivamente, así lo hicieron.

            Lo llevaron a la zona de los puros, instruyendo a los coordinadores del lugar que le medicaran y cuando estuviera sano le mandaran de nuevo a las minas subterráneas para reanudar su trabajo. Y allí estaba, en aquella jaula, esperando a curarse para volver a la usual miseria, mientras que toda esa luz continuaba cegándole, dañándole sus ojos amarronados.

            Era una habitación excesivamente extensa, pintada en colores cremosos, totalmente limpia, tanto que un agradable olor flotaba en el aire, tan agradable como el olor a pan recién horneado una fría mañana. Desde su diminuta jaula, David podía observar que había varios corrales, todos extensos, y, todos con niños de similares colores de pelo. Todos rubios, algunos mas claros, otros mas oscuros, pero rubios al fin. Tenían una perfecta piel blanca, pálida como la nieve, aunque algunos eran un poco más rojizos, pero lo que importaba, a fin de cuentas, era el cabello. El rubio cabello puro. Cada corral tenía juegos y facilidades que David nunca había visto en su vida. Hasta, si no se equivocaba, tenían lo que John le había contado que eran los “colchones”, que, técnicamente, dormían allí, en suaves superficies, en vez de en el desagradable piso. Las risas de los puros le invadían los oídos, como el sonido de pájaros exóticos, parecían no tener nada de que preocuparse.

            Su pequeña jaula estaba al costado del corral de los niños puros de, David juzgo por su tamaño, diez años aproximadamente. No podía saber si en verdad tenían esa edad o no, era solo una estimación, ya que todos eran bastante grandes, séase a lo alto, o a lo ancho. De cualquier manera, en ambas dimensiones, todos parecían superar a David. Todos eran gigantes.

            Pero ninguno era mas grande que el niño que David, en su mente, había apodado Goliat, al encontrarle enormemente similar al del cuento que John le había contado una ves.

            Siempre a las horas del almuerzo, Goliat, un niño colosalmente alto para sus diez años, y también, bastante rechoncho, de sedosa piel pálida, con cachetes rojizos como manzanas, y ondulado pelo dorado, se sentaba de su lado del corral, al costado de la jaula de David, a observarlo, mientras masticaba con una lentitud inhumana, un postre de chocolate. Sus ojos verdes le miraban fijamente, desde arriba de su nariz en forma de cerdo, como si fuera un fenómeno de feria. David, al principio, pensó que el otro sentía solo curiosidad, pero, noto de inmediato, mientras que mascaba el pan duro y negro que le habían dado, como el otro parecía poner énfasis en su lenta digestión de su preciado postre, que le estaba gozando. El muy maldito le estaba gozando, y no había nada que hacer. Decidió ignorarlo, pero siempre volvía y se quedaba mirándole, como el maldito bastardo que era, una y otra ves, hasta que un día, decidió hablarle.

            -¿Por qué vienes aquí? – Pregunto David dejando el pan duro a un lado y masticando unas pastillas de medicamento que le habían dado.

            -Lo que haga no es de tu inconveniencia, mocoso obrero. Si quiero ver tu horrible figura lo haré, y no hay nada que puedas hacer. Aun no puedo creer que te hayan traído aquí, con todos nosotros. Contaminas el lugar, naturalmente – Replicó Goliat en su chillona voz.

            David no respondió. Solo soltó un suspiro y se reclino sobre los fríos barrotes de su diminuta jaula, mientras que Goliat sonreía bobamente, disfrutando.

            -De cualquier manera, cuando te cures, obrero sucio, volverás a la pocilga donde perteneces, mientras que yo, de seguro, seré adquirido por algún Señor adinerado, y viviré lleno de lujos que tu nunca veras.

            Una vez más, David no contesto. Su mente estaba en lo que Goliat había descripto como “Adquisición”. John le había contado como era aquel proceso, y acorde a él, debido a que los Señores no podían procrear con sus sagradas mujeres, para no dañarlas y pervertir su virginidad, los hijos de estos debían ser adquiridos, y solo se podían adquirir, naturalmente, los puros. Nos compran como si fuéramos cachorros en una tienda de mascotas, le había dicho John, pero David no había entendido que diantres era una mascota, y no preguntó.

            De cualquier manera, entendió mejor el proceso de “adquisición” una vez que lo vio realmente. Había sido temprano en una de las tantas mañanas que paso en aquel lugar. Las luces internas estaban apagadas, pero una catarata de luz entraba por los grandes ventanales, bañando en dorado y carmesí a todos y todo. La mayoría de los puros estaban durmiendo, pero él no. No podía. Toda su vida se había acostumbrado a dormir cuatro horas para luego ir a continuar su trabajo en la mina, sino, los capataces lo golpearían. No podía dormir, aunque quisiera. Era su miserable ritmo de sueño.

            Aquella mañana, como siempre, uno de los capataces del lugar, que allí llamaban “coordinadores”, se acerco de mala gana a su pequeña jaula, y le dejo un diminuto contenedor con las capsulas diarias.

            -Ahí tienes tu medicación “vencida”, escoria obrera – Le decía siempre el coordinador.

            David no sabía que significaba “vencida”, pero suponía que no era nada bueno, sobre todo por el tono en el cual lo decía aquel alto y perverso hombre. De todas maneras, tomaba las capsulas, pero nunca se sentía mejor. Al menor movimiento, comenzaba a toser frenéticamente, y sus huesos le dolían. Por suerte, no se podía mover demasiado en aquella insignificante jaula.

            Al alejarse el coordinador, David observo que un hombre vestido en un elegante traje negro, bastante alto, y con relucientes cabellos dorados, entro, acompañado por una bella dama algo mas baja, pero igual de delgada y dorada, al complejo. El coordinador cambio su cara de trasero al instante a una cara de alegría, que David supo que era de falsedad pura.

            -Vaya, Señores, han llegado temprano – Dijo el coordinador con una voz mucho mas cordial y fina que con la que le había hablado a David, lo cual le hacia parecer otro hombre. – Los niños aun duermen, si hubieran venido algo mas tarde hubieran podido verlos en actividad. ¿Prefieren esperar?

            El hombre elegante levanto una mano, como si no pudiera hablar, y David entendió el gesto de negación. Parecía que el hombre quería terminar con el asunto rápido, como un simple tramite. El coordinador asintió y comenzó a mostrarle los diversos corrales a la pareja, hasta que llegaron al corral al lado de la jaula de David. Allí el coordinador les sugirió a algunos de los niños puros, señalándolos, y entre aquellos, estaba Goliat, pero, nuevamente, el hombre elegante levanto su mano en disconformidad, y decidieron proseguir observando. Al avanzar, no pudieron evitar mirar la jaula de David con extrema repulsión, como si hubiera excremento sobre una dorada acera.

