Mar 25 2009

El Libro de las Almas (2)

5

Los últimos acontecimientos lo habían cansado. A eso de las tres de la tarde, volvió a su departamento y se acostó a dormir una siesta. Los parpados le pesaban como dos yunques agarrados a sus pies, esperando su fatigosa caída.

Despertó y se fijó la hora: cinco de la tarde. Había dormido profundamente durante dos horas. No podía creer que eso fuese posible, después de todo lo sucedido.

Se levantó, se lavó la cara y se quedó unos instantes mirándose en el espejo: ya no era el mismo de hacia un par de años atrás. Ahora estaba demacrado por la edad, y sus facciones eran las de un hombre de cuarenta. Sin embargo, su edad era la de treinta y cinco años.

Eres un viejo, anunció la voz de su mujer comprimida en su cabeza. Si quería resaltar algún defecto, su mujer siempre podía recordárselo. Pero ella era la zorra. Él siempre fue la víctima.

La victima, pensó. La victima esa mañana había sido Joe Bretsky. Y su atacante se llamaba Palancino. David Palancino.

En su memoria llegó el flash de Palancino diciendo lo siguiente:

—“Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará.”

 

Había llegado a la estación en cuestión de minutos. Esta vez, Palancino se encontraba esposado directamente a la silla, la cual se encontraba atornillada al suelo.

Sean fue quien entró ésta vez. Se acomodó frente a David y lo miró fijamente. El loco le clavó la mirada como un tigre mirando una cebra indefensa. Sus ojos se veían espesos, negros… como dos canicas suspendidas en una nebulosa…

—¿Qué quieres? —dijo él.

—Quiero que me des información sobre este culto —luego agregó:—. Dame nombres.

—Somos una religión, seguimos nuestras creencias.

—No pienso lo mismo —continuó Sean, tirando sobre la mesa un sobre.

Rasgó el sobre y empezó a sacar fotos.

—Éste es Samuel West. Hace doce años, tu “religión” lo mató. Creo que él está de mi lado —la foto mostraba a Samuel tirado en el suelo, completamente rojo —. Éste otro es Paul Kovacs, un detective que investigaba el caso hace doce años. ¿Adivina qué? Está muerto —pudo percatarse de la sonrisa indiscreta que escondía su antagonista—. Te resulta gracioso.

—El final está cerca —responde David.

Sean, harto de escuchar las mismas sandeces, se levanta y lo mira.

—¿Qué final? —pregunta exasperado.

David ríe con malicia. Su risa se vuelve cada vez más y más estridente hasta perforarle los oídos. Sus ojos parecen escaparse de sus cuencas cuando dice:

—¿Has visto últimamente El Libro de las Almas?

Sean mira al espejo, boquiabierto, sin creer lo que el lunático le acababa de preguntar. No puede contener toda su furia, así que emplea aquella palabra que no había usado en todos los años que llevaba de carrera:

—Hijo de puta.

 

6

Lo primero que hizo, una vez en la oficina, fijarse en el cajón con llave donde guardaba el libro. Estaba abierto, y su interior se encontraba vacío. Empezó a revolver en todos lados: archivos, papeles; hasta debajo del escritorio…

Pero no había nada. “El libro sangriento”, como él lo había bautizado, no estaba. Alguien había forzado el cajón y lo había sacado. Pensar en eso lo hacía poner furioso. Sintió deseos de salir corriendo y gritar por ayuda, pero nadie lo escucharía. En vez de eso, la gente lo miraría, se reiría de él y dirían: “ahí va el loco que desea ayuda”.

Se sentó en un rincón y miró a la nada, mientras con una mano se agarraba la cabeza y con la otra se mordisqueaba el pulgar.

—Lo estás haciendo de nuevo —hubiera dicho Joe.

Cerró los ojos. Oh, Joe, cuanto te necesito, pensaba en ese momento. Estaba perdiendo los estribos. Él nunca hubiera perdido los estribos en un día normal, pero ese no era un día normal. De improviso, su respiración se volvió más rápida y entrecortada.

Harto, se levantó, y dijo:

—Basta. Voy a terminar con esto.

 

Entró a la celda de David Palancino, y tomó a éste por la pechera, estampándolo contra la pared.

—¡¿Qué hiciste con el libro?! ¡¿Dónde lo tienes?!—preguntó mientras lo zarandeaba con fiereza. Había perdido los estribos, de eso estaba seguro.

—¡No lo sé! —soltó Palancino junto con una carcajada.

Sean no estaba seguro de por qué lo había hecho pero tiró a David, haciendo que éste volara por los aires de lo pequeño que era y chocara contra la dura pared de bloques; luego se le sentó encima.

—¡¿No lo sabes?! —Decía mientras le proporcionaba un golpe seco en la cara, rompiéndole la nariz—. ¡Ya no te parece gracioso, verdad! —Exclamó, acompañándolo de otro golpe—. ¿Verdad?

