El Libro de las Almas (2)
Posted by D.S. on Marzo 25, 20095
Los últimos acontecimientos lo habían cansado. A eso de las tres de la tarde, volvió a su departamento y se acostó a dormir una siesta. Los parpados le pesaban como dos yunques agarrados a sus pies, esperando su fatigosa caída.
Despertó y se fijó la hora: cinco de la tarde. Había dormido profundamente durante dos horas. No podía creer que eso fuese posible, después de todo lo sucedido.
Se levantó, se lavó la cara y se quedó unos instantes mirándose en el espejo: ya no era el mismo de hacia un par de años atrás. Ahora estaba demacrado por la edad, y sus facciones eran las de un hombre de cuarenta. Sin embargo, su edad era la de treinta y cinco años.
Eres un viejo, anunció la voz de su mujer comprimida en su cabeza. Si quería resaltar algún defecto, su mujer siempre podía recordárselo. Pero ella era la zorra. Él siempre fue la víctima.
La victima, pensó. La victima esa mañana había sido Joe Bretsky. Y su atacante se llamaba Palancino. David Palancino.
En su memoria llegó el flash de Palancino diciendo lo siguiente:
—“Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará.”
Había llegado a la estación en cuestión de minutos. Esta vez, Palancino se encontraba esposado directamente a la silla, la cual se encontraba atornillada al suelo.
Sean fue quien entró ésta vez. Se acomodó frente a David y lo miró fijamente. El loco le clavó la mirada como un tigre mirando una cebra indefensa. Sus ojos se veían espesos, negros… como dos canicas suspendidas en una nebulosa…
—¿Qué quieres? —dijo él.
—Quiero que me des información sobre este culto —luego agregó:—. Dame nombres.
—Somos una religión, seguimos nuestras creencias.
—No pienso lo mismo —continuó Sean, tirando sobre la mesa un sobre.
Rasgó el sobre y empezó a sacar fotos.
—Éste es Samuel West. Hace doce años, tu “religión” lo mató. Creo que él está de mi lado —la foto mostraba a Samuel tirado en el suelo, completamente rojo —. Éste otro es Paul Kovacs, un detective que investigaba el caso hace doce años. ¿Adivina qué? Está muerto —pudo percatarse de la sonrisa indiscreta que escondía su antagonista—. Te resulta gracioso.
—El final está cerca —responde David.
Sean, harto de escuchar las mismas sandeces, se levanta y lo mira.
—¿Qué final? —pregunta exasperado.
David ríe con malicia. Su risa se vuelve cada vez más y más estridente hasta perforarle los oídos. Sus ojos parecen escaparse de sus cuencas cuando dice:
—¿Has visto últimamente El Libro de las Almas?
Sean mira al espejo, boquiabierto, sin creer lo que el lunático le acababa de preguntar. No puede contener toda su furia, así que emplea aquella palabra que no había usado en todos los años que llevaba de carrera:
—Hijo de puta.
6
Lo primero que hizo, una vez en la oficina, fijarse en el cajón con llave donde guardaba el libro. Estaba abierto, y su interior se encontraba vacío. Empezó a revolver en todos lados: archivos, papeles; hasta debajo del escritorio…
Pero no había nada. “El libro sangriento”, como él lo había bautizado, no estaba. Alguien había forzado el cajón y lo había sacado. Pensar en eso lo hacía poner furioso. Sintió deseos de salir corriendo y gritar por ayuda, pero nadie lo escucharía. En vez de eso, la gente lo miraría, se reiría de él y dirían: “ahí va el loco que desea ayuda”.
Se sentó en un rincón y miró a la nada, mientras con una mano se agarraba la cabeza y con la otra se mordisqueaba el pulgar.
—Lo estás haciendo de nuevo —hubiera dicho Joe.
Cerró los ojos. Oh, Joe, cuanto te necesito, pensaba en ese momento. Estaba perdiendo los estribos. Él nunca hubiera perdido los estribos en un día normal, pero ese no era un día normal. De improviso, su respiración se volvió más rápida y entrecortada.