            -¿No me dirá que tienen a eso a la venta también, cierto? – Pregunto la mujer, con voz horrorizada, como si hubiera visto un fantasma. David no pudo evitar sentirse avergonzado que se refirieran a él como eso.

            -No, no. Por supuesto que no – Respondió enérgicamente el Coordinador – Vera, esta enferma la criatura, y en las minas no tenían medicamentos y si no lo asistíamos iba a morir, así que tuvimos la bondad de cuidarles al bicho mientras que se cura. Todo sea para preservar trabajadores.

            -Vaya bondad, pocos se atreverían a cuidar a esa cosa – Replicó la mujer como si acabara de presenciar un milagro, y luego, sin mas decir, se alejaron rápidamente, como si temieran contagiarse de su impureza por solo estar cerca.

            Luego de eso, en total silencio, David lloró, y como siempre, nadie lo noto. Estaba acostumbrado a que lo maltrataran, pero que lo traten de porquería era demasiado. En las minas les trataban mal, pero eran los mismos capataces, que tenían la misma contextura física que un obrero, que lo hacían. Aquí eran esos señores refinados y superiores que lo hacían y no podía evitar sentirse mas dañado ante aquella autoridad.

            Por suerte, solo esa pareja de puros se había atrevido a preguntar sobre que hacía ahí, ya que, con el correr de los días, más parejas u hombres solos, iban a adquirir niños. Generalmente ignoraban su presencia, pretendiendo no haber visto u olido su desagradable presencia, pero algunos, de los cuales David sospechaba que no eran totalmente puros (ya que sus cabellos, pese a dorados, no encajaban con su cara, lo cual hacia preguntarse a David si podría ser que se lo hubieran alterado), le miraban de reojo, como avergonzados de verlo, como si tuvieran algún tipo de culpa.

            Vio como las parejas se llevaban a los niños que adquirían, tras pagarle al coordinador, pero nunca se llevaban más de uno. Y, por suerte, nadie se llevo a Goliat, que continuaba fastidiándole todos los días, tratando de frotarle en la cara los lujos que tenia y David jamás obtendría. No era que no le hubiera gustado no volver a verlo jamás, pero prefería soportarlo que alguien se lo llevara y le diera el gusto. David nunca le había deseado mal a nadie, pero Goliat se lo merecía. Era una mala persona, el peor de todos los puros. De hecho, David deseaba que nadie adoptara jamás a Goliat y luego lo confinaran a las minas para que tuviera una probadita de la vida miserable que el llevaba.

            Fue durante uno de los usuales almuerzos de pan duro y molestias de Goliat, que los ojos de David captaron algo totalmente extraño. Un hombre, como la mayoría de los clientes que iban a adquirir niños, vestido en fino traje negro, entro al complejo, con relucientes zapatos oscuros y un brillante reloj de pulsera. Tenia cristalinos ojos azules, y piel clara, pero lo extraño de ese hombre era su pelo. ¡Tenia el pelo negro! ¿Cómo diantres podía haber un hombre vestido así con pelo negro? Era como ver a una mula intentando vestirse con la piel de un león. Simplemente, no encajaba. ¿Era ese hombre un supuesto puro o era un obrero? David no lo sabia, pero su ropa era la de un Señor puro, pero su pelo…era de obrero. ¿Qué diantres era?

            El coordinador también pareció algo impresionado al ir a recibirlo, ya que al observarlo, se quedo sin palabras, tanto que el hombre de pelo negro tuvo que hablar.

            -Vine a adquirir un niño, si me podría sugerir alguno – Dijo Pelo Negro, dejando en el aire el final de su oración, como si estuviera acostumbrado a tener que iniciar conversaciones.

            -Ah, si, si – Replicó el Coordinador, que no podía evitar mirar el cabello negro – Sígame.

            David observó como el coordinador empezaba mostrándole los corrales de los más pequeños, y mientras, observo a Goliat, que también había notado a Pelo Negro, pero no parecía tan perturbado como el coordinador o él.

            -¿Es eso un puro o un obrero? – Pregunto tímidamente David a Goliat.

            -Es puro, pero no de nacimiento, claro. Es uno de esos pocos que tienen mucho dinero y aun así, no son físicamente puros, pero, mugroso obrero, si tienes fortuna, eres puro, seas lo que seas.

            -Entonces ¿Si el te eligiera no te molestaría que parezca obrero? – Pregunto David, solo por curiosidad.

            -Para nada. Mientras que tenga todos los lujos que me plazcan, no me molesta.

            David no dijo nada mas, simplemente se quedo mirando como Goliat continuaba devorando su usual postre y miraba de reojo a Pelo Negro, que ahora estaba observando el corral donde estaba Goliat. Luego, no pudo evitar sentirse frustrado, al escuchar la elección de Pelo Negro.

            -Quiero ese – Dijo, señalando aparentemente a Goliat.

            El colosal muchacho escucho la elección y sus ojos comenzaron a brillar como dos luces, mientras que en su sonrisa se forjaba una perversa sonrisa también de goce, dedicada a David. Maldita sea, ¿Por qué se tenían que llevar a ese maldito?

            -Ah, buena elección señor. Es un niño grande y saludable – Repuso el Coordinador.

            -¿Qué? No, no quiero el gordo, quiero el pequeño. El que esta en la jaula.

            -¿¡Qué?! – Dijo el Coordinador incrédulo, como si hubiera escuchado mal, mientras que Goliat modulaba con su boca, como un pez, la misma palabra de manera inaudible.

            David quedo congelado en su lugar. Seguramente, debía de estar alucinando a causa de su enfermedad, o por ese pan pútrido que le daban. ¿Cómo iba alguien a elegirlo a él? debía de estar refiriéndose a otro niño. Giro en su para buscar algún otro individuo en una jaula, pero no encontró ninguno.

            -Pero, señor…eso es un obrero – Tartamudeó el Coordinador finalmente.

            -¿Y? Esta aquí, así que supongo que esta en venta también. – Respondió Pelo Negro.

            -En verdad esta aquí solo porque esta enfermo, señor. Realmente no querrá llevarse a esa cosa que ya de por si es desagradable, y encima enfermo…

            -Pretenderé que no escuche eso – Gruñó Pelo Negro, al parecer algo ofendido por el trato referente a David – Ahora, no me importa que este enfermo. Quiero ese niño y estoy dispuesto a pagar más de lo que pagaría por uno de los otros que tienen aquí.

            El Coordinador se quedó incrédulo en su lugar, aparentemente esperando que Pelo Negro le dijera que era una broma y que ni loco se llevaba al niño obrero, pero Pelo Negro no habló. Se quedo esperando en su lugar, de brazos cruzados, con una vista penetrante, como demandando que se hiciera lo que pedía. Parpadeo un par de veces, y luego, el Coordinador finalmente se acercó a la jaula de David y le abrió la pequeña puerta.