Dos guardias entraron y sacaron a Sean por las malas. Lo agarraron por los hombros y lo arrastraron hasta el final de la celda. La última vez que Sean vio a Palancino, éste no sonreía. Sino que lo miraba furioso. Una furia incontenible que expresaba en su mirada. Una mirada de muerte. Antes de que se lo llevaran, Palancino dijo:

—Ya verás, policía estúpido. Tú te irás con todos los pecadores. Mañana el mundo volverá a ser libre.

 

7

Ahora estaba sentado en el piso de su departamento. Había pasado toda la madrugada y parte de la noche sin dormir. Sin siquiera pegar un ojo.

¿Qué habrá querido decir con eso de “Mañana el mundo volverá a ser libre”? No tenía idea. Su mente era un torbellino de ideas. Cada vez que miraba, su departamento parecía más chico. Más pequeño. Y lo encerraba dejándolo sin aire. Pero su departamento estaba bien. Él era el loco.

Estás desquiciado, avisó la voz de su esposa.

—Cállate, Alice —dijo en voz alta.

Se levantó, y sintió que algo se le cayó del bolsillo. Era la libreta de Joe. Ahora que la veía, recordó que ni siquiera le había echado una ojeada. La tomó y empezó a examinarla. Era una pequeña libreta negra, que en la tapa tenía las iniciales “J.B.” en dorado.

Había pasado quince minutos mirando el interior de la libreta. Joe había avanzado mucho en la investigación y no le había dicho nada. Era de extrañar. Había algo, por sobretodo, que llamó su atención: los ataques se realizan cada seis años, dos meses y seis días; recién se había dado cuenta de lo que acarreaba.

—Dos meses son sesenta días —murmuró—. Triple seis.

Pero eso no era lo único. Unas páginas más adelante, advirtió algo que realmente lo alteró. Las ciudades en las que se repetía los ataques formaban un círculo perfecto. Dentro de éste, se encontraba Dead Town. En el margen de la hoja, había una dirección.

 

8

Volvió a la estación y escuchó atentamente las grabaciones del primer interrogatorio.

—Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará. Ni yo, ni usted ni ninguno de los que están detrás de ese espejo. ¡Nadie! El Señor regresará y consumirá nuestras almas. El mundo tal como lo conocemos se acabó. ¡Está perdido! ¡Perdido! ¡Todo éste maldito mundo pecador irá al infierno y ustedes, policías corruptos, serán los primeros! —había dicho Palancino.

Pero había algo más. Justo en el momento que Sean entró en ayuda de Joe, David dijo algo más. Algo casi inaudito.

Aisló la voz con un programa, y luego la amplificó. Y oyó algo que lo dejó petrificado; haciendo que sus pelos se erizaran:

—El demonio está en camino.

 

9

Había llegado a Dead Town. Algo era seguro: una vez que terminara ahí, se iría y no volvería nunca más.

El pueblo era bastante espeluznante: a penas atravesar el cartel “Bienvenidos a Dead Town”, el cielo pareció adquirir un color blanco. Los pocos edificios ahí parecían estar de hace años, y nadie parecía preocuparse. Las calles estaban desiertas; las personas permanecían encerradas en sus casas, espiando desde las ventanas…

Todo indicaba que Dead Town era un pueblo fantasma. Un pueblo muerto, como bien sugería el nombre.

—Señora, ¿sabe dónde queda ésta dirección? —le había preguntado Sean a una anciana que cargaba con las bolsas de las compras.

La mujer se fijó en el papel, entrecerrando los ojos y luego miró a Sean con temor y pánico.

—¡Aléjate de mí! —Empezó a gritar, mientras soltaba sus bolsas y echaba a correr— ¡No te me acerques!

 

Luego de una hora o dos, había encontrado el lugar. Era una iglesia. Una iglesia abandonada que parecía estar en ruinas. En una de las ruinas del frente, se hallaba el símbolo pintado con rojo.

—Estoy seguro que es aquí —dijo, aparcando el auto.

Entró en la iglesia.

Era alta y muy oscura, en comparación con una en buen estado. La mayoría de los vidrios estaban hechos añicos, sin contar las enredaderas que trepaban sus mohosas y sucias paredes. En el techo pudo distinguir aves y hasta murciélagos.

Sin previo aviso, se encontró deseoso de salir corriendo, de no estar allí. De estar en cualquier lugar, menos allí. Pero no aguantaba la curiosidad. Quería llegar al fondo de esto.

La curiosidad mató al gato, recordó, al tiempo que vio el reflejo de su atacante por detrás. Esquivó el golpe, sin gloria ni pena y volteó para ver aquella persona. Su cara era indefinida, gracias a la capucha que le cubría el rostro; pero llevaba de atuendo un hábito rojo hasta los pies, y en su cuello pendía un colgante dorado, con el símbolo —el mismo que llevaba Palancino— en el centro.

—Ven aquí, vamos —había dicho Sean, enfrentando a aquel tipo.

Su atacante, que llevaba un machete, no se acercó.