Harto, se levantó, y dijo:
—Basta. Voy a terminar con esto.
Entró a la celda de David Palancino, y tomó a éste por la pechera, estampándolo contra la pared.
—¡¿Qué hiciste con el libro?! ¡¿Dónde lo tienes?!—preguntó mientras lo zarandeaba con fiereza. Había perdido los estribos, de eso estaba seguro.
—¡No lo sé! —soltó Palancino junto con una carcajada.
Sean no estaba seguro de por qué lo había hecho pero tiró a David, haciendo que éste volara por los aires de lo pequeño que era y chocara contra la dura pared de bloques; luego se le sentó encima.
—¡¿No lo sabes?! —Decía mientras le proporcionaba un golpe seco en la cara, rompiéndole la nariz—. ¡Ya no te parece gracioso, verdad! —Exclamó, acompañándolo de otro golpe—. ¿Verdad?
Dos guardias entraron y sacaron a Sean por las malas. Lo agarraron por los hombros y lo arrastraron hasta el final de la celda. La última vez que Sean vio a Palancino, éste no sonreía. Sino que lo miraba furioso. Una furia incontenible que expresaba en su mirada. Una mirada de muerte. Antes de que se lo llevaran, Palancino dijo:
—Ya verás, policía estúpido. Tú te irás con todos los pecadores. Mañana el mundo volverá a ser libre.
7
Ahora estaba sentado en el piso de su departamento. Había pasado toda la madrugada y parte de la noche sin dormir. Sin siquiera pegar un ojo.
¿Qué habrá querido decir con eso de “Mañana el mundo volverá a ser libre”? No tenía idea. Su mente era un torbellino de ideas. Cada vez que miraba, su departamento parecía más chico. Más pequeño. Y lo encerraba dejándolo sin aire. Pero su departamento estaba bien. Él era el loco.
Estás desquiciado, avisó la voz de su esposa.
—Cállate, Alice —dijo en voz alta.
Se levantó, y sintió que algo se le cayó del bolsillo. Era la libreta de Joe. Ahora que la veía, recordó que ni siquiera le había echado una ojeada. La tomó y empezó a examinarla. Era una pequeña libreta negra, que en la tapa tenía las iniciales “J.B.” en dorado.
Había pasado quince minutos mirando el interior de la libreta. Joe había avanzado mucho en la investigación y no le había dicho nada. Era de extrañar. Había algo, por sobretodo, que llamó su atención: los ataques se realizan cada seis años, dos meses y seis días; recién se había dado cuenta de lo que acarreaba.
—Dos meses son sesenta días —murmuró—. Triple seis.
Pero eso no era lo único. Unas páginas más adelante, advirtió algo que realmente lo alteró. Las ciudades en las que se repetía los ataques formaban un círculo perfecto. Dentro de éste, se encontraba Dead Town. En el margen de la hoja, había una dirección.
8
Volvió a la estación y escuchó atentamente las grabaciones del primer interrogatorio.
—Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará. Ni yo, ni usted ni ninguno de los que están detrás de ese espejo. ¡Nadie! El Señor regresará y consumirá nuestras almas. El mundo tal como lo conocemos se acabó. ¡Está perdido! ¡Perdido! ¡Todo éste maldito mundo pecador irá al infierno y ustedes, policías corruptos, serán los primeros! —había dicho Palancino.
Pero había algo más. Justo en el momento que Sean entró en ayuda de Joe, David dijo algo más. Algo casi inaudito.
Aisló la voz con un programa, y luego la amplificó. Y oyó algo que lo dejó petrificado; haciendo que sus pelos se erizaran:
—El demonio está en camino.
9
Había llegado a Dead Town. Algo era seguro: una vez que terminara ahí, se iría y no volvería nunca más.
El pueblo era bastante espeluznante: a penas atravesar el cartel “Bienvenidos a Dead Town”, el cielo pareció adquirir un color blanco. Los pocos edificios ahí parecían estar de hace años, y nadie parecía preocuparse. Las calles estaban desiertas; las personas permanecían encerradas en sus casas, espiando desde las ventanas…
Todo indicaba que Dead Town era un pueblo fantasma. Un pueblo muerto, como bien sugería el nombre.