            -Parece que es tu día de suerte, obrero.

            David no se movió, por unos momentos. Se quedo observando con sus amarronados ojos a Pelo Negro, que ahora le sonreía, como si le quisiera imponer alguna especie de confianza, para que saliera de su jaula. Y lo hizo. Salió, como pudo, de aquella pequeña caja metálica, y al pararse fuera casi se desmorono, pues hacia semanas que se había parado por última vez. En la jaula solo había podido estar sentado. Su rostro hubiera encontrado el piso de no ser por las manos de Pelo Negro, que le detuvieron antes de que llegara al piso.

            -¿Estas bien? – Preguntó Pelo Negro, tal como él le había preguntado a John aquella vez que le habían golpeado.

            -Si, Señor – Replicó David tímidamente.

            Pelo Negro sonrío, y sacó de un bolsillo de su reluciente traje un abultado fajo de dinero y se lo entrego al Coordinador, que aun parecía no entender que diantres sucedía, ya que miraba con su boca media abierta a Pelo Negro y a David.

            -¿Puedes caminar? – Preguntó Pelo Negro nuevamente.

            -No se, Señor.

            -Bueno, te cargare entonces. Y no me tienes que llamar señor.

            Pelo Negro levanto a David en brazos, sin ningún asco alguno, apoyando sus sucios ropajes de obrero contra su fino y limpio traje, y comenzó a caminar, con David en brazos, hacia la puerta. Y fue recién ahí, que David observó el rostro de Goliat, que además de estar sumido en enojo, estaba sumido en decepción, no porque no lo hubieran elegido, sino porque lo habían elegido a él. El obrero. Entonces, David se dio cuenta que, tal como en el cuento de John, había derrotado a Goliat.

                       


Mar 25 2009

El Libro de las Almas (2)

5

Los últimos acontecimientos lo habían cansado. A eso de las tres de la tarde, volvió a su departamento y se acostó a dormir una siesta. Los parpados le pesaban como dos yunques agarrados a sus pies, esperando su fatigosa caída.

Despertó y se fijó la hora: cinco de la tarde. Había dormido profundamente durante dos horas. No podía creer que eso fuese posible, después de todo lo sucedido.

Se levantó, se lavó la cara y se quedó unos instantes mirándose en el espejo: ya no era el mismo de hacia un par de años atrás. Ahora estaba demacrado por la edad, y sus facciones eran las de un hombre de cuarenta. Sin embargo, su edad era la de treinta y cinco años.

Eres un viejo, anunció la voz de su mujer comprimida en su cabeza. Si quería resaltar algún defecto, su mujer siempre podía recordárselo. Pero ella era la zorra. Él siempre fue la víctima.

La victima, pensó. La victima esa mañana había sido Joe Bretsky. Y su atacante se llamaba Palancino. David Palancino.

En su memoria llegó el flash de Palancino diciendo lo siguiente:

—“Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará.”

 

Había llegado a la estación en cuestión de minutos. Esta vez, Palancino se encontraba esposado directamente a la silla, la cual se encontraba atornillada al suelo.

Sean fue quien entró ésta vez. Se acomodó frente a David y lo miró fijamente. El loco le clavó la mirada como un tigre mirando una cebra indefensa. Sus ojos se veían espesos, negros… como dos canicas suspendidas en una nebulosa…

—¿Qué quieres? —dijo él.

—Quiero que me des información sobre este culto —luego agregó:—. Dame nombres.

—Somos una religión, seguimos nuestras creencias.

—No pienso lo mismo —continuó Sean, tirando sobre la mesa un sobre.

Rasgó el sobre y empezó a sacar fotos.

—Éste es Samuel West. Hace doce años, tu “religión” lo mató. Creo que él está de mi lado —la foto mostraba a Samuel tirado en el suelo, completamente rojo —. Éste otro es Paul Kovacs, un detective que investigaba el caso hace doce años. ¿Adivina qué? Está muerto —pudo percatarse de la sonrisa indiscreta que escondía su antagonista—. Te resulta gracioso.

—El final está cerca —responde David.

Sean, harto de escuchar las mismas sandeces, se levanta y lo mira.

—¿Qué final? —pregunta exasperado.

David ríe con malicia. Su risa se vuelve cada vez más y más estridente hasta perforarle los oídos. Sus ojos parecen escaparse de sus cuencas cuando dice:

—¿Has visto últimamente El Libro de las Almas?

Sean mira al espejo, boquiabierto, sin creer lo que el lunático le acababa de preguntar. No puede contener toda su furia, así que emplea aquella palabra que no había usado en todos los años que llevaba de carrera:

—Hijo de puta.

 

6

Lo primero que hizo, una vez en la oficina, fijarse en el cajón con llave donde guardaba el libro. Estaba abierto, y su interior se encontraba vacío. Empezó a revolver en todos lados: archivos, papeles; hasta debajo del escritorio…

Pero no había nada. “El libro sangriento”, como él lo había bautizado, no estaba. Alguien había forzado el cajón y lo había sacado. Pensar en eso lo hacía poner furioso. Sintió deseos de salir corriendo y gritar por ayuda, pero nadie lo escucharía. En vez de eso, la gente lo miraría, se reiría de él y dirían: “ahí va el loco que desea ayuda”.

Se sentó en un rincón y miró a la nada, mientras con una mano se agarraba la cabeza y con la otra se mordisqueaba el pulgar.

—Lo estás haciendo de nuevo —hubiera dicho Joe.

Cerró los ojos. Oh, Joe, cuanto te necesito, pensaba en ese momento. Estaba perdiendo los estribos. Él nunca hubiera perdido los estribos en un día normal, pero ese no era un día normal. De improviso, su respiración se volvió más rápida y entrecortada.

Harto, se levantó, y dijo:

—Basta. Voy a terminar con esto.

 

Entró a la celda de David Palancino, y tomó a éste por la pechera, estampándolo contra la pared.

—¡¿Qué hiciste con el libro?! ¡¿Dónde lo tienes?!—preguntó mientras lo zarandeaba con fiereza. Había perdido los estribos, de eso estaba seguro.

—¡No lo sé! —soltó Palancino junto con una carcajada.

Sean no estaba seguro de por qué lo había hecho pero tiró a David, haciendo que éste volara por los aires de lo pequeño que era y chocara contra la dura pared de bloques; luego se le sentó encima.

—¡¿No lo sabes?! —Decía mientras le proporcionaba un golpe seco en la cara, rompiéndole la nariz—. ¡Ya no te parece gracioso, verdad! —Exclamó, acompañándolo de otro golpe—. ¿Verdad?

Dos guardias entraron y sacaron a Sean por las malas. Lo agarraron por los hombros y lo arrastraron hasta el final de la celda. La última vez que Sean vio a Palancino, éste no sonreía. Sino que lo miraba furioso. Una furia incontenible que expresaba en su mirada. Una mirada de muerte. Antes de que se lo llevaran, Palancino dijo:

—Ya verás, policía estúpido. Tú te irás con todos los pecadores. Mañana el mundo volverá a ser libre.