—Eso imaginé.

Unas manos salieron de quién-sabe-donde y agarraron a Sean por todos lados. Lo estaban arrastrando. No pudo distinguir a nadie, todos llevaban el mismo atuendo; pero estaba seguro que lo miraban. Y que hasta algunos se sonreían.

—¡Déjenme! —exclamó—. ¡Asesinos!

Alguien apretó un pañuelo contra su nariz; todo se volvió irreal y oscureció en un segundo.

 

10

Despertó sofocado y no se podía mover. Intentó gritar, pero no pudo. Lo habían amordazado. También lo maniataron de manos y pies. Sus ropas se encontraban tiradas a un lado. Estaba desnudo; tenía frío.

Advirtió que se encontraba dentro de un círculo dibujado con tiza. Era un círculo perfecto, aunque en su interior encerraba el famoso símbolo; justo donde Sean estaba acostado. Miró a su alrededor y ahí estaban todos ellos observándolo. Expectantes.

—¿Qué quieren? —quiso preguntar, pero lo único que salió fue: ¿E iegen?

Pudo oír una risa de uno de ellos, pero no sabía de cuál.

—¿Qué que queremos? —La voz de uno se oía fuerte—. Queremos muchas cosas, Sean. Entre esas cosas, estás tú. Pero primero, ya que no saldrás de aquí, responderemos algunas de tus preguntas —hizo un gesto con el dedo índice, y uno de ellos le sacó el pedazo de tela de su boca.

—Suéltenme, malditos hijos de…

—Calma, Sean. Calma. No nos gustar tratar con gente irrespetuosa.

Sean trató de zafarse, pero era inútil. Lo único que obtuvo fue una agotadora batalla ganada por su contrincante.

—Bien —dijo el de la voz fuerte, quien parecía ser el líder—. Ahora que has tratado de hacer algo estúpido e imposible, ¿podemos hablar?

Sean asintió.

—Seguro te estarás preguntando quién está detrás de todo… pues ¡Voilá!.

—Seguro que tú eres el líder —dijo Sean.

—No, te equivocas. Aquí no hay líderes, no hay jefes. Solo nosotros.

Sean suspiró, pensativo, y luego añadió:

—¿Qué hacían con…?

—Las denominadas víctimas —interrumpió—. Nunca fueron víctimas, Sean. Ellos se ofrecieron porque creían en nuestra causa.

—¿Qué?

—Exacto. Samuel J. West, Paul Kovacs, Samantha Norrington…

—¿Samantha Norrington…?

—La que tu y tu amigo llamaban “la embarazada”.

»Como te decía, las víctimas fueron porque quisieron. Todos y cada uno. El trabajo es fácil: agarras una persona, trazas un el símbolo sagrado en el suelo y luego pronuncias las palabras mágicas. De ahí en más, su alma es tomada y guardamos su sangre en el libro. De esa manera, obtenemos las almas.

—Eso carece de sentido. ¿Palabras mágicas? Demonios, eres más estúpido que yo.

—Voy a simular que eso no lo oí…

—¿Qué significa el símbolo sagrado, como tu lo llamas?

—Es algo con lo que nacemos unos pocos. Solo los elegidos para hacer este trabajo.

—¿Entonces por qué Samantha Norrington lo tenía?

—Era uno de nosotros. Hasta que cometió el error de tener relaciones y quedar preñada.

No podemos darnos el lujo de pecar mientras hacemos este trabajo. Ella nos pidió que la matemos, y que agreguemos su alma al libro.

            Sean no podía articular palabra. Ahora todo lo demás encajaba perfectamente y tenía sentido. Pero había algo que no.

            —Los ataques vienen de hace mucho tiempo atrás, ¿sus abuelos o padres también estaban involucrados?

            El líder rió estridentemente, recordándole a Sean la cara de Palancino.

            —Después de matar y consumir tantas almas, Sean… las personas como nosotros viven más que una normal. Cada alma que tomamos, se reparte un poco entre nosotros y el libro. El libro tiene un noventa por ciento de las almas, mientras que nosotros solo nos quedamos con un dos por ciento, cada uno.

            Aquello era absurdo, pero tenía sentido.

            —Entonces, ¿Cómo accedió Paul Kovacs al ritual?

            —El detective Kovacs nos había descubierto. Así que le hicimos una visita. Le dijimos que si quería paz, se tenía que entregar. Le mostramos el libro y le contamos sobre nuestras creencias, y accedió. Se mostró totalmente de acuerdo con nosotros. Se había vuelto como nosotros, pero no podíamos aceptarlo ya que no era un elegido. Así que lo consumimos.

            No, ese no era Paul Kovacs. ¿O sí? Sean ya no estaba seguro de nada.

            —Creo que es hora de que veas nuestros rostros, ¿te parece, Sean?

            Sean sonrió, impaciente. Quería ver los rostros de los culpables. El líder tiró su capucha para atrás y Sean observó el rostro que tantos años trabajó con él: Jake Smith.