—Señora, ¿sabe dónde queda ésta dirección? —le había preguntado Sean a una anciana que cargaba con las bolsas de las compras.
La mujer se fijó en el papel, entrecerrando los ojos y luego miró a Sean con temor y pánico.
—¡Aléjate de mí! —Empezó a gritar, mientras soltaba sus bolsas y echaba a correr— ¡No te me acerques!
Luego de una hora o dos, había encontrado el lugar. Era una iglesia. Una iglesia abandonada que parecía estar en ruinas. En una de las ruinas del frente, se hallaba el símbolo pintado con rojo.
—Estoy seguro que es aquí —dijo, aparcando el auto.
Entró en la iglesia.
Era alta y muy oscura, en comparación con una en buen estado. La mayoría de los vidrios estaban hechos añicos, sin contar las enredaderas que trepaban sus mohosas y sucias paredes. En el techo pudo distinguir aves y hasta murciélagos.
Sin previo aviso, se encontró deseoso de salir corriendo, de no estar allí. De estar en cualquier lugar, menos allí. Pero no aguantaba la curiosidad. Quería llegar al fondo de esto.
La curiosidad mató al gato, recordó, al tiempo que vio el reflejo de su atacante por detrás. Esquivó el golpe, sin gloria ni pena y volteó para ver aquella persona. Su cara era indefinida, gracias a la capucha que le cubría el rostro; pero llevaba de atuendo un hábito rojo hasta los pies, y en su cuello pendía un colgante dorado, con el símbolo —el mismo que llevaba Palancino— en el centro.
—Ven aquí, vamos —había dicho Sean, enfrentando a aquel tipo.
Su atacante, que llevaba un machete, no se acercó.
—Eso imaginé.
Unas manos salieron de quién-sabe-donde y agarraron a Sean por todos lados. Lo estaban arrastrando. No pudo distinguir a nadie, todos llevaban el mismo atuendo; pero estaba seguro que lo miraban. Y que hasta algunos se sonreían.
—¡Déjenme! —exclamó—. ¡Asesinos!
Alguien apretó un pañuelo contra su nariz; todo se volvió irreal y oscureció en un segundo.
10
Despertó sofocado y no se podía mover. Intentó gritar, pero no pudo. Lo habían amordazado. También lo maniataron de manos y pies. Sus ropas se encontraban tiradas a un lado. Estaba desnudo; tenía frío.
Advirtió que se encontraba dentro de un círculo dibujado con tiza. Era un círculo perfecto, aunque en su interior encerraba el famoso símbolo; justo donde Sean estaba acostado. Miró a su alrededor y ahí estaban todos ellos observándolo. Expectantes.
—¿Qué quieren? —quiso preguntar, pero lo único que salió fue: ¿E iegen?
Pudo oír una risa de uno de ellos, pero no sabía de cuál.
—¿Qué que queremos? —La voz de uno se oía fuerte—. Queremos muchas cosas, Sean. Entre esas cosas, estás tú. Pero primero, ya que no saldrás de aquí, responderemos algunas de tus preguntas —hizo un gesto con el dedo índice, y uno de ellos le sacó el pedazo de tela de su boca.
—Suéltenme, malditos hijos de…
—Calma, Sean. Calma. No nos gustar tratar con gente irrespetuosa.
Sean trató de zafarse, pero era inútil. Lo único que obtuvo fue una agotadora batalla ganada por su contrincante.
—Bien —dijo el de la voz fuerte, quien parecía ser el líder—. Ahora que has tratado de hacer algo estúpido e imposible, ¿podemos hablar?
Sean asintió.
—Seguro te estarás preguntando quién está detrás de todo… pues ¡Voilá!.
—Seguro que tú eres el líder —dijo Sean.
—No, te equivocas. Aquí no hay líderes, no hay jefes. Solo nosotros.
Sean suspiró, pensativo, y luego añadió:
—¿Qué hacían con…?