 

7

Ahora estaba sentado en el piso de su departamento. Había pasado toda la madrugada y parte de la noche sin dormir. Sin siquiera pegar un ojo.

¿Qué habrá querido decir con eso de “Mañana el mundo volverá a ser libre”? No tenía idea. Su mente era un torbellino de ideas. Cada vez que miraba, su departamento parecía más chico. Más pequeño. Y lo encerraba dejándolo sin aire. Pero su departamento estaba bien. Él era el loco.

Estás desquiciado, avisó la voz de su esposa.

—Cállate, Alice —dijo en voz alta.

Se levantó, y sintió que algo se le cayó del bolsillo. Era la libreta de Joe. Ahora que la veía, recordó que ni siquiera le había echado una ojeada. La tomó y empezó a examinarla. Era una pequeña libreta negra, que en la tapa tenía las iniciales “J.B.” en dorado.

Había pasado quince minutos mirando el interior de la libreta. Joe había avanzado mucho en la investigación y no le había dicho nada. Era de extrañar. Había algo, por sobretodo, que llamó su atención: los ataques se realizan cada seis años, dos meses y seis días; recién se había dado cuenta de lo que acarreaba.

—Dos meses son sesenta días —murmuró—. Triple seis.

Pero eso no era lo único. Unas páginas más adelante, advirtió algo que realmente lo alteró. Las ciudades en las que se repetía los ataques formaban un círculo perfecto. Dentro de éste, se encontraba Dead Town. En el margen de la hoja, había una dirección.

 

8

Volvió a la estación y escuchó atentamente las grabaciones del primer interrogatorio.

—Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará. Ni yo, ni usted ni ninguno de los que están detrás de ese espejo. ¡Nadie! El Señor regresará y consumirá nuestras almas. El mundo tal como lo conocemos se acabó. ¡Está perdido! ¡Perdido! ¡Todo éste maldito mundo pecador irá al infierno y ustedes, policías corruptos, serán los primeros! —había dicho Palancino.

Pero había algo más. Justo en el momento que Sean entró en ayuda de Joe, David dijo algo más. Algo casi inaudito.

Aisló la voz con un programa, y luego la amplificó. Y oyó algo que lo dejó petrificado; haciendo que sus pelos se erizaran:

—El demonio está en camino.

 

9

Había llegado a Dead Town. Algo era seguro: una vez que terminara ahí, se iría y no volvería nunca más.

El pueblo era bastante espeluznante: a penas atravesar el cartel “Bienvenidos a Dead Town”, el cielo pareció adquirir un color blanco. Los pocos edificios ahí parecían estar de hace años, y nadie parecía preocuparse. Las calles estaban desiertas; las personas permanecían encerradas en sus casas, espiando desde las ventanas…

Todo indicaba que Dead Town era un pueblo fantasma. Un pueblo muerto, como bien sugería el nombre.

—Señora, ¿sabe dónde queda ésta dirección? —le había preguntado Sean a una anciana que cargaba con las bolsas de las compras.

La mujer se fijó en el papel, entrecerrando los ojos y luego miró a Sean con temor y pánico.

—¡Aléjate de mí! —Empezó a gritar, mientras soltaba sus bolsas y echaba a correr— ¡No te me acerques!

 

Luego de una hora o dos, había encontrado el lugar. Era una iglesia. Una iglesia abandonada que parecía estar en ruinas. En una de las ruinas del frente, se hallaba el símbolo pintado con rojo.

—Estoy seguro que es aquí —dijo, aparcando el auto.

Entró en la iglesia.

Era alta y muy oscura, en comparación con una en buen estado. La mayoría de los vidrios estaban hechos añicos, sin contar las enredaderas que trepaban sus mohosas y sucias paredes. En el techo pudo distinguir aves y hasta murciélagos.

Sin previo aviso, se encontró deseoso de salir corriendo, de no estar allí. De estar en cualquier lugar, menos allí. Pero no aguantaba la curiosidad. Quería llegar al fondo de esto.

La curiosidad mató al gato, recordó, al tiempo que vio el reflejo de su atacante por detrás. Esquivó el golpe, sin gloria ni pena y volteó para ver aquella persona. Su cara era indefinida, gracias a la capucha que le cubría el rostro; pero llevaba de atuendo un hábito rojo hasta los pies, y en su cuello pendía un colgante dorado, con el símbolo —el mismo que llevaba Palancino— en el centro.

—Ven aquí, vamos —había dicho Sean, enfrentando a aquel tipo.

Su atacante, que llevaba un machete, no se acercó.

—Eso imaginé.

Unas manos salieron de quién-sabe-donde y agarraron a Sean por todos lados. Lo estaban arrastrando. No pudo distinguir a nadie, todos llevaban el mismo atuendo; pero estaba seguro que lo miraban. Y que hasta algunos se sonreían.

—¡Déjenme! —exclamó—. ¡Asesinos!

Alguien apretó un pañuelo contra su nariz; todo se volvió irreal y oscureció en un segundo.

 

10

Despertó sofocado y no se podía mover. Intentó gritar, pero no pudo. Lo habían amordazado. También lo maniataron de manos y pies. Sus ropas se encontraban tiradas a un lado. Estaba desnudo; tenía frío.

Advirtió que se encontraba dentro de un círculo dibujado con tiza. Era un círculo perfecto, aunque en su interior encerraba el famoso símbolo; justo donde Sean estaba acostado. Miró a su alrededor y ahí estaban todos ellos observándolo. Expectantes.

—¿Qué quieren? —quiso preguntar, pero lo único que salió fue: ¿E iegen?

Pudo oír una risa de uno de ellos, pero no sabía de cuál.

—¿Qué que queremos? —La voz de uno se oía fuerte—. Queremos muchas cosas, Sean. Entre esas cosas, estás tú. Pero primero, ya que no saldrás de aquí, responderemos algunas de tus preguntas —hizo un gesto con el dedo índice, y uno de ellos le sacó el pedazo de tela de su boca.

—Suéltenme, malditos hijos de…

—Calma, Sean. Calma. No nos gustar tratar con gente irrespetuosa.

Sean trató de zafarse, pero era inútil. Lo único que obtuvo fue una agotadora batalla ganada por su contrincante.

—Bien —dijo el de la voz fuerte, quien parecía ser el líder—. Ahora que has tratado de hacer algo estúpido e imposible, ¿podemos hablar?

Sean asintió.

—Seguro te estarás preguntando quién está detrás de todo… pues ¡Voilá!.

—Seguro que tú eres el líder —dijo Sean.

—No, te equivocas. Aquí no hay líderes, no hay jefes. Solo nosotros.