            —¿Jake? ¿Tú?

            —Exacto, Sean. Así es. Yo saqué el libro de tu cajón y lo traje aquí. El ritual tenía que acabar. Tantos años de esfuerzo, ¿por nada? No lo creo.

            Las capuchas seguían cayendo y Sean seguía mirando: la joven pareja que había descubierto el cadáver de la embaraza, David Palancino; y algo que Sean quedó petrificado, y quizá podría quedar traumado por el resto de su vida: Joe Bretsky II.

            —No, no, no, no —dijo al ver su rostro.

            —Sí, Sean —sonrió el hijo de Joe—. Formo parte del culto de hace solo un mes, pero me siento como un casa. Cuando Jake me descubrió, me contó para lo que había nacido. Llevo la marca como todos.

            —Pero tú me diste la libreta.

            —Mi padre no descubrió nada de eso, Sean. Yo lo anoté, y luego te di la libreta. Solo nos faltaba una cosa: tú.

            Sean no entendía nada.

            —¿Todavía no comprendes, Sean? —Preguntó Jake con una sonrisa estúpida—. Tú eres otro miembro. Has nacido para esto, como nosotros.

 

11

            Sean acababa de comprender. Ahora recordaba dónde había visto la marca antes: en él mismo. Él la llevaba. Siempre creyó que solo era una marca de nacimiento, que no iba más allá de eso. ¿Cuántas veces se la había visto en un espejo? ¿Cuántas veces se la había tocado?

            ¿Cuántas veces…?, se preguntó mentalmente.

            Miles, respondió su mujer.

            Jake lo miró un rato, y pudo advertir que se había dado cuenta. Sonrió y dijo:

            —Que empiece el ritual.

            Sacó de entre sus ropas el Libro de las Almas y se dirigió al púlpito que se encontraba justo sobre la cabeza de Sean. Todos los demás lo rodearon.

            —¡¿Qué me van hacer?! —exclamó desesperado.

            —Eres nuestro último miembro, Sean —respondió Jake pasivo—. Eres el elegido. Serás el huésped.

            —¡¿Huésped?! ¡¿De qué hablan?!

            —Es un gran honor ser huésped, Sean —interrumpió Joe II—. Todos quieren serlo, pero tú fuiste el afortunado.

            —Todos hagan silencio —dijo Jake de repente—. El ritual dará inicio. Belcebú estará con nosotros en minutos.

            Sean entendió. Usarían su cuerpo para alojar al demonio… a Satanás… Lucifer… o bien dicho, a Belcebú…

            Jake empezó a decir unas palabras desconocidas para el oído humano. Y luego los otros repitieron, como un coro de niños alegres cantando para sus padres.

            —¡Basta! ¡No! ¡No!

            Jake repitió las palabras, al igual que los otros. Éstas parecían tener algún poder oculto.

            —¡Basta! ¡Por favor, no lo hagan!

            Sean contempló el espectáculo más grande que pudo haber visto en su vida: de cada página, empezaron a desprenderse pequeñas nubes negras que emitían un gemido lastimero y doloroso.

Eran almas. Almas pecadoras. Éstas revoloteaban sobre las cabezas de los allí presentes. Sean pudo apreciar como se iban uniendo, formando una gran nube. Cada vez más y más grande. Como un torbellino de humo.

En eso, Sean pudo oír claramente las últimas palabras de Jake:

            —¡Toma este cuerpo que te ofrendamos y danos paz! ¡Paz eterna! ¡Oh, poderoso señor!

            Lo último que Sean vio fue el gran torbellino de humo, envolviéndolo; encerrándolo en la oscuridad eterna.

 

12

            Un año después…

            El taxi frenó en la puerta del Coffee.net a las nueve menos cinco de una mañana despejada de verano. Sean pagó el viaje y entró satisfecho a la cafetería.

            En contraste con la luz del día, Coffee.net se veía como una cueva. La gente se encontraba sentada en sus mesas, desayunando y algunos leían el periódico. Sean tardó un poco para que se le acostumbrara la vista. En cuanto lo hizo, se sentó y esperó al camarero.

            —¿Qué puedo servirle? —preguntó el buen hombre con libreta en mano.

            —Tráigame un café doble y las noticias del día.

            El hombre se retiró y al rato volvió con el periódico hecho un rollo. Se lo entregó y dijo:

            —En un rato le traigo su café, señor.

            Sean lo desenvolvió y miró la noticia en primera plana: “A un año de la masacre de la iglesia de Dead Town”. Sean sonríe y recuerda ese día con regocijo. Después de todo, no había sido un día tan malo.

            A un año de haber encontrado doce cuerpos despedazados en la localidad de Dead Town, nos sumergimos en la investigación a fondo, rezaba la primera oración de la nota.

           

            Pasados veinte minutos, salió a la calle, no sin antes dejarle propina al mesero. En un lado de la avenida vio a unos niños, de no más de tres años, jugando; y a sus madres detrás. Le sonrió a uno, pero éste se espanta al ver unos destellos sepia en sus ojos.