—Las denominadas víctimas —interrumpió—. Nunca fueron víctimas, Sean. Ellos se ofrecieron porque creían en nuestra causa.
—¿Qué?
—Exacto. Samuel J. West, Paul Kovacs, Samantha Norrington…
—¿Samantha Norrington…?
—La que tu y tu amigo llamaban “la embarazada”.
»Como te decía, las víctimas fueron porque quisieron. Todos y cada uno. El trabajo es fácil: agarras una persona, trazas un el símbolo sagrado en el suelo y luego pronuncias las palabras mágicas. De ahí en más, su alma es tomada y guardamos su sangre en el libro. De esa manera, obtenemos las almas.
—Eso carece de sentido. ¿Palabras mágicas? Demonios, eres más estúpido que yo.
—Voy a simular que eso no lo oí…
—¿Qué significa el símbolo sagrado, como tu lo llamas?
—Es algo con lo que nacemos unos pocos. Solo los elegidos para hacer este trabajo.
—¿Entonces por qué Samantha Norrington lo tenía?
—Era uno de nosotros. Hasta que cometió el error de tener relaciones y quedar preñada.
No podemos darnos el lujo de pecar mientras hacemos este trabajo. Ella nos pidió que la matemos, y que agreguemos su alma al libro.
Sean no podía articular palabra. Ahora todo lo demás encajaba perfectamente y tenía sentido. Pero había algo que no.
—Los ataques vienen de hace mucho tiempo atrás, ¿sus abuelos o padres también estaban involucrados?
El líder rió estridentemente, recordándole a Sean la cara de Palancino.
—Después de matar y consumir tantas almas, Sean… las personas como nosotros viven más que una normal. Cada alma que tomamos, se reparte un poco entre nosotros y el libro. El libro tiene un noventa por ciento de las almas, mientras que nosotros solo nos quedamos con un dos por ciento, cada uno.
Aquello era absurdo, pero tenía sentido.
—Entonces, ¿Cómo accedió Paul Kovacs al ritual?
—El detective Kovacs nos había descubierto. Así que le hicimos una visita. Le dijimos que si quería paz, se tenía que entregar. Le mostramos el libro y le contamos sobre nuestras creencias, y accedió. Se mostró totalmente de acuerdo con nosotros. Se había vuelto como nosotros, pero no podíamos aceptarlo ya que no era un elegido. Así que lo consumimos.
No, ese no era Paul Kovacs. ¿O sí? Sean ya no estaba seguro de nada.
—Creo que es hora de que veas nuestros rostros, ¿te parece, Sean?
Sean sonrió, impaciente. Quería ver los rostros de los culpables. El líder tiró su capucha para atrás y Sean observó el rostro que tantos años trabajó con él: Jake Smith.
—¿Jake? ¿Tú?
—Exacto, Sean. Así es. Yo saqué el libro de tu cajón y lo traje aquí. El ritual tenía que acabar. Tantos años de esfuerzo, ¿por nada? No lo creo.
Las capuchas seguían cayendo y Sean seguía mirando: la joven pareja que había descubierto el cadáver de la embaraza, David Palancino; y algo que Sean quedó petrificado, y quizá podría quedar traumado por el resto de su vida: Joe Bretsky II.
—No, no, no, no —dijo al ver su rostro.
—Sí, Sean —sonrió el hijo de Joe—. Formo parte del culto de hace solo un mes, pero me siento como un casa. Cuando Jake me descubrió, me contó para lo que había nacido. Llevo la marca como todos.
—Pero tú me diste la libreta.
—Mi padre no descubrió nada de eso, Sean. Yo lo anoté, y luego te di la libreta. Solo nos faltaba una cosa: tú.
Sean no entendía nada.
—¿Todavía no comprendes, Sean? —Preguntó Jake con una sonrisa estúpida—. Tú eres otro miembro. Has nacido para esto, como nosotros.
11
Sean acababa de comprender. Ahora recordaba dónde había visto la marca antes: en él mismo. Él la llevaba. Siempre creyó que solo era una marca de nacimiento, que no iba más allá de eso. ¿Cuántas veces se la había visto en un espejo? ¿Cuántas veces se la había tocado?