Sean suspiró, pensativo, y luego añadió:

—¿Qué hacían con…?

—Las denominadas víctimas —interrumpió—. Nunca fueron víctimas, Sean. Ellos se ofrecieron porque creían en nuestra causa.

—¿Qué?

—Exacto. Samuel J. West, Paul Kovacs, Samantha Norrington…

—¿Samantha Norrington…?

—La que tu y tu amigo llamaban “la embarazada”.

»Como te decía, las víctimas fueron porque quisieron. Todos y cada uno. El trabajo es fácil: agarras una persona, trazas un el símbolo sagrado en el suelo y luego pronuncias las palabras mágicas. De ahí en más, su alma es tomada y guardamos su sangre en el libro. De esa manera, obtenemos las almas.

—Eso carece de sentido. ¿Palabras mágicas? Demonios, eres más estúpido que yo.

—Voy a simular que eso no lo oí…

—¿Qué significa el símbolo sagrado, como tu lo llamas?

—Es algo con lo que nacemos unos pocos. Solo los elegidos para hacer este trabajo.

—¿Entonces por qué Samantha Norrington lo tenía?

—Era uno de nosotros. Hasta que cometió el error de tener relaciones y quedar preñada.

No podemos darnos el lujo de pecar mientras hacemos este trabajo. Ella nos pidió que la matemos, y que agreguemos su alma al libro.

            Sean no podía articular palabra. Ahora todo lo demás encajaba perfectamente y tenía sentido. Pero había algo que no.

            —Los ataques vienen de hace mucho tiempo atrás, ¿sus abuelos o padres también estaban involucrados?

            El líder rió estridentemente, recordándole a Sean la cara de Palancino.

            —Después de matar y consumir tantas almas, Sean… las personas como nosotros viven más que una normal. Cada alma que tomamos, se reparte un poco entre nosotros y el libro. El libro tiene un noventa por ciento de las almas, mientras que nosotros solo nos quedamos con un dos por ciento, cada uno.

            Aquello era absurdo, pero tenía sentido.

            —Entonces, ¿Cómo accedió Paul Kovacs al ritual?

            —El detective Kovacs nos había descubierto. Así que le hicimos una visita. Le dijimos que si quería paz, se tenía que entregar. Le mostramos el libro y le contamos sobre nuestras creencias, y accedió. Se mostró totalmente de acuerdo con nosotros. Se había vuelto como nosotros, pero no podíamos aceptarlo ya que no era un elegido. Así que lo consumimos.

            No, ese no era Paul Kovacs. ¿O sí? Sean ya no estaba seguro de nada.

            —Creo que es hora de que veas nuestros rostros, ¿te parece, Sean?

            Sean sonrió, impaciente. Quería ver los rostros de los culpables. El líder tiró su capucha para atrás y Sean observó el rostro que tantos años trabajó con él: Jake Smith.

            —¿Jake? ¿Tú?

            —Exacto, Sean. Así es. Yo saqué el libro de tu cajón y lo traje aquí. El ritual tenía que acabar. Tantos años de esfuerzo, ¿por nada? No lo creo.

            Las capuchas seguían cayendo y Sean seguía mirando: la joven pareja que había descubierto el cadáver de la embaraza, David Palancino; y algo que Sean quedó petrificado, y quizá podría quedar traumado por el resto de su vida: Joe Bretsky II.

            —No, no, no, no —dijo al ver su rostro.

            —Sí, Sean —sonrió el hijo de Joe—. Formo parte del culto de hace solo un mes, pero me siento como un casa. Cuando Jake me descubrió, me contó para lo que había nacido. Llevo la marca como todos.

            —Pero tú me diste la libreta.

            —Mi padre no descubrió nada de eso, Sean. Yo lo anoté, y luego te di la libreta. Solo nos faltaba una cosa: tú.

            Sean no entendía nada.

            —¿Todavía no comprendes, Sean? —Preguntó Jake con una sonrisa estúpida—. Tú eres otro miembro. Has nacido para esto, como nosotros.

 

11

            Sean acababa de comprender. Ahora recordaba dónde había visto la marca antes: en él mismo. Él la llevaba. Siempre creyó que solo era una marca de nacimiento, que no iba más allá de eso. ¿Cuántas veces se la había visto en un espejo? ¿Cuántas veces se la había tocado?

            ¿Cuántas veces…?, se preguntó mentalmente.

            Miles, respondió su mujer.

            Jake lo miró un rato, y pudo advertir que se había dado cuenta. Sonrió y dijo:

            —Que empiece el ritual.

            Sacó de entre sus ropas el Libro de las Almas y se dirigió al púlpito que se encontraba justo sobre la cabeza de Sean. Todos los demás lo rodearon.

            —¡¿Qué me van hacer?! —exclamó desesperado.

            —Eres nuestro último miembro, Sean —respondió Jake pasivo—. Eres el elegido. Serás el huésped.

            —¡¿Huésped?! ¡¿De qué hablan?!

            —Es un gran honor ser huésped, Sean —interrumpió Joe II—. Todos quieren serlo, pero tú fuiste el afortunado.

            —Todos hagan silencio —dijo Jake de repente—. El ritual dará inicio. Belcebú estará con nosotros en minutos.

            Sean entendió. Usarían su cuerpo para alojar al demonio… a Satanás… Lucifer… o bien dicho, a Belcebú…

            Jake empezó a decir unas palabras desconocidas para el oído humano. Y luego los otros repitieron, como un coro de niños alegres cantando para sus padres.

            —¡Basta! ¡No! ¡No!

            Jake repitió las palabras, al igual que los otros. Éstas parecían tener algún poder oculto.

            —¡Basta! ¡Por favor, no lo hagan!

            Sean contempló el espectáculo más grande que pudo haber visto en su vida: de cada página, empezaron a desprenderse pequeñas nubes negras que emitían un gemido lastimero y doloroso.

Eran almas. Almas pecadoras. Éstas revoloteaban sobre las cabezas de los allí presentes. Sean pudo apreciar como se iban uniendo, formando una gran nube. Cada vez más y más grande. Como un torbellino de humo.

En eso, Sean pudo oír claramente las últimas palabras de Jake:

            —¡Toma este cuerpo que te ofrendamos y danos paz! ¡Paz eterna! ¡Oh, poderoso señor!

            Lo último que Sean vio fue el gran torbellino de humo, envolviéndolo; encerrándolo en la oscuridad eterna.

 

12

            Un año después…

            El taxi frenó en la puerta del Coffee.net a las nueve menos cinco de una mañana despejada de verano. Sean pagó el viaje y entró satisfecho a la cafetería.

            En contraste con la luz del día, Coffee.net se veía como una cueva. La gente se encontraba sentada en sus mesas, desayunando y algunos leían el periódico. Sean tardó un poco para que se le acostumbrara la vista. En cuanto lo hizo, se sentó y esperó al camarero.