            —¿Mami, viste ese hombre? —oyó al pequeño preguntarle a su madre.

            —No, hijo. Déjalo en paz.

            Sean siguió caminando, mientras reía. Así, sin más, empezó a reír.

            La humanidad bien puede estar preparada para el fin, pensó. Pero prefería esperar y ver como la evolución seguía su curso. Al fin y al cabo duraría poco: el demonio estaba entre ellos.


Mar 25 2009

El Libro de las Almas (1)

El Libro de las Almas

Por Alexis Solia

 

1

Diario de Paul Kovacs. 18 de marzo, 1994:

Hace una semana empezaron los ataques. Son incesantes. Esta semana apareció el guardia del cementerio. Su nombre era Samuel J. West.

 Tenía familia: dos hijos y su esposa. Encontramos su cuerpo justo en la salida. No tenía signos de haberse resistido, ni de golpes, ni de ningún daño permanente. Estaba limpio. Sin embargo, el color de su piel parecía el de un rosbif sin cocinarse lo suficiente.

Era como si alguien le hubiera arrancado la piel, dejándolo en carne viva. Ninguna persona coherente podría hacer eso.

En los casos anteriores pasó exactamente lo mismo. No tengo la seguridad de qué es lo que está pasando, pero sea lo que sea, lo descubriré. Esta ciudad es mía y yo soy su protector.

 

 

16 de mayo, 1994:

            Creo que he descubierto la clave. Todos los ataques son de noche, sin embargo son solo las noches de luna llena. Desde la última vez que escribí ha habido un ataque por cada luna llena. Eso me acerca más al protagonista de los hechos: un psicópata obsesionado con la astrología.

Pienso descubrir al lunático con las manos en la masa. Quizá ahora no, pero posiblemente más adelante.  Si tengo que proteger la ciudad, lo haré ya sea por las buenas como por las malas.

 

 

21 de agosto, 1994:

            Extraño a mi esposa. Estos últimos meses solo he hablado con ella cinco veces. Está enojada, lo sé.

Este caso me está absorbiendo. No puedo más. Mañana lo dejaré, y volveré a mi casa. Ella piensa que la estoy abandonando. No es así. La extraño.

 

 

30 de noviembre, 1994:

            He descubierto cosas nuevas. No lo escribiré, por miedo a que lo lean, pero tengo esperanzas. Al fin  he descubierto el caso (al menos eso creo). Todo estaba suelto. Mañana llamaré a mi esposa y le contaré lo sucedido. Por fin, las cosas están marchando bien.

 

 

05 de diciembre, 1994:

            Están detrás de mí. Tarde o temprano me van a agarrar. He tratado de irme de la ciudad, pero ellos saben que yo sé y lo evitan. No puedo irme de este pueblo maldito. Pueden hacerse pasar por cualquier persona, lo acabo de averiguar.

            La primera vez en mi vida que tengo miedo.

 

 

Matheson Town. 12 años después.

Sean Raver cerró el diario. Las siguientes páginas estaban en blanco. A excepción de la ultima, que llevaba un manchón de sangre negra. Cruzó el vestíbulo y se dirigió donde su compañero.

Joe Bretsky, alto y canoso, parecía sudar como un puerco. Estaba apoyado contra el capó del automóvil. Cuando Sean apareció por la puerta, no pudo evitar sonreír. No era una sonrisa de gracia, sino más bien de mal augurio.

—Pensé que no saldrías más —dijo.

—Había que leer —bromeó Sean, luego agregó: —No me digas: otro más.

—Bien hecho. Te sacaste el premio mayor.

Subieron ambos al auto y arrancaron cuesta abajo.

 

Esta vez era una mujer, y estaba embarazada. No tendría más de seis meses. Su cuerpo estaba cocido. El olor era repugnante.

            Una pareja la había encontrado tan solo hacía una hora, mientras llevaban su caminata matutina por la carretera. El cuerpo estaba tirado en un zanjón.

            —¿Algo más para decir? —preguntó Joe con libreta en mano.

            —Sí —respondió el muchacho—. Cuando la encontramos tenía una marca en la nuca.

            Joe se asomó y levantó la cabeza del cadáver. No había marcas.

            —Yo no veo nada, niño.

            —Yo también las vi —irrumpió la chica—. Eran como varios triángulos.

            Sean investigó el cadáver. El agua podrida pudo haber borrado cualquier cosa. Los dos jóvenes podían verse sospechosos pero solo eran eso: dos jóvenes.

            —Muy bien —decía Joe, haciendo las últimas anotaciones—. Mi compañero aquí presente los llevará a la estación de policía para que hagan la declaración. Johnny, hazme el favor.

            Sean les abrió la puerta a los dos jóvenes y luego subió él.

