Jul 18 2009

Sueño Oscuro (10, 11, 12 y13) [Final]

10

            Cale se acercó a la prominente puerta rocosa —aquella puerta oscura que parecía llevar al mismísimo infierno—, y apoyó una de sus pequeñas manos en la áspera roca, lo que produjo un instantáneo chillido, proveniente de detrás de la pared. El niño se alejo, colocándose al lado de Mercedes, y, lentamente, la puerta comenzó a abrirse. Una figura, acompañada con humo, emergió de la puerta, cada vez mas abierta, y por un momento, Mercedes creyó que aquel hombre alto, vestido de manera elegante, con un traje negro, como si fuera un ejecutivo de máxima importancia, no era otro que su querido Iván. Pero en cuanto la niebla emergente de la puerta se disipo, revelando que, al otro lado de ésta solo había una potente luz azul que cegaba cualquier otro contenido, el rostro de aquel ser se hizo más visible.

            No era Iván. Pero tenía un rostro áspero pero seductivo a la vez, con su pelo negro engominado hacia atrás, y su piel algo erosionada por el paso del tiempo. Sus ojos eran lo mas llamativo. Brillaban en un verde oscuro, como si fueran pequeñas bombitas de luz, al igual que los de Cale.

            —Vaya, Vaya —dijo el hombre, con un extraño acento en su hablar, observando Cale con intensidad—. ¿Qué te trae por aquí, mi pequeño necromanger?

            —Requiero ver a uno de los perdidos, si pudiera ser —contestó Cale amablemente, inclinando su cabeza y cuerpo, como si estuviera ante una eminencia.

            —¿Tu lo necesitas o es acaso esta zorra que has traído contigo? —sonrió el hombre, observando por primera vez a Mercedes, con sus penetrantes ojos.

            Ella hubiera dicho algo, para defenderse de aquella ofensa, pero había algo en aquel hombre que la intimidaba. Inspiraba temor, pese a ser bastante seductivo. Era como si emanara un aura perversa, un aura invisible.

            —Mi amiga necesita verlo —masculló Cale, a la defensiva, y Mercedes no pudo evitar sonreírle al niño.

            —¿En serio? ¿Y por que ella no entra a verlo, entonces? Estarían juntos de nuevo, para siempre.

            —No, ella no quiere entrar. Sólo lo quiere ver para despertar.

            —¿Estás seguro, Caledorovus? Ella parece el tipo de mujerzuela que seguiría a su compañero sexual al gran caldo del infierno.

            —Si, estoy seguro, Hades.

            —¿Pero está ella segura? —Sonrió el hombre, mirando nuevamente a Mercedes—. Podrían estar tu y tu amado individuo juntos para toda la eternidad. Sólo tienes que entrar conmigo por la puerta negra, y lo encontraremos. 

            Mercedes se quedó congelada ante la visión hipnotizadora de aquel hombre oscuro, Hades, que le invitaba a pasar por la puerta negra. Si estaba diciendo la verdad y podría estar con Iván toda la eternidad ¿Por qué no hacerlo? Podrían estar juntos para siempre. Pero ¿Si mentía? ¿Qué si era todo un engaño? O quizás, había algo más. Alguna consecuencia a entrar allí y era por eso que Cale no quería que entrara.

            Cale la había llevado hasta allí, fuera un sueño o no, y no había razón para no confiar en él. Varias veces la había salvado ya.

            —Si, estoy segura de no querer entrar.

            Hades mostró sus dientes, como un perro furioso, y luego dio media vuelta, entrando nuevamente a la luz que emergía por la puerta, perdiéndose en ella. Cale le tomó la mano a Mercedes, y la alejó unos pasos de la pared.

            —Bien hecho, missus, si usted aceptaba ir con él, yo no hubiera podido hacer nada para evitarlo. En momentos su querido Iván saldrá de la luz y le podrá ver.

            —¿Qué me hubiera pasado si iba con él?

            —Moriría usted, missus, no aquí, claro, pero en el mundo real, perdería la conexión con su cuerpo allí, y no podría salir jamás, pues lo que yace detrás de esta gran pared es donde todo lo muerto va. Rara vez algo logra salir. Al menos, sin ayuda. Hay ocasiones en que algún alma se le permite salir.

            —¿Cómo cuales?

            —Como cuando alguien las ayuda a salir, claro. Pero las que Hades invita a entrar, tal como recién estaba haciendo con usted, missus, no salen. Por siempre quedan allí.