            —¿Qué puedo servirle? —preguntó el buen hombre con libreta en mano.

            —Tráigame un café doble y las noticias del día.

            El hombre se retiró y al rato volvió con el periódico hecho un rollo. Se lo entregó y dijo:

            —En un rato le traigo su café, señor.

            Sean lo desenvolvió y miró la noticia en primera plana: “A un año de la masacre de la iglesia de Dead Town”. Sean sonríe y recuerda ese día con regocijo. Después de todo, no había sido un día tan malo.

            A un año de haber encontrado doce cuerpos despedazados en la localidad de Dead Town, nos sumergimos en la investigación a fondo, rezaba la primera oración de la nota.

           

            Pasados veinte minutos, salió a la calle, no sin antes dejarle propina al mesero. En un lado de la avenida vio a unos niños, de no más de tres años, jugando; y a sus madres detrás. Le sonrió a uno, pero éste se espanta al ver unos destellos sepia en sus ojos.

            —¿Mami, viste ese hombre? —oyó al pequeño preguntarle a su madre.

            —No, hijo. Déjalo en paz.

            Sean siguió caminando, mientras reía. Así, sin más, empezó a reír.

            La humanidad bien puede estar preparada para el fin, pensó. Pero prefería esperar y ver como la evolución seguía su curso. Al fin y al cabo duraría poco: el demonio estaba entre ellos.


Mar 25 2009

El Libro de las Almas (1)

El Libro de las Almas

Por Alexis Solia

 

1

Diario de Paul Kovacs. 18 de marzo, 1994:

Hace una semana empezaron los ataques. Son incesantes. Esta semana apareció el guardia del cementerio. Su nombre era Samuel J. West.

 Tenía familia: dos hijos y su esposa. Encontramos su cuerpo justo en la salida. No tenía signos de haberse resistido, ni de golpes, ni de ningún daño permanente. Estaba limpio. Sin embargo, el color de su piel parecía el de un rosbif sin cocinarse lo suficiente.

Era como si alguien le hubiera arrancado la piel, dejándolo en carne viva. Ninguna persona coherente podría hacer eso.

En los casos anteriores pasó exactamente lo mismo. No tengo la seguridad de qué es lo que está pasando, pero sea lo que sea, lo descubriré. Esta ciudad es mía y yo soy su protector.

 

 

16 de mayo, 1994:

            Creo que he descubierto la clave. Todos los ataques son de noche, sin embargo son solo las noches de luna llena. Desde la última vez que escribí ha habido un ataque por cada luna llena. Eso me acerca más al protagonista de los hechos: un psicópata obsesionado con la astrología.

Pienso descubrir al lunático con las manos en la masa. Quizá ahora no, pero posiblemente más adelante.  Si tengo que proteger la ciudad, lo haré ya sea por las buenas como por las malas.

 

 

21 de agosto, 1994:

            Extraño a mi esposa. Estos últimos meses solo he hablado con ella cinco veces. Está enojada, lo sé.

Este caso me está absorbiendo. No puedo más. Mañana lo dejaré, y volveré a mi casa. Ella piensa que la estoy abandonando. No es así. La extraño.

 

 

30 de noviembre, 1994:

            He descubierto cosas nuevas. No lo escribiré, por miedo a que lo lean, pero tengo esperanzas. Al fin  he descubierto el caso (al menos eso creo). Todo estaba suelto. Mañana llamaré a mi esposa y le contaré lo sucedido. Por fin, las cosas están marchando bien.

 

 

05 de diciembre, 1994:

            Están detrás de mí. Tarde o temprano me van a agarrar. He tratado de irme de la ciudad, pero ellos saben que yo sé y lo evitan. No puedo irme de este pueblo maldito. Pueden hacerse pasar por cualquier persona, lo acabo de averiguar.

            La primera vez en mi vida que tengo miedo.

 

 

Matheson Town. 12 años después.

Sean Raver cerró el diario. Las siguientes páginas estaban en blanco. A excepción de la ultima, que llevaba un manchón de sangre negra. Cruzó el vestíbulo y se dirigió donde su compañero.

Joe Bretsky, alto y canoso, parecía sudar como un puerco. Estaba apoyado contra el capó del automóvil. Cuando Sean apareció por la puerta, no pudo evitar sonreír. No era una sonrisa de gracia, sino más bien de mal augurio.

—Pensé que no saldrías más —dijo.

—Había que leer —bromeó Sean, luego agregó: —No me digas: otro más.

—Bien hecho. Te sacaste el premio mayor.

Subieron ambos al auto y arrancaron cuesta abajo.

 

Esta vez era una mujer, y estaba embarazada. No tendría más de seis meses. Su cuerpo estaba cocido. El olor era repugnante.

            Una pareja la había encontrado tan solo hacía una hora, mientras llevaban su caminata matutina por la carretera. El cuerpo estaba tirado en un zanjón.

            —¿Algo más para decir? —preguntó Joe con libreta en mano.

            —Sí —respondió el muchacho—. Cuando la encontramos tenía una marca en la nuca.

            Joe se asomó y levantó la cabeza del cadáver. No había marcas.

            —Yo no veo nada, niño.

            —Yo también las vi —irrumpió la chica—. Eran como varios triángulos.

            Sean investigó el cadáver. El agua podrida pudo haber borrado cualquier cosa. Los dos jóvenes podían verse sospechosos pero solo eran eso: dos jóvenes.

            —Muy bien —decía Joe, haciendo las últimas anotaciones—. Mi compañero aquí presente los llevará a la estación de policía para que hagan la declaración. Johnny, hazme el favor.

            Sean les abrió la puerta a los dos jóvenes y luego subió él.

 

La vida de Sean había cambiado drásticamente en los últimos años. Sobretodo con este nuevo caso que se volvía a repetir. Había sucedido hacia doce años atrás y ahora de nuevo. Pero eso no le molestaba. Lo que más le molestaba era su mujer.

            La zorra, pensaba él. Desde que la había encontrado en la cama con otro no se detenía a pensar en otra cosa. Lo peor de esto es que todavía seguían juntos.

            Sean era un tipo alto, rubio y bien parecido. Pero no por eso su esposa lo iba a amar, era claro. Sin embargo, cada vez que la veía sentía un dejo de desprecio, pero al mismo tiempo de cariño. Y eso era lo que a él más le dolía.

            —¡Señor! —Exclamó el muchacho desde atrás—. Creo que se pasó. Tuvo que detenerse hace dos cuadras.

            —Lo siento —dijo Sean, virando a la izquierda.

            ¿Acaso no puedes pensar en otra cosa, Sean Raver?, se dijo a si mismo.

            Claro que no puedes, respondió otra voz en su cabeza. Era la voz de su mujer.

