Jul 7 2009

Reacciones violentas y piadosas… [Sobreviviente anónimo]

Mi comentario no fue bien recibido por Brando y a los otros. Diez segundos (tiempo necesario para que sus minúsculos cerebros procesaran lo que dije) después de que las palabras salieron de mis labios, ellos se levantaron y se acercaron con paso y mirada amenazante para asustarme.

Que mierda. Había olvidado el bate en el techo, y mi única forma de defenderme sería con golpes, patadas, y de ser necesario, mordiscos. Brando aún llevaba el cuchillo de ayer, o eso creo. Cinco contra uno; que injusto.

Los gritos me llegaban a los oídos, aunque extrañamente no los escuchaba. Sólo estaba pendiente de lo que sucedía en la mesa que acababa de abandonar. Cristopher, Gilberto y Jhon se habían puesto en pie y se acercaban a mí. Sus miradas eran… ¿Qué pensaban hacer? Mi mente divagó y visualizó posibles acciones…

Pero antes de enterarme sentí mi rostro siendo lanzado a un lado junto a mi cuerpo. Mi cara chocó contra el suelo y sentí algo tibio manando de mi nariz. Aspire un poco del polvo del suelo y estornudé. La fuerte reacción hizo que me doliera aún más la nariz. Me la había roto con el golpe al suelo. Malditos. Me habían golpeado mientras estaba distraído con los demás.

Me di la vuelta y los miré directamente a los ojos, mientras les gritaba furioso:

-Probabilidades de supervivencia: 18%. Antes de que os deis cuenta, todos estaréis muertos, ¡cabrones!

Me puse de pie y eché a correr escaleras arriba. Oí cómo discutían entre ellos. Algunos querían seguir y golpearme, pero Cristopher los detuvo.

Bien; le debo una.

[…]

Mi nariz no dejaba de sangrar. Joder, no sabía qué hacer. Mi tabique estaba roto y mi mejilla también sangraba. Mi camisa ya estaba empapada. Pensé furioso en Brando; lo más seguro había sido él.

Joder. Debí aprender primeros auxilios mientras tuve la oportunidad. Ahora lo más seguro mi puente iba a quedar torcido, o peor; se me gangrenaría y moriría.

-¡Maldita sea!-grité mientras golpeaba con un puño la pared que tenía cerca.

Un fuerte dolor se situó en mi mano. Perfecto, ahora también me había roto la mano. Que jodida suerte la mía. Oí unos pasos detrás de mí y me volteé velozmente mientras me ponía en pie con el bate en la mano derecha; la que no me había roto aún.

Era una chica. La que no hablaba.

-¿Qué quieres?-escupí las palabras groseramente.

Ella no dijo nada; me miró al rostro y bajó la mirada, sonrosada. Se quedó fija en su lugar, con las manos agarrando el pomo de la puerta. Ya me empezaba a hartar.

-¿Qué quieres?-pregunté con más fuerza.

Ella tembló ante mi reacción, y retrocedió unos pasos mientras me daba la espalda.

Ignorándola, me senté nuevamente y empecé a tocar mi tabique. Mierda, duele como el carajo. Miré mis manos; aún estaba saliendo sangre. A este paso me iba a desangrar; aunque no estaba seguro si me podría morir por una herida en la nariz. Que forma más idiota de hacerlo.

Lo moví un poco…

-¡Ahh!-

El dolor había sido insoportable. Antes de darme cuenta me estaba echando aire en el rostro, aunque eso no ayudaba, el frío ponía peor la herida.

Entonces una mano agarró las mías y las apartó de mi rostro mientras se sentaba frente a mí. Era la chica.

Puso en el suelo una caja estampada con una cruz roja y unas palabras: “Primeros auxilios”. Sus manos tocaron gentilmente mi nariz. Hice un gesto de dolor ante el contacto de su piel. Estaba tibia.

Acerco su rostro al mío y miró críticamente mi herida. No me gustaba la forma en la que miraba mi nariz, parecía que estaba pensando en…

Me eché al suelo gritando de dolor. Me había colocado bien el tabique de un solo empujón. Esta chica era una salvaje.

Toqué mi nariz temerosamente, y me di cuenta sorprendido de que había dejado de sangrar y que dolía menos que antes. Volteé la vista hacía la chica.

Aún estaba sentada en la silla, mirándome preocupada. Abrí mi boca para agradecerle, pero la encontré seca y áspera. Toqué mis brazos, estaban fríos. Así que no era que ella estuviera tibia, es que yo me había enfriado al perder sangre.

Asentí con la cabeza en señal de “gracias”. Ella me miró temerosa, y también asintió.

Me acerqué a ella, y me senté en la silla que tenía enfrente. Sacó algodón del botiquín y alcohol. Lleno el algodón de alcohol y me miró con aire aprensivo. Asentí y ella acercó el algodón a la herida en mi mejilla. El alcohol escoció, pero no dolió tanto como esperé.

Sacó una cura y me la puso en la herida, tapándola. Me miró con una media sonrisa, a la cual respondí.

Creo que se sorprendió de mi reacción, pues se levantó apresurada, llevándose consigo el botiquín. Puso una mano en el pomo de la puerta, y antes de cerrarlo, me dio un último vistazo, y se fue.