            —Entonces, ¿Iván saldrá de allí? —dijo Mercedes, señalando a la puerta, que llevaba a la azul luz.

            —Permanecerá en el arco de la puerta. Pero sepa, missus, que bajo ningún concepto debe usted cruzar el arco. No debe adentrarse, por más que ansíe ir al contacto de él, hacia la luz. Una vez que lo haya observado, y le diga lo que tenga que decirle, usted despertara y habrá salido del inframundo.

            Mercedes inhaló el pesado y calido aire del lugar, tratando de aclarar su mente. Pensando que le diría a Iván cuando lo viera, cuanto lo extrañaba y añoraba. Si tan sólo pudiera llevárselo al mundo real con ella. Una frase rebotó en su mente, como si hubiera estado esperando para brotar desde hacía rato, cultivándose, dándole vueltas en su mente:

            Si alguna vez necesita usted asistencia en los asuntos de la muerte, estaré ahí antes de que lo piense.

            Quizás Nekros podría ayudarle a sacar a Iván del inframundo, para llevárselo con ella. Le contó su idea a Cale.

            —No, Nekros no le puede ayudar en eso, missus. Nekros es quien ayuda a meter gente ahí dentro, no a sacarla. Para sacar a alguien necesita la ayuda del hermano de Nekros. Del necromanger. Necesita usted mi ayuda.

 

11

            —¿Tu puedes sacar a Iván? —Preguntó Mercedes emocionada.

            —Puedo sólo tratar. Mis poderes se limitan a sacar sólo a quien lo merece. No a quien se me plazca, por más que la quiera ayudar.

            —Pero ¿Podrías tratar de hacerlo Cale? ¿Por favor?

            —Si, puedo tratar, missus. En cuanto usted lo vea a él, despertara. Pero recién usted sabrá si esto ha funcionado cuando despierte en su cama. Si se encuentra durmiendo súbitamente con su querido Iván, significa que le he logrado sacar junto a usted. Si despierta sola, pues, significa que no he podido, o que, tal como usted supone, todo esto ha sido un sueño.

            Mercedes hubiera agradecido, al menos,  que Cale lo fuera a intentar, pero la aparición de aquella figura, emergiendo de la luz, como si estuviera saliendo de un mar oscuro, le llamó la atención. Aquella figura vestida simplemente, con una remera blanca suelta, y pantalones jean rotosos. Aquella figura que no era otro que su querido Iván, que la esperaba allí, en el arco de la puerta al mismo infierno.

 

12

            Mercedes camino lentamente, como si estuviera flotando, acercándose a su querido Iván, y, entonces, procedió la esperada conversación, pero de una manera simple, pero que resumía todo lo que se pudiera decir jamás entre ambos:

            —Te amo —ella dijo.

            —Yo también te amo —replicó él, y luego, despareció.

            Y ella también.

 

13

            La calida luz del amanecer, bañando en oro su perfectamente amueblado cuarto la despertó, cayendo sobre su cara, como si fuera un baldazo de agua fría. Estaba de vuelta en su habitación. Se había despertado de aquello, de aquel sueño, inframundo, o lo que hubiera sido.

            ¿Había sido un sueño solamente, o acaso, realmente había viajado por el inframundo en búsqueda de su querido Iván?

            Lo ignoraba, pero sabía que sólo había una cosa por hacer, para comprobar si aquella travesía había sido realidad o la simple ilusión de su mente. Tenía que girarse en su cama, y observar el lado que usualmente había usado Iván. Si Cale lo había logrado sacar, allí estaría, como si nada, a su lado. Sino, todo habría sido un sueño.

            Un sueño muy cruel.

            Giró en su cama, en búsqueda de su amado, y entonces, sus azules ojos se llenaron de las más ambiguas lágrimas.


Jul 13 2009

Sueño Oscuro (9)

9

            Se reclinó contra la pared congelada, ya sintiendo el pútrido aliento de los seres que se acercaban cada vez más a ella, cada vez más cerca del contacto de sus pútridas manos. Joder. ¿Dónde estaba Cale?

            Ella iba a morir, bajo manos de esos bichos, y Cale se había marchado en cuanto le había soltado la mano. Si, iba a morir. ¿Acaso Cale no se había gastado en explicarle que “quien moría allí moría en el mundo real”?

            Los engendros estaban ya a menos de un metro cuando súbitamente la pared de hielo se derritió, llenando el piso de agua. Los seres de negro se vieron súbitamente asustados, con el agua llegándoles a sus talones, y observaron algo que pareció espantarlos, detrás de mercedes.