 

2

Joe volvió horas más tarde y tiró un libro sobre el escritorio. Era un libro con una encuadernación de cuero negra. Tenía un olor repulsivo.

Sean lo ojeó y se fijó que las primeras páginas eran negras, para luego volverse bordo; y al final rojas.

—Parece que a alguien se le volcó la tinta —bromeó.

—Es sangre, Johnny —dijo Joe, con el tono más serio que podía emplear.

Sean soltó el libro y saltó de su silla. Su cara se volvió blanca en cuestión de segundos. Sintió como la saliva se acumulaba en su garganta para dar lugar al siguiente acto: vomitar.

—¿Qué clase de… —por un momento se cerró su garganta, como si se hubiera hinchado—…animal haría una cosa como esa?

—No sé —respondió Joe—. Pero sea quien sea este infeliz lo atraparemos.

—¿Dónde lo encontraron?

—Investigamos la zona y estaba a unos pasos más del cadáver, entre las hierbas. Parece que a alguien se le cayó.

Joe miró el libro en sus manos con detenimiento. Luego levantó la vista y se fijó que Sean se masticaba la punta del pulgar.

—Lo estas haciendo de nuevo —dijo de manera paciente.

Sean se sacó el dedo y lo secó con la manga. Su compañero se paseó de un lado a otro y permaneció con la cabeza gacha. Pensaba.

—Ésta sangre debe de tener meses. Quizá años.

Aquel breve comentario bastó para que Sean sacara la cabeza por la ventana y lanzará hasta las tripas.

 

Estaba sentado en su oficina. Si había algo que podía caracterizarla era la oscuridad que reinaba en ella. Pero no solo la oscuridad. Era un conjunto de cosas: papeles desordenados por donde se los mire, olor a humedad…

Su escritorio lo encerraba contra un rincón, dejando paso a la ventana. Aquella ventana que miraba cada vez que se sentía abandonado. Como si fuese la porquería de la ciudad.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Joe.

Sean no se percató de su presencia hasta escuchar su voz.

—Si, un poco —respondió.

—Bien. Acompáñame.

Sean lo siguió hasta el final del pasillo. Una vez ahí, doblaron a la derecha y entraron por una puerta hasta un espacio limitado. Era una habitación ovalada, que en el centro tenía un lujoso escritorio con una computadora. Las paredes parecían estar forradas de archivos.

Detrás del escritorio estaba Jake Smith, un hombre bajo de estatura, con unas gafas gruesas que aparentaban una explosión ocular en cualquier momento; sin contar su falta de cabello. Describir una persona así podría hacerse en cinco palabras: el “cerebro” de la estación.

—Hola, Sean —saludó Jake.

Sean asintió y estiró su mano. Ambos se dieron un apretón y continuaron.

—¿Qué es lo que tienes? —preguntó él.

—Los ataques no son de hace doce años.

—¿Qué quieres decir?

—De doce años son los únicos registros que encontramos: el diario de Paul Kovacs. Pero los ataques vienen de hace mucho tiempo.

»Empezaron hace treinta años. En el año 1976. Pero no se dan todos los años. Los ataques se repiten cada seis años, dos meses y seis días. Permanecen por un año, pero no los 365 días de éste, solo los de luna llena. Las victimas tienden a desaparecer por un tiempo —un día, quizá una semana— y luego aparecen en carne viva. Es como si las pusieran sobre una freidora gigante y las mandaran en aceita a cocinarlas. Aquí hay algo que cabe destacar: no siempre son en las mismas ciudades. Por lo general van rotando: Asimov City, Poe Village…

—Espera un segundo —interrumpió Joe—. ¿Qué es todo eso de los ataques, al fin y al cabo?

—Parece algún tipo de… ritual satánico.

—¡Patrañas! —bufó antes de salir.

Sean le siguió.

—Podríamos tomarlo en cuenta, Joe.

—Olvídalo. El estúpido de Jake nunca me cayó bien.

 

3

Sean llegó a su casa rondando la medianoche. Estaba exhausto.

Se recostó en su cama pensando en una cosa: Rituales satánicos. Rió entre dientes, pero la idea lo aterrorizaba. Pensar que había gente que hacía todo ese tipo de porquerías.

Que idea loca, pensó.

Pero real, contraatacó la voz de su mujer.

Durante toda esa noche, Sean soñó con demonios, personas vistiendo raro; portando antorchas.

 

La mañana siguiente entró en la estación con las ojeras que parecían dos pozos. Dos grandes pozos hundidos en sus ojos.

Joe lo estaba esperando en la entrada. Se aproximó y lo saludó:

—¿Qué tal? —dijo con su tan conocido tono.

—No muy bien, Joe. Cansado —respondió él con una voz áspera.

—Apenas entraste lo noté, Johnny. Pero bueno, es momento de que te pongas feliz.

—Tienen que ser grandes noticias. Gigantes.

—Las son, las son. Sígueme.

Joe guió a Sean hasta la sala de interrogatorios.

 

Un tal David Palancino esperaba sentado del otro lado del cristal. Estaba esposado y miraba fijamente al espejo. Detrás del espejo estaban Joe y Sean.

—¿Quién es éste? —preguntó Sean, incrédulo.

—El premio mayor —respondió su compañero—: su nombre es David Palancino. Parece que el maldito es parte de la secta que estamos buscando.

—Pensé que no creías en eso.

—La gente cambia rápidamente, Johnny. En fin, este infeliz que ves aquí trabaja en un taller mecánico. Tiene varios antecedentes. Lleva una marca en la nuca, similar a la de la embarazada.

Joe levantó una hoja y la sostuvo frente la cara de Sean. Éste la tomó y miró.

El símbolo era un triangulo invertido, y en sus dos extremos superiores habían otros dos triángulos más pequeños y alargados —simulando algún tipo de cuerno—. Por algún motivo, Sean lo reconocía de algún lugar —previo a la embarazada— pero no sabía de dónde.

—¿Quién entrará? —preguntó al fin.

—Yo lo haré. Procura que no intente nada malo —bromeó Joe.

Su compañero entró mientras Sean miraba fijamente al loco. Éste lo sonrió. Era como si lo pudiera ver, cosa que era imposible.

—Prepárense —advirtió Sean a su equipo, detrás de él.

Joe se sentó frente a David. El tipo realmente metía miedo: era bajo para su edad, pero su mirada era penetrante y siniestra como la de una víbora que está a punto de atacar a su presa.

—Me dijeron que formas parte de un culto —cuestionó Joe.

El tipo asintió.

—¿Eres miembro de hace mucho tiempo?

Asintió de nuevo.

Sean sintió un escalofrío. Algo realmente perturbador iba a suceder.

—¿Sabes qué es esto? —Joe tiró sobre la mesa el “libro sangriento”, como Sean lo recordaba.

David sonrió, asintió y luego dijo:

—El Libro de las Almas.