Yo estaba quieto en mi silla. No podía dejar de pensar en: “Que chica más rara”. Lo más seguro se había compadecido de mí al verme herido. No había otra explicación. Aunque me había agradado de una forma poco común… Creo que me había salvado la vida, ¿sería gratitud?

Joder, a ella también le debo una. Mis deudas morales crecen.

Que mierda.


Jul 1 2009

Los menos aptos… [Sobreviviente anónimo]

El sol me pegaba con fuerza en el rostro. Su resplandeciente luz me sacaba de un profundo sueño; el mejor que había tenido en años. Poco a poco abrí los ojos, mientras el cielo azul resplandecía como una joya. Las nubes se retorcían y cambiaban a una velocidad sorprendente. Botas, dragones, flores, caras… Sus formas variaban y siempre eran las mismas. Que extraño.

Me levanté. Cuando estaba de pie sentí mi cuerpo entumecido por el frío y por el incomodo lugar en el que había dormido. Estiré un poco los músculos flexionándolos y retrayéndolos para desperezarlos.

Di una vista a mí alrededor. El techo del colegio seguía tal como lo había visto la noche anterior antes de dormirme. No quería que nadie me molestara, por eso elegí el techo; nunca nadie venía.

Caminé lentamente hacía el borde del techo, midiendo con cuidado cada uno de mis pasos. No quería caerme, y aún mis pies estaban medio-dormidos.

Estaba pensando en lo que había visto ayer: una calle desierta bañada en sangre, carros destrozados, basura en los suelos… Por eso me sorprendió encontrarme la calle repleta de “ellos”.

Desde mi posición no los podía ver bien, sólo sabía que lo marrón oscuro que los cubría no podía ser más que sangre coagulada, o que las tiras que arrastraban por el suelo eran las ropas desgarradas, y de vez en cuando pedazos de piel arrancados del músculo.

Me quedé un rato viéndolos. Eran alrededor de veintiséis. Caminaban erráticamente, yendo de aquí para allá. Me recordaba a una chica que había visto drogada. Daba pasos vacilantes pero rápidos, tenía la mirada perdida, los ojos entrecerrados y la boca en una “O” constante. Cruzaba la calle, volvía a cruzarla, iba al quiosco, regresaba a la parada del MetroBús, volví al quiosco y así varias veces. Hasta que llegó el MetroBús y se subió en él.

Me produjo una fuerte impresión verla así. Era una chica muy atractiva, y por la vestimenta debía ser de buena familia; posiblemente ricos, pero había caído en el infierno de las drogas. Había escuchado hace mucho tiempo por la tv que en los sectores pobres el índice de consumo de drogas era mayor que en el de los de clase media. Que consumían drogas porque no tenían una cultura y una familia que les enseñara que era malo, que por la pobreza caían en ese abismo.

Eso es pura mentira.

Las personas, sea cual sea su statús social, consumen drogas porque es una salida a la vida que día a día tienen que enfrentar. Problemas, discusiones, trabajos, parejas, infelicidad… Todo eso se veía arreglado por el consumo de un estupefaciente que los dopaba y atontaba el dolor. No importa si eres blanco o negro, mujer u hombre, rico u pobre, el vacío lo sentimos todo en algún momento de nuestra vida.

Algunos lo olvidan, lo superan, viven emociones extremas, toman drogas, se cortan, se suicidan. Otros vivimos con él por siempre… pero seguimos adelante. Y nace lo que las personas consideran ‘insensibles’.

Sonreí durante un rato mientras observaba lo que estaba debajo de mí.

No podía expresar con palabras lo que sentía. Sonreía como nunca lo había hecho, me sentía vengado, como si todo lo que el mundo me había hecho hubiera sido castigado por la justicia divina. El vacío en mi pecho se había visto en parte rellenado por algo nuevo; el deseo de sobrevivir.

Me alejé de la baranda y me encaminé hacía las escaleras metálicas. Mis pasos resonaron en el colegio mientras bajaba las escaleras apurado. No sabía qué iba a hacer, sólo quería ver a los demás sobrevivientes. Mis planes serían imposibles si no contara con al menos la participación de tres personas, y para eso tendría que convencer a mis queridos compañeros de clases… Ah, no, corrección; “a mis queridos compañeros de prisión”.

Intenté recordar los nombres de todos para así no faltarles el respeto al no llamarlos por sus nombres. Cristopher, Gilberto, Isabel, Glaciel, Ana, Jhon, Daliam Gabriela, Michael, Braulio, Brando, Hjalmar, Paco, Edgardo, Renzo, Oreana, Indhira, Yuviry, Dubriska, Yimar, Carlos Niño, Yirvinth, Marcus, Yuvanoska, y la chica que no habla.

Me encontré a la mayoría en el comedor del primer piso. Los que tenían menos probabilidades de sobrevivir estaban reunidos en una mesa, mientras que los más aptos estaban en la más apartada, pegada a una pared. Los prescindibles estaban hablando sobre lo que debían hacer; llegué a captar mi nombre entre los murmullos. Pero de entre las voces surgió un silbido y todos se quedaron callados. Varios se voltearon y me vieron. Inmediatamente volvieron a fijar su vista en la mesa, esquivando mi mirada.

Olía a traición.