 

La vida de Sean había cambiado drásticamente en los últimos años. Sobretodo con este nuevo caso que se volvía a repetir. Había sucedido hacia doce años atrás y ahora de nuevo. Pero eso no le molestaba. Lo que más le molestaba era su mujer.

            La zorra, pensaba él. Desde que la había encontrado en la cama con otro no se detenía a pensar en otra cosa. Lo peor de esto es que todavía seguían juntos.

            Sean era un tipo alto, rubio y bien parecido. Pero no por eso su esposa lo iba a amar, era claro. Sin embargo, cada vez que la veía sentía un dejo de desprecio, pero al mismo tiempo de cariño. Y eso era lo que a él más le dolía.

            —¡Señor! —Exclamó el muchacho desde atrás—. Creo que se pasó. Tuvo que detenerse hace dos cuadras.

            —Lo siento —dijo Sean, virando a la izquierda.

            ¿Acaso no puedes pensar en otra cosa, Sean Raver?, se dijo a si mismo.

            Claro que no puedes, respondió otra voz en su cabeza. Era la voz de su mujer.

 

2

Joe volvió horas más tarde y tiró un libro sobre el escritorio. Era un libro con una encuadernación de cuero negra. Tenía un olor repulsivo.

Sean lo ojeó y se fijó que las primeras páginas eran negras, para luego volverse bordo; y al final rojas.

—Parece que a alguien se le volcó la tinta —bromeó.

—Es sangre, Johnny —dijo Joe, con el tono más serio que podía emplear.

Sean soltó el libro y saltó de su silla. Su cara se volvió blanca en cuestión de segundos. Sintió como la saliva se acumulaba en su garganta para dar lugar al siguiente acto: vomitar.

—¿Qué clase de… —por un momento se cerró su garganta, como si se hubiera hinchado—…animal haría una cosa como esa?

—No sé —respondió Joe—. Pero sea quien sea este infeliz lo atraparemos.

—¿Dónde lo encontraron?

—Investigamos la zona y estaba a unos pasos más del cadáver, entre las hierbas. Parece que a alguien se le cayó.

Joe miró el libro en sus manos con detenimiento. Luego levantó la vista y se fijó que Sean se masticaba la punta del pulgar.

—Lo estas haciendo de nuevo —dijo de manera paciente.

Sean se sacó el dedo y lo secó con la manga. Su compañero se paseó de un lado a otro y permaneció con la cabeza gacha. Pensaba.

—Ésta sangre debe de tener meses. Quizá años.

Aquel breve comentario bastó para que Sean sacara la cabeza por la ventana y lanzará hasta las tripas.

 

Estaba sentado en su oficina. Si había algo que podía caracterizarla era la oscuridad que reinaba en ella. Pero no solo la oscuridad. Era un conjunto de cosas: papeles desordenados por donde se los mire, olor a humedad…

Su escritorio lo encerraba contra un rincón, dejando paso a la ventana. Aquella ventana que miraba cada vez que se sentía abandonado. Como si fuese la porquería de la ciudad.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Joe.

Sean no se percató de su presencia hasta escuchar su voz.

—Si, un poco —respondió.

—Bien. Acompáñame.

Sean lo siguió hasta el final del pasillo. Una vez ahí, doblaron a la derecha y entraron por una puerta hasta un espacio limitado. Era una habitación ovalada, que en el centro tenía un lujoso escritorio con una computadora. Las paredes parecían estar forradas de archivos.

Detrás del escritorio estaba Jake Smith, un hombre bajo de estatura, con unas gafas gruesas que aparentaban una explosión ocular en cualquier momento; sin contar su falta de cabello. Describir una persona así podría hacerse en cinco palabras: el “cerebro” de la estación.

—Hola, Sean —saludó Jake.

Sean asintió y estiró su mano. Ambos se dieron un apretón y continuaron.

—¿Qué es lo que tienes? —preguntó él.

—Los ataques no son de hace doce años.

—¿Qué quieres decir?

—De doce años son los únicos registros que encontramos: el diario de Paul Kovacs. Pero los ataques vienen de hace mucho tiempo.

»Empezaron hace treinta años. En el año 1976. Pero no se dan todos los años. Los ataques se repiten cada seis años, dos meses y seis días. Permanecen por un año, pero no los 365 días de éste, solo los de luna llena. Las victimas tienden a desaparecer por un tiempo —un día, quizá una semana— y luego aparecen en carne viva. Es como si las pusieran sobre una freidora gigante y las mandaran en aceita a cocinarlas. Aquí hay algo que cabe destacar: no siempre son en las mismas ciudades. Por lo general van rotando: Asimov City, Poe Village…

—Espera un segundo —interrumpió Joe—. ¿Qué es todo eso de los ataques, al fin y al cabo?

—Parece algún tipo de… ritual satánico.

—¡Patrañas! —bufó antes de salir.

Sean le siguió.

—Podríamos tomarlo en cuenta, Joe.

—Olvídalo. El estúpido de Jake nunca me cayó bien.

 

3

Sean llegó a su casa rondando la medianoche. Estaba exhausto.