Joe se levantó, y empezó a pasearse de un lado a otro, con la mirada clavada constantemente en David.

—¿Puedes explicarme qué hace “El Libro de las Almas”?

—Está manchado con la sangre de 666 personas que han pecado a lo largo de su vida —Sonrió y agregó—: Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará. Ni yo, ni usted ni ninguno de los que están detrás de ese espejo —En ese momento se irguió, y las venas de su frente se marcaron como los rayos de una tormenta eléctrica, mientras su tono de voz subía cada vez más— ¡Nadie! El Señor regresará y consumirá nuestras almas. El mundo tal como lo conocemos se acabó. ¡Está perdido! ¡Perdido! ¡Todo éste maldito mundo pecador irá al infierno y ustedes, policías corruptos, serán los primeros!…

—¡Basta! —Exclamó Joe, propinándole un empujón; logrando que se siente—. Discúlpame muchachito si estoy equivocado, pero nadie me llama corrupto. Ni siquiera tú.

David se sonrió y luego agregó:

—Acérquese. Sé algo que podía interesarle.

Joe miró al espejo.

Sean del otro lado negó con la cabeza. No te acerques, Joe, no seas idiota, decía su voz interior.

Joe miró a David, quien mantenía una mirada psicópata, seguida, más abajo; de una sonrisa asesina.

En cuanto se inclinó solo un poco, lo demás era como verlo en cámara lenta: Palancino se levantó rápido y le proporcionó una mordida a Joe en la yugular. Sean pudo ver como sus dientes se zambulleron y desaparecieron en el cuello de su compañero, para ceder paso a un chorro de sangre incesante. Su compañero cayó en el suelo, con su mano sosteniendo el cuello. Aquel cuello que parecía que se quebraría en cualquier instante.

Sean entró corriendo, juntos con otros, en ayuda de su amigo, el buen Joe. Tomó la cabeza de éste, mientras las lágrimas escurrían de sus ojos.

—Johnny —fueron las últimas palabras de Joe Bretsky.

Ahora yacía frío e inerte en el suelo. Sean levantó la vista y pudo ver a David —siendo contenido por dos oficiales— sonriendo y relamiéndose.

 

4

Al instante llegó la ambulancia, prediciendo lo peor:

—Joe Bretsky está muerto. Es imposible detener la hemorragia. Es justo en la artería —anunció el médico.

Aquellas palabras taladraron la mente de Sean como un tiro en la oscuridad: estaba, lo oyó, pero no le dolió. No entendía qué era lo que sucedía. ¿Dónde estaba su amigo? Muerto, pero no lo creía. No creía porque no quería. No había caído en la cuenta de que nunca, nunca jamás volvería a ver a Joe. Nunca jamás volvería a oír a Joe. Nunca más nadie volvería a llamarlo “Johnny” como él solía hacerlo.

Johnny, pensó. Su primer día en la estación, Joe lo llamó “Johnny”.

—Mi nombre es Sean, quiero que me digan así —le advirtió.

Joe sonrió y luego dijo:

—Eres un compañero, mi amigo. De ahora en más para mí serás Johnny.

Sean sonrió aquel día, y no le dijo nada más. Nunca hubiera pensado que se habría apegado tanto a su compañero. A su amigo. Porque después de todo Joe era eso para él.

Marvin, un tipo rechoncho de pelo corto, se sentó junto a Sean. Joe había sido su amigo también.

—Alguien tiene que avisarles a los familiares —dijo.

—Ya lo sé —continuó Sean—. Yo lo haré.

—No puedo…

—Sí que puedes, Marvin. Por favor, déjame hacerlo a mí.

Marvin le entregó las llaves del vehículo.

—Hazlo con cuidado —advirtió.

 

Estas cosas son las que odio de mi trabajo, pensaba mientras sacaba las llaves del auto.

No pudo evitar sonreír al ver la casa de Joe. Poseía un color celeste inconfundible —podría fundirse con el cielo, de no ser que ese día estaba blanco y nublado—, y tenía un porche un poco abandonado, aunque simpático; en el frente, un árbol gigante parecía contemplar la calle.

Subió los escalones de madera y golpeó la puerta tres veces. Enseguida pudo oír unos pasos gracias a la madera que parecía quejarse constantemente: cruck, cruck, cruck…

La puerta se abrió revelando a una chica muy joven. Sean supuso que sería la hija de Joe. Masticaba un chicle sutilmente, y sonrió de manera sarcástica.

—¿Si? —dijo.

—¿Dónde está tu madre?

Sean pudo vislumbrar a lo lejos, a través del vidrio nacarado, una figura esbelta que miraba atentamente.

—Señora Bretsky —llamó.

La mujer se aproximó y Sean pudo ver su cara: era escuálida y tenía unos ojos verdes brillosos. Su cabello parecía flotar en el aire por la manera de su peinado. Y aquel rostro parecía una calavera recubierta de piel.

—¿Quién es usted y que quiere? —espetó ésta—. Ve adentro Kathlyn.

Kathlyn le echó una última mirada a Sean y en un susurro comentó:

—Te metiste en problemas, mi amigo.

Él no puedo evitar sonreírse un poco. El mismo humor de su padre.

—Señora Bretsky, vengo a traerle noticias de su marido.

La mujer lo miró de arriba abajo.

—Pase.

 

Sean se sentó en el sofá de la sala y empezó a mirar a su alrededor. La casa de Joe era más cálida en su interioro. En ese momento, la Sra. Bretsky entró con una bandeja de plata, llevando dos tazas de café y unas galletas.

—Señora Bretsky, no aguanto más —dijo levantándose.

—¿Qué sucede, Sr. Raver?

—Siéntese, por favor —la mujer se aplastó contra el sofá—. Como sabe, Joe, su esposo, estaba trabajando en un caso muy importante…

—Claro. Si no ha dejado de hablar de eso toda la semana.

—Bien. Hoy atrapamos a un sospechoso del mismo y a Joe le tocó interrogarlo. Cuando entró…

—Vaya al grano —graznó ella, viendo lo que se avecinaba.

—El tipo que interrogó, en un momento dado, mordió a Joe en la yugular. Joe se desangró.

La mujer se lo quedó mirando, sin comprender aún.

—Joe murió —terminó Sean.

 

Durante una hora, Sean se quedó consolando a la mujer de su mejor amigo. A los veinte minutos de la noticia, los hijos entraron en acción.

—¿Qué sucede? —preguntó Kathlyn, al ver llorar a su madre, en lo que ésta estalló en mil palabras entre las que se pudo distinguir: “tu padre” y “muerto”.

Ahí cayó la chica. El chico, en cambio, como buen hombre de familia, se ahorró sus lágrimas y le dio a Sean la libreta que su padre llevaba a todos lados.

Habiendo salido de ahí, subió al auto y se fue. No soportaba más ver esa escena. Después de todo había sido una mala idea.