Me adelanté a paso lento, observando el rostro de cada uno. Brando me veía con rabia por lo que había sucedido ayer. Les dirigí una mirada de repulsión a los que estaban más cerca de mí y fui directo a donde se encontraban los demás.

Cristopher, Gilberto, Jhon, Glaciel, Ana, Isabel, Marcus, Yirvinth  y la que no hablaba se encontraban alejados de los otros, y seguían discutiendo a pesar de mi aparición. Me acerqué a ellos y me senté. Seguían hablando; era como si yo no estuviera ahí.

-El ejército tendrá que hacer algo. No pueden dejarnos aquí solos.

-Si no vinieron hoy, no van a venir mañana.

-Le tienen miedo a esas cosas…

-¡¿Cómo le van a tener?! ¡Tienen pistolas y ametralladoras! ¡Con varios tiros y listo!

-¿Y si los muerden, Gilberto?-respondió Cristopher-. Ya sabes lo que sucede si te muerden: mueres sin muchos problemas.

-Entonces que se cubran-dijo Isabel.

-Tenemos que salir de aquí…-Ana temblaba.

-¿Pero cómo? Ya vimos que la entrada está inundada de esas cosas-dijo a su vez Jhon.

-Tenemos bates, ¿no? Salimos y los jodemos. Fue fácil la primera vez, ¿verdad, Cris?-dijo Gilberto, animado por la idea de pelear.

-Ajá, los matamos… ¡Pero si ya están muertos! Prueba suerte con un bate. Cuando mates a uno, nos avisas-respondió sarcásticamente Isabel.

-Para tu información ya maté a varios, y con una patineta-dijo Gilberto mientras se ponía en pie. Estaba preparándose para discutir.

Pero Isabel no respondió y empezó a hablar en voz baja con Glaciel. Me quedé un rato observándola, mientras escuchaba lo que le decía, hasta que ella volteó en mi dirección y bajé la mirada, sonrosado.

Ver sus ojos no era una experiencia apaciguadora. Lo más cercano a una descripción sobre ellos era esto; no importaba lo que hicieras, o lo que pensaras, ella parecía saberlo, y en sus ojos te veías reflejado.

Volví a subir la vista después de un tiempo, ella ya no me miraba. La seguí viendo. Y me preguntaba, ¿qué pensará? ¿Qué habrá visto en mis ojos?

Sonreí ante la idea de que alguien pudiera saber lo que pensaba. Me puse en pie y hablé, acallando las voces de los demás:

-Sus planes son estúpidos, y todo lo que lograrían es que murieran en vano. Gilberto, pensando antes con los músculos que con la cabeza. Podrías combatirlos, si, ¿pero cuánto tardarías en cansarte? Yo los he visto; son interminables. No se detienen por nada ni por nadie. Y en cuanto al ejército, no pueden hacer nada. Antes de que esto empezara ellos ya no podían hacer nada. Están acostumbrados a disparar a personas que nunca los atacan. Esta vez es distinto, “ellos” no se detendrán por disparos en el pecho o en las piernas, seguirán al frente hasta dar con su presa.

Estaban viéndome fijamente. Me sentía acalorado, a pesar de que sólo tenía la camiseta que llevaba debajo de la camisa del uniforme. Maldición, me incomoda ser el centro de atención. Pero tenemos que sobrevivir a como dé lugar; aún si no todos lo hacen…

-Sé cómo salir de aquí. La salida por la entrada es completamente imposible. “Ellos” rondan continuamente al frente de nuestro colegio, y si ven a uno, todos morimos. El ejército no va a venir, así que un rescate es imposible. No hay helicópteros en el cielo ni aviones, eso significa que los aeropuertos están abandonados o que los aviones son usados para otras cosas. Las únicas opciones aceptables y que permiten un menor margen de error, son: Primera, quedarnos aquí y sobrevivir como podamos. Pero sus inconvenientes son grandes: Asesinatos, suicidios, violaciones, peleas y muertes. Inanición y cansancio. Las posibilidades de un rescate son inexistentes. Segunda: huir por el techo de la escuela. Las rejas no son altas y cualquiera las podría escalar. De ahí pasaríamos a otros edificios hasta dar con un carro, alimento o armas. Incluso puede que demos con alguien que esté vivo.

Miré el rostro de todos los que me habían oído. Joder, también me miraban los de la otra mesa. Por suerte escucharon tarde; no lo saben todo. Optarán por la segunda opción y las posibilidades de que mueran sin mi ayuda son altas. Los fuertes prevalecerán.

Una de las chicas que me había estado observando se levantó y dijo en voz alta:

-¿Ah, si? Y cuándo escapemos de aquí, ¿qué? ¿Tienes alguna razón para pensar que encontraremos a otras personas si salimos de esta ciudad? ¿O tienes un humvee que nos va a llevar a todos fuera del país cuando lo hagamos? No todos vamos a lograrlo, ¿Quiénes van a morir? Responde.

Maldición, a Isabel no se le iba a escapar los vacíos de mi plan. Debí suponerlo. Miré directamente a los ojos a Isabel y le respondí:

-Las probabilidades de que encontremos a otras personas son del 21%. Sé que son mínimas, pero al menos existe. En cuanto al carro, no tengo ninguno, y es poco probable que encontremos uno con las llaves en la suichera-tomé un tiempo y respondí la última pregunta-. Sólo los más aptos sobrevivirán.