            —Es el necromanger —masculló uno de los seres, asustado, dándose vuelta los cuatro a la vez para escapar. Pero no llegaron lejos.

            Empezaron a correr, y tropezaron al instante, siendo tragados vorazmente por la fina capa de agua en el piso, como si fuera de tremenda profundidad.

            Mercedes giró para observar que detrás de ella, en la ahora interminable planicie de agua, estaba Cale, de pie, mirándola fijamente. No parecía muy feliz.

            —Venga, missus, tenemos que movernos. Ya estamos cerca.

            Tomó la mano del niño, que había estado extendida, e inmediatamente comenzaron a desplazarse, chapoteando sobre el agua, mientras que columnas de vapor comenzaban a elevarse, amenazando con volverse todo niebla nuevamente. Fue en cuestión de una hora que llegaron, cuando la niebla se había vuelto a formar totalmente y no quedaba rastro alguno del agua en el rocoso piso, a una gran puerta negra, incrustada en una infernal pared pedregosa.

            Allí era.


Jul 7 2009

Reacciones violentas y piadosas… [Sobreviviente anónimo]

Mi comentario no fue bien recibido por Brando y a los otros. Diez segundos (tiempo necesario para que sus minúsculos cerebros procesaran lo que dije) después de que las palabras salieron de mis labios, ellos se levantaron y se acercaron con paso y mirada amenazante para asustarme.

Que mierda. Había olvidado el bate en el techo, y mi única forma de defenderme sería con golpes, patadas, y de ser necesario, mordiscos. Brando aún llevaba el cuchillo de ayer, o eso creo. Cinco contra uno; que injusto.

Los gritos me llegaban a los oídos, aunque extrañamente no los escuchaba. Sólo estaba pendiente de lo que sucedía en la mesa que acababa de abandonar. Cristopher, Gilberto y Jhon se habían puesto en pie y se acercaban a mí. Sus miradas eran… ¿Qué pensaban hacer? Mi mente divagó y visualizó posibles acciones…

Pero antes de enterarme sentí mi rostro siendo lanzado a un lado junto a mi cuerpo. Mi cara chocó contra el suelo y sentí algo tibio manando de mi nariz. Aspire un poco del polvo del suelo y estornudé. La fuerte reacción hizo que me doliera aún más la nariz. Me la había roto con el golpe al suelo. Malditos. Me habían golpeado mientras estaba distraído con los demás.

Me di la vuelta y los miré directamente a los ojos, mientras les gritaba furioso:

-Probabilidades de supervivencia: 18%. Antes de que os deis cuenta, todos estaréis muertos, ¡cabrones!

Me puse de pie y eché a correr escaleras arriba. Oí cómo discutían entre ellos. Algunos querían seguir y golpearme, pero Cristopher los detuvo.

Bien; le debo una.

[…]

Mi nariz no dejaba de sangrar. Joder, no sabía qué hacer. Mi tabique estaba roto y mi mejilla también sangraba. Mi camisa ya estaba empapada. Pensé furioso en Brando; lo más seguro había sido él.

Joder. Debí aprender primeros auxilios mientras tuve la oportunidad. Ahora lo más seguro mi puente iba a quedar torcido, o peor; se me gangrenaría y moriría.

-¡Maldita sea!-grité mientras golpeaba con un puño la pared que tenía cerca.

Un fuerte dolor se situó en mi mano. Perfecto, ahora también me había roto la mano. Que jodida suerte la mía. Oí unos pasos detrás de mí y me volteé velozmente mientras me ponía en pie con el bate en la mano derecha; la que no me había roto aún.

Era una chica. La que no hablaba.

-¿Qué quieres?-escupí las palabras groseramente.

Ella no dijo nada; me miró al rostro y bajó la mirada, sonrosada. Se quedó fija en su lugar, con las manos agarrando el pomo de la puerta. Ya me empezaba a hartar.

-¿Qué quieres?-pregunté con más fuerza.

Ella tembló ante mi reacción, y retrocedió unos pasos mientras me daba la espalda.

Ignorándola, me senté nuevamente y empecé a tocar mi tabique. Mierda, duele como el carajo. Miré mis manos; aún estaba saliendo sangre. A este paso me iba a desangrar; aunque no estaba seguro si me podría morir por una herida en la nariz. Que forma más idiota de hacerlo.