¿Cuántas veces…?, se preguntó mentalmente.
Miles, respondió su mujer.
Jake lo miró un rato, y pudo advertir que se había dado cuenta. Sonrió y dijo:
—Que empiece el ritual.
Sacó de entre sus ropas el Libro de las Almas y se dirigió al púlpito que se encontraba justo sobre la cabeza de Sean. Todos los demás lo rodearon.
—¡¿Qué me van hacer?! —exclamó desesperado.
—Eres nuestro último miembro, Sean —respondió Jake pasivo—. Eres el elegido. Serás el huésped.
—¡¿Huésped?! ¡¿De qué hablan?!
—Es un gran honor ser huésped, Sean —interrumpió Joe II—. Todos quieren serlo, pero tú fuiste el afortunado.
—Todos hagan silencio —dijo Jake de repente—. El ritual dará inicio. Belcebú estará con nosotros en minutos.
Sean entendió. Usarían su cuerpo para alojar al demonio… a Satanás… Lucifer… o bien dicho, a Belcebú…
Jake empezó a decir unas palabras desconocidas para el oído humano. Y luego los otros repitieron, como un coro de niños alegres cantando para sus padres.
—¡Basta! ¡No! ¡No!
Jake repitió las palabras, al igual que los otros. Éstas parecían tener algún poder oculto.
—¡Basta! ¡Por favor, no lo hagan!
Sean contempló el espectáculo más grande que pudo haber visto en su vida: de cada página, empezaron a desprenderse pequeñas nubes negras que emitían un gemido lastimero y doloroso.
Eran almas. Almas pecadoras. Éstas revoloteaban sobre las cabezas de los allí presentes. Sean pudo apreciar como se iban uniendo, formando una gran nube. Cada vez más y más grande. Como un torbellino de humo.
En eso, Sean pudo oír claramente las últimas palabras de Jake:
—¡Toma este cuerpo que te ofrendamos y danos paz! ¡Paz eterna! ¡Oh, poderoso señor!
Lo último que Sean vio fue el gran torbellino de humo, envolviéndolo; encerrándolo en la oscuridad eterna.
12
Un año después…
El taxi frenó en la puerta del Coffee.net a las nueve menos cinco de una mañana despejada de verano. Sean pagó el viaje y entró satisfecho a la cafetería.
En contraste con la luz del día, Coffee.net se veía como una cueva. La gente se encontraba sentada en sus mesas, desayunando y algunos leían el periódico. Sean tardó un poco para que se le acostumbrara la vista. En cuanto lo hizo, se sentó y esperó al camarero.
—¿Qué puedo servirle? —preguntó el buen hombre con libreta en mano.
—Tráigame un café doble y las noticias del día.
El hombre se retiró y al rato volvió con el periódico hecho un rollo. Se lo entregó y dijo:
—En un rato le traigo su café, señor.
Sean lo desenvolvió y miró la noticia en primera plana: “A un año de la masacre de la iglesia de Dead Town”. Sean sonríe y recuerda ese día con regocijo. Después de todo, no había sido un día tan malo.
A un año de haber encontrado doce cuerpos despedazados en la localidad de Dead Town, nos sumergimos en la investigación a fondo, rezaba la primera oración de la nota.
Pasados veinte minutos, salió a la calle, no sin antes dejarle propina al mesero. En un lado de la avenida vio a unos niños, de no más de tres años, jugando; y a sus madres detrás. Le sonrió a uno, pero éste se espanta al ver unos destellos sepia en sus ojos.
—¿Mami, viste ese hombre? —oyó al pequeño preguntarle a su madre.
—No, hijo. Déjalo en paz.
Sean siguió caminando, mientras reía. Así, sin más, empezó a reír.
La humanidad bien puede estar preparada para el fin, pensó. Pero prefería esperar y ver como la evolución seguía su curso. Al fin y al cabo duraría poco: el demonio estaba entre ellos.