El silencio que surgió con mi respuesta me dio risa. Sus rostros reflejaban que estaban pensando quiénes eran los más aptos. Esperé un tiempo a que tuvieran alguna idea y me di la vuelta. Mis pies estaban cerca de las escaleras, en caso de reacciones violentas podría correr.

Volteé un poco mi cara sonriendo y alcé mi brazo, señalando la mesa de los que no me habían prestado atención cuando empecé a hablar. Solté una risotada y dije:

-Ellos son los menos aptos…


Jul 1 2009

Probabilidades y estrellas en el cielo… [Sobreviviente anónimo]

La radio sonaba baja mientras permanecía sentado.
Detonaciones de disparos, gritos, cornetas de coches, explosiones… Todo eso se escuchaba bajo la estática señal de la radio que permanecía prendida sobre el escritorio del ausente guardia de seguridad. Por más que giré el dial, todas las emisoras decían lo mismo: “…se están matando…”, “… ha enviado fuerzas armadas que tienen permitido el uso de munición de met…”, “… desde Europa hasta Asi…”, “…vacuación de emergencia en todos los pueblos aún sin infect…” ,”… el AH1N1 ha mutado…”, “… terra ha enviado fuerzas armadas ha Irlanda del Norte donde se han presentado…”, “… ierrense en sus casas. No salgan bajo ningún moti…”. Me llamó la atención que cuando pasaba por las distintas emisoras resonó una voz totalmente distinta a las demás; ésta era profunda y con un claro tono de orador empedernido. Decia: “Es el Apocalipsis. El señor Jehova nos ha castigado por nuestro pecados. Arrodillense y oremos jun…”. El hombre se calló después de que se oyó un crujido y gritos. Poco después la transmisión fue cortado.
No pude evitar sonreir. No me parecía extraño que en el baño de sangre actual las personas empezaran a rezar y enconmedar su alma a Dios rogando perdón. Idiotas, nada de eso sirve. Dios no es más que un mito. No hay nada más allá de lo que nuestros ojos puedan ver. Sino es visto; no existe. Así de sencillo.
Rogar no te salvará. Lo único que te puede hacer sobrevivir a este infierno terrenal es una fuerte convicción, una inteligencia sobrenatural, y los instintos que tantas personas tenían dormido hasta hace poco. Tampoco vendría mal unas cuantas armas de fuego y un humvee, pero eso no es posible.

Sólo tu forjas tu destino, sólo tú decides morir o vivir, sólo tú decides asesinar para sobrevivir o salvar para morir. Es tu elección; nadie más la puede hacer por ti. Piensa por ti mismo, o estarás mejor muerto.
Ahora dime, ¿qué decides?
El tiempo corre.
Mis pensamientos se habían perdido mientras observaba distraido mi reflejo en el cristal, pero fui sacado de mi ensimismamiento al escuchar unos pasos apresurados que se acercaban hacia mi.
Una alta figura se situó en frente de mí. Su piel morena oscura se veía negra por la falta de luz. Y su rostro fuerte y brutal me vió con ira mientras me gritaba:
-¡¿Qué te pasa a ti?! ¡¿Tú qué eres para hablarnos así?! ¡Muerete! Mira que sino fuera porque somo’ poco’, te mato cabrón, te mato.
Me levanté, malhumorado, y le dije en voz baja a pocos centimetros de la cara:
-Anda, hazlo. Clavame el cuchillo que tienes en el bolsillo. Ah… pensabas que no lo había visto…-dije mientras en su rostro se mostraba la sorpresa-. Anda, no hay nada que temer. ¿Quién te va a ver? Sólo una muerte más entre tantas las de hoy. Ahora…
Me alejé unos pasos de él mientras que en camino recogía un bate de baseball que estaba recostado en el escritorio. Me di la vuelta, viéndolo a la cara, y le dije:
-Como pensaba. Mucho ruido y pocas nueces-su cara se mostró confundida-. Perdona, en tu idioma significa que hablas mucho pero que no haces nada. Cobarde.
Le di la espalda y me alejé de él.
Sabía que no me iba a perseguir. Las personas como él amenazan mucho, pero a la hora de las cuentas, nunca hacen nada. Es la típica persona que si ve que sus metas no han sido logradas en el acto, desisten.
Giré varias veces el bate entre mis manos y lo sujeté firme. Antes de darme cuenta hacia donde iba me encontraba en el tercer piso de las escaleras de metal. Miré alrededor; no había nadie.
Saqué un amasijo de llaves que había encontrado en el escritorio del guardia y las probé todas en el candado que impedía la entrada al techo. Después de veinte llaves encontré la indicada y el candado se abrió.
Quité las cadenas, dejándolas en el suelo, y subí las escaleras, mientras el rojo sol del atardecer me pegaba de lleno en la cara. Por un momento quedé escandilado por la luz, pero mis ojos se acostumbraron con facilidad.
Salí debajo del techo y me dirigí hacia una de las esquinas que daban hacía la calle. Me detuve tras la baranda observando el… paisaje, por decirle de alguna manera.
Las calles que podía ver estaban bañadas de una materia rojo oscuro; sangre. Varios carros tenían las ventanas rotas y las puertas abiertas. Lo más seguro “ellos” lo habían hecho. No podía dejar de pensar en los pobres infelices que subieron las ventanas pensando que el fragil vidrio los protegeria de las voraces mandibulas de esas cosas.
Había un cochecito tirado en medio de la calle. No muy lejos habían girones de ropa azul cielo; ropa de bebé. Mis ojos lo vieron por un rato, mientras mi mente recreaba lo que debió suceder.
Después de un minuto de ensoñaciones, me “desperté” con un sobresalto al darme cuenta que el sol se había puesto y que poco a poco el cielo pasaba de un rosado rojizo a un azul marino con pequeñas luces que titilaban.
Me dejé caer en el suelo y me puse a ver las estrellas.
No podía creer que tantas cosas hubieran sucedido en un día… Muertes, disparos, huidas, sangre, destrucción, asesinato culposo… Y aún las estrellas brillaban… Como se nota que no les importamos. Podría detonar una bomba “H” y ellas seguirían brillando, como siempre.
No pude dejar de sentir envidia. Tan lejanas de este caos llamado Tierra, tan tranquilas, sin nada que temer. Seguirán brillando aún después de que los hijos de mis tataranietos mueran… Bueno, lo de tener hijos actualmente ya es muy jodido por como están las cosas. Como mucho debería alegrarme de tener comida.
Las cosas iban a empeorar, eso era seguro.
Los humanos son animales. Si encierras a una piraña junto a otra sin comida, terminaran por matarse entre ellas. Así somos. Estrés, miedo, rabia, impotencia, hambre… Ninguno de ellos sabe lidiar con eso, todos moriremos si no hay una limpieza antes.
Las habilidades de supervivencia de los que quedan son minimas. No confio en ellos, y ellos en mi tampoco; no podemos trabajar juntos. Pero no puedo dejar que mueran. A pesar de no ser de mi agrado son útiles. No puedo dejar que le suceda algo a Is…
Mierda. Tenía que convivir con ellos. Pero si al menos pudiera deshacerme de los menos aptos…
No. No puedo hacer eso. Esperaré. Queda mucho tiempo; las probabilidades de que mueran los inútiles son altas. Me quedaré sentado a esperar a que suceda.
Pero tenía que estar preparado para no ser uno de los inútiles.
Mi mente trabajaba. Casi podía escuchar sus engranajes girar a toda velocidad, mientras “profetizaba” todo lo que iba a suceder en el futuro. Analisaba una y otra vez los posibles resultados a nuestro encierro. Muertes, asesinatos, canibalismo, locura, suicidios… Al poco tiempo había planeado todo lo que tendría que hacer para sobrevivir.
Saqué una hoja del bolso que colgaba en mi costado y empecé a escribir:
Probabilidad/Supervivencia/Total/35%…