Lo moví un poco…

-¡Ahh!-

El dolor había sido insoportable. Antes de darme cuenta me estaba echando aire en el rostro, aunque eso no ayudaba, el frío ponía peor la herida.

Entonces una mano agarró las mías y las apartó de mi rostro mientras se sentaba frente a mí. Era la chica.

Puso en el suelo una caja estampada con una cruz roja y unas palabras: “Primeros auxilios”. Sus manos tocaron gentilmente mi nariz. Hice un gesto de dolor ante el contacto de su piel. Estaba tibia.

Acerco su rostro al mío y miró críticamente mi herida. No me gustaba la forma en la que miraba mi nariz, parecía que estaba pensando en…

Me eché al suelo gritando de dolor. Me había colocado bien el tabique de un solo empujón. Esta chica era una salvaje.

Toqué mi nariz temerosamente, y me di cuenta sorprendido de que había dejado de sangrar y que dolía menos que antes. Volteé la vista hacía la chica.

Aún estaba sentada en la silla, mirándome preocupada. Abrí mi boca para agradecerle, pero la encontré seca y áspera. Toqué mis brazos, estaban fríos. Así que no era que ella estuviera tibia, es que yo me había enfriado al perder sangre.

Asentí con la cabeza en señal de “gracias”. Ella me miró temerosa, y también asintió.

Me acerqué a ella, y me senté en la silla que tenía enfrente. Sacó algodón del botiquín y alcohol. Lleno el algodón de alcohol y me miró con aire aprensivo. Asentí y ella acercó el algodón a la herida en mi mejilla. El alcohol escoció, pero no dolió tanto como esperé.

Sacó una cura y me la puso en la herida, tapándola. Me miró con una media sonrisa, a la cual respondí.

Creo que se sorprendió de mi reacción, pues se levantó apresurada, llevándose consigo el botiquín. Puso una mano en el pomo de la puerta, y antes de cerrarlo, me dio un último vistazo, y se fue.

Yo estaba quieto en mi silla. No podía dejar de pensar en: “Que chica más rara”. Lo más seguro se había compadecido de mí al verme herido. No había otra explicación. Aunque me había agradado de una forma poco común… Creo que me había salvado la vida, ¿sería gratitud?

Joder, a ella también le debo una. Mis deudas morales crecen.

Que mierda.


Jul 7 2009

Sueño Oscuro (7 y 8)

7

            El cielo estaba reluciendo en dorado cuando ella salió, junto a Cale, de la negra casa cúbica. En el horizonte, la raya lumínica que el día anterior había sido azul, ahora era de un intenso rojo, como si estuviera fundiendo oro para emitir al cielo. Nubes carmesí se movían lentamente, arrastrándose como seres moribundos, sin dirección aparente. Una leve brisa calida envolvió los arenosos pelos de Mercedes, al igual que su vestido de novia, pero Cale, en cambio, parecía inmune a los efectos del viento.

            El niño llevaba una pequeña mochila de cuero, cerrada, y, aparentemente, llena de cosas que no le quiso mostrar antes, pero había sacado a esta, de la negrura de su residencia, así que Mercedes no podía imaginar que diantres podría estar cargando.

            Mercedes, por su parte, no cargaba nada, sólo las esperanzas de poder ver, aunque fuera una ilusión, a Iván por ultima vez. Poder ver a su perfecto rostro y oír su perfecta voz, tal como era antes del accidente.

            Tal como antes.

            Una horrible realización pegó en la cara de Mercedes, dándose cuenta que, seguramente, Cale estaba muerto y debajo de su remera tenía una herida que le había inflingido la muerte en el mundo real. Eso, que en el inframundo o ese extraño sueño —fuera lo que fuera—, se viera una persona como se habían visto la última vez en el mundo real, no hacia más que desalentarla. No tenía intenciones de ver al desfigurado Iván de nuevo. No viajaría para sufrir así.

            —Si encontramos a Iván, ¿Se vera como era antes de morir? —Preguntó Mercedes, siguiendo a Cale por el descampado de altos pastos negros.

            —¿Qué? No, no. El alma no se abolla ni se dobla, missus ¿Por qué pregunta?

            —Pues, pensé que tu…

            No pudo terminar su frase, Cale se había detenido frente a ella para mirarla fijamente, con una mirada triste e inquisitiva. Sus verdes ojos parecían sumidos en agonía.

            —Usted cree que yo estoy muerto, missus, ¿O me equivoco?