Se recostó en su cama pensando en una cosa: Rituales satánicos. Rió entre dientes, pero la idea lo aterrorizaba. Pensar que había gente que hacía todo ese tipo de porquerías.

Que idea loca, pensó.

Pero real, contraatacó la voz de su mujer.

Durante toda esa noche, Sean soñó con demonios, personas vistiendo raro; portando antorchas.

 

La mañana siguiente entró en la estación con las ojeras que parecían dos pozos. Dos grandes pozos hundidos en sus ojos.

Joe lo estaba esperando en la entrada. Se aproximó y lo saludó:

—¿Qué tal? —dijo con su tan conocido tono.

—No muy bien, Joe. Cansado —respondió él con una voz áspera.

—Apenas entraste lo noté, Johnny. Pero bueno, es momento de que te pongas feliz.

—Tienen que ser grandes noticias. Gigantes.

—Las son, las son. Sígueme.

Joe guió a Sean hasta la sala de interrogatorios.

 

Un tal David Palancino esperaba sentado del otro lado del cristal. Estaba esposado y miraba fijamente al espejo. Detrás del espejo estaban Joe y Sean.

—¿Quién es éste? —preguntó Sean, incrédulo.

—El premio mayor —respondió su compañero—: su nombre es David Palancino. Parece que el maldito es parte de la secta que estamos buscando.

—Pensé que no creías en eso.

—La gente cambia rápidamente, Johnny. En fin, este infeliz que ves aquí trabaja en un taller mecánico. Tiene varios antecedentes. Lleva una marca en la nuca, similar a la de la embarazada.

Joe levantó una hoja y la sostuvo frente la cara de Sean. Éste la tomó y miró.

El símbolo era un triangulo invertido, y en sus dos extremos superiores habían otros dos triángulos más pequeños y alargados —simulando algún tipo de cuerno—. Por algún motivo, Sean lo reconocía de algún lugar —previo a la embarazada— pero no sabía de dónde.

—¿Quién entrará? —preguntó al fin.

—Yo lo haré. Procura que no intente nada malo —bromeó Joe.

Su compañero entró mientras Sean miraba fijamente al loco. Éste lo sonrió. Era como si lo pudiera ver, cosa que era imposible.

—Prepárense —advirtió Sean a su equipo, detrás de él.

Joe se sentó frente a David. El tipo realmente metía miedo: era bajo para su edad, pero su mirada era penetrante y siniestra como la de una víbora que está a punto de atacar a su presa.

—Me dijeron que formas parte de un culto —cuestionó Joe.

El tipo asintió.

—¿Eres miembro de hace mucho tiempo?

Asintió de nuevo.

Sean sintió un escalofrío. Algo realmente perturbador iba a suceder.

—¿Sabes qué es esto? —Joe tiró sobre la mesa el “libro sangriento”, como Sean lo recordaba.

David sonrió, asintió y luego dijo:

—El Libro de las Almas.

Joe se levantó, y empezó a pasearse de un lado a otro, con la mirada clavada constantemente en David.

—¿Puedes explicarme qué hace “El Libro de las Almas”?

—Está manchado con la sangre de 666 personas que han pecado a lo largo de su vida —Sonrió y agregó—: Mañana a la noche será el gran día. Nadie se salvará. Ni yo, ni usted ni ninguno de los que están detrás de ese espejo —En ese momento se irguió, y las venas de su frente se marcaron como los rayos de una tormenta eléctrica, mientras su tono de voz subía cada vez más— ¡Nadie! El Señor regresará y consumirá nuestras almas. El mundo tal como lo conocemos se acabó. ¡Está perdido! ¡Perdido! ¡Todo éste maldito mundo pecador irá al infierno y ustedes, policías corruptos, serán los primeros!…

—¡Basta! —Exclamó Joe, propinándole un empujón; logrando que se siente—. Discúlpame muchachito si estoy equivocado, pero nadie me llama corrupto. Ni siquiera tú.

David se sonrió y luego agregó:

—Acérquese. Sé algo que podía interesarle.

Joe miró al espejo.

Sean del otro lado negó con la cabeza. No te acerques, Joe, no seas idiota, decía su voz interior.

Joe miró a David, quien mantenía una mirada psicópata, seguida, más abajo; de una sonrisa asesina.

En cuanto se inclinó solo un poco, lo demás era como verlo en cámara lenta: Palancino se levantó rápido y le proporcionó una mordida a Joe en la yugular. Sean pudo ver como sus dientes se zambulleron y desaparecieron en el cuello de su compañero, para ceder paso a un chorro de sangre incesante. Su compañero cayó en el suelo, con su mano sosteniendo el cuello. Aquel cuello que parecía que se quebraría en cualquier instante.

Sean entró corriendo, juntos con otros, en ayuda de su amigo, el buen Joe. Tomó la cabeza de éste, mientras las lágrimas escurrían de sus ojos.

—Johnny —fueron las últimas palabras de Joe Bretsky.