Jul 1 2009

Risas, y un fantástico horror… [Sobreviviente anónimo]

El salón seguía agitado, a pesar de que varias personas se habían calmado al oír al profesor Camilo decirles que el Presidente había dicho en una cadena nacional que todo estaba bajo control.
Quería sonreír, ¿qué me lo impedía? No lo sé. Tal vez haya sido mi manía de mantener las apariencias frente a otras personas. Muchas malas vivencias tuve al enseñarles parte de mi…
Pude escuchar los apagados murmullos de varios chicos que estaban sentados a dos pupitres de distancia de mí. Estaban hablando sobre lo mucho que les habría gustado tener armas y enfrentarse a los agresores; meterles unos cuantos tiros en el cuerpo y verlos desangrarse.
Era sencillo entender porque esas personas murieron poco después de ver el Horror.
Vivían en el… delirio, de tener armas y dispararlas contra los demás. Golpear y pelear por diversión. No era extraño que esos fueran sus sueños y fantasías. Cuando creces rodeado de malandros, droga y violencia algo se te debe quedar, ¿no?
Agarré mi morral y me lo puse al hombro mientras salía del salón de clases. El profesor Camilo intentó detenerme recostando una mano en el marco de la puerta y preguntándome; “¿a dónde vas?”. Yo, ni corto ni perezoso, le respondí que a donde me diera la gana, mientras empujaba su brazo, haciéndolo tambalear.
Emprendí la carrera y bajé por las escaleras metálicas que quedaban cerca. Cuando llegué al primer piso sentí la vibración que recorre las escaleras cada vez que alguien las baja o las sube. Suspiré. Camilo me estaba siguiendo.
Mierda, ¿por qué aún cuando hay disturbios los profesores se comportan de una forma tan… de profesores?
Me encaminé a la entrada corriendo; miraba sobre mi hombro para ver si Camilo ya estaba en el primer piso. Así que no prestaba atención a lo que estaba al frente mío, con lo que me di un buen golpe contra la puerta de cristal, que tembló ligeramente. Maldita sea, esa cosa pesaba demasiado.
Antes de poder ver bien (había empezado a ver lucecitas blancas por culpa del golpe) una mano se puso sobre mi hombro y me empujó hacía ella. Camilo me había alcanzado.
Puse mala cara, preparándome para el regaño que me esperaba. Pero Camilo no me miraba a mí; estaba viendo sobre mi hombro. Su expresión no era nada agradable.
Me volteé… entonces yo también lo vi.
La calle enfrente del colegio estaba repleta de personas corriendo hacía la Lecuna (que vendría siendo nuestra izquierda), eso significaba que fuera lo que fuera de lo que estaban corriendo debía venir desde el Palacio de Justicia (donde estaban apostadas varias tanquetas DM-51 y 53, con varios militares en motos y equipos antimotines), o de las Torres del Silencio (antigua sede del ministerio encargado de gestionar nuestro colegio y del CNE, que es nuestro Consejo Nacional Electoral, encargado de las fraudulentas elecciones venezolanas). Los gritos y detonaciones lo llenaban todo, sin dar la menor oportunidad de pensar.
Las personas corrían, llevando a cuestas niños, manteles (seguramente buhoneros), moto-taxistas, varias personas con las camisas beige de tela suave (probablemente los conductores de las camionetitas que se encargan de cubrir el trayecto Silencio-El Cafetal), varios chinos del restaurant El Yunke y militares…
Espera, ¿militares? ¿Ellos no deberían estar combatiendo a los agresores? ¿Acaso ellos no tienen AK-47’s, Glock’s y  granadas de mano?
Esto no podía ser obra de “agresores”, tal como había dicho el Presidente; incluso los llamados “Robo-cops” estaban empujando y abriéndose paso entre la multitud en veloz huida. Algo más terrible que unas cuantas personas con banderas y pitos estaba asustando a las personas, pero, ¿qué?
No podía entender que los militares huyeran. Su uniforme y estar bajo las ordenes directas del “Mico-Mandante” les eximia de pagar por sus crímenes. Si un GNB (Guardia Nacional Bolivariano), robaba, el abogado podía alegar que lo hacía en nombre de la patria y nadie se atrevería a contradecirlo. Ellos podían abrir fuego con munición de metal sobre la multitud indefensa y ninguno de ellos pagaría por ello. Desde hace años que el “proteger y servir a tu patria” se había convertido en “proteger y servir a tu Presidente y a sus intereses personales”. Una fuerza endeble y corrompida, viciada por las drogas, el licor y la prepotencia que provoca el poder hacer lo que te pegue en gana sin tener un castigo por ello. Desde hace muchos años que nuestro ejército había estado holgazaneando con pequeñas lluvias y acallando marchas opositoras a punto de ametralladoras y granadas lacrimogenas.