            —¿No lo estas?

            —No, missus —replicó Cale, curiosamente reduciéndose la mancha de sangre en su pecho, casi desapareciendo, para luego volver a expandirse al estado de antes—. Yo no estoy muerto, pero tampoco estoy vivo. Tengo otro propósito que me exime de ambas cosas. Tal como Nekros.

            —¿Entonces haces lo mismo que él?

            —No, soy más bien, el lado opuesto de la moneda. El trata con los asuntos de la muerte, trayendo a la gente aquí, a los muertos, y a los visitantes. Yo, en cambio, me encargo de los asuntos de la vida, sacando a los necesesitados y merecedores de aquí.

            —¿Y ustedes dos se encargan de todo esto solos?

            —No, claro que no— contestó Cale reanudando su paso— Sólo en el dominio de Az es que Nekros y yo trabajamos. Hay otros como Nekros, que traen almas e individuos. Pero yo, soy el único que trata los asuntos de la vida.

            Mercedes hubiera preguntado mas, pero Cale se detuvo súbitamente, observando hacia delante lo que parecía ser una inmensa pared blanca. Era excesivamente alta y se extendía hasta lo infinito. No parecía posible pasar a través de ella.

            —Necesitamos avanzar —dijo Cale tomándole la mano.

            —¿Cómo? ¿Por donde pasaremos?

            —Simplemente caminando, missus. Venga.

            —Pero es una pared.

            —¿Pared?

            En cuanto se acercaron, Mercedes pudo ver a las pequeñas partículas moviéndose de un lado al otro, flotando. Era sólo niebla.

Niebla jodidamente espesa.

—Le tengo que pedir, missus, que tenga mi mano mientras cruzamos y no se suelte bajo ningún concepto. No es un buen lugar para perderse. Es un trayecto largo, y pasada la extensión de niebla, ya estaremos en el dominio central del inframundo. Vamos.

 

8

Se dejaron absorber por la niebla, caminando a paso normal, ya que Cale, por algún motivo, parecía poder ver entre toda esa blancura. Mercedes se sentía cada vez más húmeda, golpeando contra ella las pequeñas gotas calidas de esas nubes, empapándole el vestido. Cada varios pasos se escuchaba un extraño chillido, pero Cale le repetía constantemente que lo ignorara y que no lo soltara.      

            El chillido iba y venia, como el de un cerdo salvaje, en busca de alimento, y cada vez que se escuchaba, la helada mano de Cale apretaba más sobre la de ella, no en temor, sino para no soltarla. Para que ella no se separara. Le resultaba totalmente irrisoria la situación, que aquel niño la estuviera guiando y protegiendo por allí, como si fuera un gran guerrero, cuando, en un mundo normal, debería de estar jugando con muñecos. Ella, por su lado, tenía que admitir, que estaba invadida de bastante miedo. El chillido era cada vez más perturbante.

            Súbitamente, el pie de Mercedes se enganchó en una roca, provocando que se cayera y soltara la mano de Cale. Se puso de pie inmediatamente, tratando de pretender que no había pasado, y en cuanto dio un paso hacia delante, para tomar de nuevo la mano de Cale, ya no estaba allí.

            Avanzó, tratando de encontrar al niño en la niebla, pero no había nadie. Sólo el chillido cada vez más constante y cerca.

            —¿Cale? —Gritó Mercedes, pero nadie respondió.

            Sin aviso, la niebla se esparció, dejando un circulo despejado a su alrededor, como su alguien hubiera succionado todo el contenido de aquel anillo. Estaba tan despejado el lugar en el cual se encontraba ahora, que podía ver perfectamente la rocosa superficie en la cual estaba parada y a aquellos cuatro hombres vestidos de negro, totalmente ensangrentados, con rostros demacrados y mutilados, y dientes pútridos, casi idénticos entre si, mirándola, ahí, en el despejado.

            —Miren aquí, muchachos —dijo uno con grave voz, era imposible saber cual era, pues no abrió ninguno la boca, sólo sonreían todos, relamiéndose, como leones ya saboreando la presa por venir—. Miren a esta cachorra perdida.

            —Si, si, si —repitió otro, totalmente excitado—. Perdida en la niebla.

            —Nuestra niebla.

            —Y todo lo que esta aquí, es nuestro.

            —Y justo estamos tan hambrientos. Pero no es nada que esa cachorra no nos pueda saciar.