Ahora yacía frío e inerte en el suelo. Sean levantó la vista y pudo ver a David —siendo contenido por dos oficiales— sonriendo y relamiéndose.

 

4

Al instante llegó la ambulancia, prediciendo lo peor:

—Joe Bretsky está muerto. Es imposible detener la hemorragia. Es justo en la artería —anunció el médico.

Aquellas palabras taladraron la mente de Sean como un tiro en la oscuridad: estaba, lo oyó, pero no le dolió. No entendía qué era lo que sucedía. ¿Dónde estaba su amigo? Muerto, pero no lo creía. No creía porque no quería. No había caído en la cuenta de que nunca, nunca jamás volvería a ver a Joe. Nunca jamás volvería a oír a Joe. Nunca más nadie volvería a llamarlo “Johnny” como él solía hacerlo.

Johnny, pensó. Su primer día en la estación, Joe lo llamó “Johnny”.

—Mi nombre es Sean, quiero que me digan así —le advirtió.

Joe sonrió y luego dijo:

—Eres un compañero, mi amigo. De ahora en más para mí serás Johnny.

Sean sonrió aquel día, y no le dijo nada más. Nunca hubiera pensado que se habría apegado tanto a su compañero. A su amigo. Porque después de todo Joe era eso para él.

Marvin, un tipo rechoncho de pelo corto, se sentó junto a Sean. Joe había sido su amigo también.

—Alguien tiene que avisarles a los familiares —dijo.

—Ya lo sé —continuó Sean—. Yo lo haré.

—No puedo…

—Sí que puedes, Marvin. Por favor, déjame hacerlo a mí.

Marvin le entregó las llaves del vehículo.

—Hazlo con cuidado —advirtió.

 

Estas cosas son las que odio de mi trabajo, pensaba mientras sacaba las llaves del auto.

No pudo evitar sonreír al ver la casa de Joe. Poseía un color celeste inconfundible —podría fundirse con el cielo, de no ser que ese día estaba blanco y nublado—, y tenía un porche un poco abandonado, aunque simpático; en el frente, un árbol gigante parecía contemplar la calle.

Subió los escalones de madera y golpeó la puerta tres veces. Enseguida pudo oír unos pasos gracias a la madera que parecía quejarse constantemente: cruck, cruck, cruck…

La puerta se abrió revelando a una chica muy joven. Sean supuso que sería la hija de Joe. Masticaba un chicle sutilmente, y sonrió de manera sarcástica.

—¿Si? —dijo.

—¿Dónde está tu madre?

Sean pudo vislumbrar a lo lejos, a través del vidrio nacarado, una figura esbelta que miraba atentamente.

—Señora Bretsky —llamó.

La mujer se aproximó y Sean pudo ver su cara: era escuálida y tenía unos ojos verdes brillosos. Su cabello parecía flotar en el aire por la manera de su peinado. Y aquel rostro parecía una calavera recubierta de piel.

—¿Quién es usted y que quiere? —espetó ésta—. Ve adentro Kathlyn.

Kathlyn le echó una última mirada a Sean y en un susurro comentó:

—Te metiste en problemas, mi amigo.

Él no puedo evitar sonreírse un poco. El mismo humor de su padre.

—Señora Bretsky, vengo a traerle noticias de su marido.

La mujer lo miró de arriba abajo.

—Pase.

 

Sean se sentó en el sofá de la sala y empezó a mirar a su alrededor. La casa de Joe era más cálida en su interioro. En ese momento, la Sra. Bretsky entró con una bandeja de plata, llevando dos tazas de café y unas galletas.

—Señora Bretsky, no aguanto más —dijo levantándose.

—¿Qué sucede, Sr. Raver?

—Siéntese, por favor —la mujer se aplastó contra el sofá—. Como sabe, Joe, su esposo, estaba trabajando en un caso muy importante…

—Claro. Si no ha dejado de hablar de eso toda la semana.

—Bien. Hoy atrapamos a un sospechoso del mismo y a Joe le tocó interrogarlo. Cuando entró…

—Vaya al grano —graznó ella, viendo lo que se avecinaba.

—El tipo que interrogó, en un momento dado, mordió a Joe en la yugular. Joe se desangró.

La mujer se lo quedó mirando, sin comprender aún.

—Joe murió —terminó Sean.

 

Durante una hora, Sean se quedó consolando a la mujer de su mejor amigo. A los veinte minutos de la noticia, los hijos entraron en acción.

—¿Qué sucede? —preguntó Kathlyn, al ver llorar a su madre, en lo que ésta estalló en mil palabras entre las que se pudo distinguir: “tu padre” y “muerto”.

Ahí cayó la chica. El chico, en cambio, como buen hombre de familia, se ahorró sus lágrimas y le dio a Sean la libreta que su padre llevaba a todos lados.

Habiendo salido de ahí, subió al auto y se fue. No soportaba más ver esa escena. Después de todo había sido una mala idea.