El profesor Camilo, saliendo del shock que le había provocado ver la riada de personas, abrió la puerta de cristal y se situó en el medio de la calle.
Su figura se veía desaparecida y de vez en cuando jamequeada por los cuerpos que pasaban a su lado con una fuerza brutal.
La cantidad de personas que corrían empezó a bajar, y sólo pude ver a unos cuantos policías de tránsito correr hacía la Lecuna. Entonces llegaron los causantes del desastre.
Desde mi posición no los podía ver bien; me había ocultado tras el escritorio del ausente guardia de seguridad, que estaba bajo un manto de oscuridad debido a que la luz del techo estaba apagada. Pero el profesor Camilo debía de tener una visión en primer plano excelente.
Eran tres personas; dos chicos y una chica. Mi visión no era muy buena, pero sus camisas estaban empapadas de lo que parecía ser pintura rojo vino tinto. Que ingenuo era. Se movían lentamente y tambaleaban a cada paso que daban. ¿Qué les sucedía? Sus manos colgaban a los lados de sus cuerpos, moviéndose de un lado al otro producto de los pasos desiguales de esas personas. La niña dirigió la mirada hacía mí, pero pareció no verme y siguió caminando hacia el frente.
Su rostro me había dejado paralizado; le faltaba la mejilla izquierda y el ojo. Algo en mí me dijo “corre, o morirás”, pero me quedé quieto. Quería ver qué iba a suceder.
Fijé mi atención en las otras dos personas y vi que en las camisas de ellas habían huecos, desde los que nacía el lago vino tinto que cubría la camisa; impactos de bala.
Las tres personas se dirigían hacía el profesor Camilo, el cual se acercó a ellas preguntando si se encontraban bien.
Que idiota. Era claro que no se encontraban bien.
Los tres alzaron los brazos a la vez y se abalanzaron encima del profesor. Me llegaba el quejido mudo de Camilo y los golpes que propinaba a las personas que ahora estaban mordiendo su cuerpo y arrancándole trozos de carne. Un impulso me dijo que lo ayudara, pero no lo hice. “Quédate quieto. Ya vendrán personas a ayudarlo. Tú sólo espera; no te arriesgues”.
Seguí escondido tras el escritorio, mientras veía como devoraban al profesor.
Un grito se escuchó a mis espaldas. Quise voltearme, pero algo me mantenía atado a la carnicería que se desarrollaba a pocos metros de mi. Unas voces se escucharon; mujer y hombre, poco después unos ruidos de pasos se escucharon detrás de mí. Me di una media vuelta y vi a la profesora Argelia y al profesor Verdugo que se lanzaban apresurados en ayuda de Camilo. No habían notado que yo estaba ahí, mejor así.
Abrieron la puerta de cristal y se lanzaron encima de los atacantes, con golpes y patadas, en un inútil intento de sacárselos de encima al agraviado.
Verlos luchar me hacía sentir exultante y emocionado, como un niño de nueve años viendo por primera vez una pelea de verdad. La adrenalina corría por mi cuerpo. Y mi instinto de supervivencia de impuso antes de la necesidad de ayudarlo; “sal de tu escondite. Baja la ’santa maria’ y déjalos fuera, no los dejes entrar. Ya están muertos”.
Como un autómata salí de mi escondite y bajé la “santa maria”; no podía dejarlos entrar. Estaban muertos.
Cuando el metal chocó contra el suelo, bañando de una oscuridad leve el suelo, oí a los profesores gritar. Me recosté en ella, presionando con mi trasero uno de los agarres contra el suelo para que no pudieran abrirla.
Sentí cómo intentaban subirla sin éxito. Entonces golpearon con fuerza el metal, gritando “ayuda”, “auxilio”, “ábrannos” en una algarabía de palabras que no tenían el menor sentido para mí.
Y los gritos cesaron como por arte de magia. Los golpes dejaron de resonar en el metal y la tranquilidad lo llenó todo. No más detonaciones, no más gritos… Sólo una absoluta y hermosa nada.
Por unos minutos me quedé quieto, sin saber qué hacer. ¿Ya se habrían marchado o seguirían afuera? Tenía que esperar,
El reloj marcó las 9:14. Pasé más de media hora sentado en el suelo.
Tenía que saber qué habían hecho. Una morbosa curiosidad se impuso a mi instinto de supervivencia. Quería verlo.
Me levanté y subí con fuerza la “santa maria”, mientras me impulsaba hacia delante.
Pero algo me lo impidió.
Ahí, justo en la entrada del colegio, habían tres personas. Dos chicos y una chica…


Jul 1 2009

Un horror, dos Metros y treinta minutos de retraso… [Sobreviviente Cristopher]

Que molesto era esperar la llegada del Metro con un retraso de treinta minutos para entrar a la clase de Castellano.
Como de costumbre crucé los brazos y me recosté de espalda en la pared más cercana mientras observaba a mi amigo y a otras personas que fruncían el ceño y miraban impacientes sus relojes, preguntándose el porque de la tardanza del metro.
Maldije por lo bajo.
Tal vez si me hubiera levantado más temprano estaría ya en el colegio. Pero ese maldito loro me mantuvo despierto toda la noche al imitar la voz de mi madre y gritar: “¡Christopher, levántate!”.
Pero la culpa también era de Gilberto (su amigo).
Lo tengo merecido por creerle lo de “ya voy en camino, no tardo” y esperarlo en los torniquetes del Metro.
Miró con rabia a través de los cristales de sus anteojos a Gilberto, que en esos momentos tenía la capucha del suéter azul marino sobre la cabeza, los audífonos del mp3 en los oídos y la patineta a modo de guitarra, simulando tocarla al ritmo de la canción que escuchaba.
Las juiciosas miradas de las personas que estaban cerca de él se cernían sobre el, amenazantes. Pero él no les prestaba atención, estaba metido de lleno en SU mundo.
Cuando Gilberto se dio cuenta de que Christopher lo miraba, se detuvo y le sacó el dedo más largo con cara de pocos amigos.
Me reí ante la reacción de Gilberto y me puse a su lado.
Había sentido la brisa anterior a la llegada del Metro. Me desilusionó darme cuenta de que el metro que llegaba iba en la dirección contraria.
Antes de siquiera alejarme de Gilberto unos gritos a nuestras espaldas nos hicieron girarnos y contemplar la escena que estaba frente a nuestros ojos.
No podíamos explicar lo que veíamos. Los sonoros gritos nos llegaban extrañamente amortiguados, silenciados. Las personas que se habían volteado ahora también gritaban ante el horror que veían…
El metro se había detenido antes de ocupar siquiera la mitad del andén, dejando parte de si mismo oculto bajo el túnel del que venía. Pero los cuatro vagones que se veían eran suficientes para hacernos entender exactamente qué sucedía en los vagones que no se podían ver.
Las personas que esperaban en la estación se habían quedado paralizadas por el terror.
Los vagones se estremecían mientras las personas dentro de ellos aporreaban histéricamente las ventanas y puertas, esperando que se abrieran o que tan sólo cayeran rendidas bajo la presión de una decena de manos.
Cundió el pánico.
Algunas personas huyeron. Otras, más “valientes”, se lanzaron a intentar abrir las puertas para dejar salir a las personas que se encontraban atrapadas en ese infierno.
El interior era un pandemonio. Gritos desaforados, sangre embarrada en las ventanas y paredes de los vagones, personas lanzándose encima de otras y aporreando con furia las ventanas…
Cada partícula de mi cuerpo me gritaba que huyera, pero mis piernas no respondían. Las sentía fuertes y a la vez débiles. Sentía que si daba un paso mi pierna cedería y caería al suelo hecho un desastre.
El sudor caía en mi frente, frío como el hielo, helando cada centímetro de mi cuerpo y transformando cada pensamiento de valor que alguna vez tuve en el peor temor que jamás sentí. El terror me invadía más y más por cada segundo que pasaba.
Como una chispa naciendo en el fondo de la oscuridad, me lancé hacia delante, intentando meter mis dedos entre los resquicios de las puertas para abrirlas. No sabía que me impulsaba a hacerlo, sólo cedía a esa ola como la arena. Quería ayudar a las personas que se encontraban dentro.
Me volteé para pedirle ayuda a Gilberto. Pero se había quedado quieto como una estatua a unos seis pasos de mí. Miraba con la vista perdida la escena que tenía en frente. Le hice señas con la cabeza para que me ayudara, pero no reaccionaba.
Mi corazón se detuvo…
Todo se volvió gris y el tiempo se ralentizó para no ser más que una película vista en slow motion. Vi los labios de varias personas moverse, vi como sus rostros se convertían en mascaras de increíble terror, vi como muchos emprendían la huida por las escaleras…
¿Qué sucedía?
Entonces la sentí; la brisa que anunciaba la llegada de un Metro.
Me oí a mi mismo gritar: “¡Todos al suelo!”. Mi propia voz me llegó como un disco de vinilo reproducido a baja velocidad, tenía ganas de reír ante lo ridículo de la situación, pero el terror mantuvo mi boca en el complicado trabajo de gritarles.
Volteé hacia donde Gilberto. No reaccionaba. Seguía con la misma vista ausente al frente, como un maniquí.
Antes de darme cuenta me encontraba corriendo hacia Gilberto con las manos abiertas y lanzándome encima de él para protegerlo del choque que iba a ocurrir detrás de nosotros.
Me cubrí la cabeza con las manos mientras intentaba también proteger a Gilberto con mi cuerpo.
El impacto retumbó en mis tímpanos, haciendo vibrar cada partícula de mi cuerpo como una campana. Intenté levantarme después del impacto, pero mi cuerpo temblaba incontrolablemente.
Me di la vuelta para ver. Supongo que sería morbo, ya que lo primero que debí hacer fue salir corriendo.
Varios pedazos de cuerpos se encontraban en el suelo y la sangre embarraba las paredes como un tenebroso graffiti de materia gris, huesos y músculos. Algunos cadáveres se encontraban unidos entre los Metros que habían chocado. Era como ver un cuadro de Dalí, sólo que este era real.
Quería vomitar, pero ni eso pude hacer. Mi cuerpo no respondía a ningún impulso nervioso que enviaba. Prácticamente estaba muerto.
Entonces sentí una gélida caricia en contacto con la tela de mis pantalones. Bajé mi mirada.
Dos manos negras, pero con un extraño tono pardusco subían lentamente por mis piernas. Sin darme cuenta, uno de los pilotos del metro chocado se había acercado a mí, aferrándose fuertemente a mi pierna, como si temiera que huyera.
Pensé que el sujeto necesitado ayuda, ya que tenía toda la chaqueta y el rostro lleno de sangre coagulada.
-Señor, ¿se encuentra bien? Deje que lo ayude-dije mientras intentaba levantarme.
No respondió, sólo se abalanzó sobre mí.
Instintivamente coloqué mis manos entre su pecho y mi rostro para mantenerlo alejado.
No lo había notado antes debido al polvo que flotaba en la atmósfera y a que mis anteojos se habían caído, pero a aquél tipo le faltaban trozos de su rostro. ¿No le dolía? ¿Por qué diablos se abalanzó sobre mí?
Aún así, con parte del rostro o sin ella, tenía una fuerza asombrosa. Me costaba un trabajo increíble mantener sus mandíbulas (que se batían como si intentara morderme) alejadas de mi rostro. Y eso que hago pesas. No importaba lo que hiciera, ese tío seguía acercando sus dientes más y más cerca mi.
¿Qué creía? ¿Qué yo era su aperitivo?
Entonces oí un “crac” y el piloto del metro cayó rodando a tres metros de distancia de mi. Cuando me levanté un poco vi que una parte de su cráneo estaba hundida y rota. De su cabeza salía una masa gris sanguinolenta que se desparramaba en el suelo como un pequeño charco. Era su cerebro.
Esta vez vomité.
Todo el pánico, el temor, el miedo y la angustia fueron drenados junto con mi desayuno al suelo.
Al terminar tomé grandes bocanadas de aire, pero no pude quitarme el amargo sabor del vomito en mi garganta.
Gilberto me tendía la mano antes de poder levantarme. Me puse los anteojos que estaba a unos cuantos centímetros de mí y me levanté.
Una vez de pie pude ver su patineta. Una parte de la cola estaba rota, con las astillas llenas de sangre cayendo de ella. Así que había sido eso.
-¡Rápido, vamonos de aquí!
No podía respirar bien, el aire salía y entraba de mi cuerpo por cada segundo que pasaba.
Mientras subíamos las escaleras bajé la mirada y vi que en los destrozados vagones del metro varias personas se movían, intentando salir por las ventanas rotas.
En uno de los intermitentes destellos de las luces de los vagones pude verlos. Los vi por primera vez…
Eran “ellos”.
Aún hoy no puedo sacarme la imagen de la cabeza, y en las noches me despierta entre gritos y sudor frío.
Esos cadáveres entre los metales de los Metros chocados que intentaban salir de su cárcel… un baño de sangre…
Apuré el paso.
Gilberto se me había adelantado unos cuantos metros, y lo vi lanzar un golpe con su patineta hacia otra persona que se acercaba a él con la mandíbula dando brincos como un perro rabioso. También lo mató.
Gilberto y yo salimos como pudimos de la estación, abriéndonos pasos a golpes y carreras entre las personas que huían despavoridas del lugar del choque.
Ahora que lo pienso, debimos habernos quedado en la estación. Al menos era un refugio en el que nos podíamos esconder sin muchos problemas.
Ya que afuera era el mismísimo infierno…