            Inmediatamente, los cuatro empezaron a avanzar hacia ella, que trató de meterse nuevamente en la niebla, para perderlos, pero ésta se había solidificado, formando un aro de hielo alrededor  del despejado, bloqueándole cualquier salida. Estaba atrapada, y con esos extraños seres que tenían toda intención de atacarla y devorarla.

             


Jul 5 2009

Sueño Oscuro (6)

6

            Mercedes se quedó congelada ante lo que Cale le había dicho, pero inmediatamente lo descartó. Seguramente, su mismo sueño quería engañarla, tratando de asustarla; tratando de confundirla. Después de todo, los sueños tendían a ser así: Confusos.

            —No puede ser —dijo Mercedes, moviendo su cabeza de un lado al otro, negando—, esto no es el inframundo principalmente porque yo no he muerto.

            —Claro que no ha muerto, missus, pero aun así, aquí está. A veces, cuando uno duerme, el alma se separa del cuerpo, para buscar algo añorado. —Replicó Cale, y luego, con una voz algo oscura agregó—: Todo lo que se necesita es pasar la puerta.

            —Pues, no lo creo.

            —¿Por qué no? ¿Acaso no esta buscando nada, missus?

            —No lo creo y punto. Dios, ¿Por qué diantres no me despierto aun?

            —No puede despertarse, missus. Tiene que salir por la misma puerta que entró para volver a su mundo, o encontrar lo que esta buscando.

            —Te probare que estas equivocado, niñito —gruñó Mercedes, algo irritada ante la impasibilidad de Cale—, ya me despertare y todo esto terminará. Me quedare aquí sentada hasta despertar.

            —Como quiera —replicó Cale, con sus verdes ojos clavados en ella, como si su vida dependiera de mirarla —. Yo no tengo nada mejor que hacer. Podemos quedarnos aquí.

            Mercedes cruzó sus brazos, esperando que el tiempo pasara, sin nada mejor que hacer. Hubiera esperado que Cale se aburriera y se fuera a hacer otra cosa, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus penetrantes ojos la estaban mirando a ella. Siempre. Parecía una estatua, totalmente quieto. Parecía ni respirar. Lo único que se movía en el muchacho era la mancha roja de sangre, volviéndose mas grande y húmeda a cada momento, como si una herida yaciera debajo de la remera.

            Miró de un lado a otro, buscando algo que hacer, pero, la estantería de libros polvorientos no le atrajo en lo mínimo, y además, algo le decía que no podría leer esos escritos. Los lomos mostraban sus títulos en extraños símbolos que nunca había visto. No había nada que hacer.

            Nada de nada.

            Todo lo que podía hacer era contar. Si, eso haría. Contaría hasta que se dignara a despertarse.  

            1, 2, 3,

            Notó que Cale se movió súbitamente, poniéndose de pie. Tenía sus manos en su remera, como si le doliera el estomago, empapándolas de sangre, al igual que su ropa. No parecía en agonía, en vez, parecía avergonzado, como cuando un niño se orina en público. Su remera estaba, ahora, íntegramente cubierta en rojo.

            64, 65, 66,

            —Disculpe, missus, tengo que ir a cambiarme. Volveré enseguida.

            Cale giró sobre sus talones y salió disparado, perdiéndose en la sombra y oscuridad de la absurdamente enorme habitación. Vaya a saber a donde iba realmente. Seguramente, la mente de Mercedes se había hartado ya de lo absurdo del sueño y los elementos se estaban retirando lentamente del juego. Quizás Cale no volvería, lo cual era un alivio en parte, ya que significaba que el tonto sueño debía de terminar en cualquier momento, pero a la vez, no podía evitar sentir pena. El muchacho parecía tan bondadoso, y educado, que le daba lastima que su ilusión muriera.

            1138, 1139, 1140,

            Agudos tintineos de campanas invadieron la habitación, seguramente pertenecientes a algún reloj oculto en la oscuridad, un reloj no visto. Sonaron demasiadas veces pare el gusto de Mercedes, y de manera atroz. No se gastó en contarlas, sino hubiera perdido la cuenta de los números que llevaba contando.

            30485, 30486, 30487,

            Cale aun no volvía. ¿Realmente se había ido para no volver jamás, como ella había pensado?

            35587, 35588, 35589,

            ¿Y ahora que? Si Cale no volvía y ella no despertaba, ¿Qué haría? ¿Contaría hasta lo infinito?

            37456, 37457,… ¿¡Qué diantres?!

            Entre las sombras, dejando a Mercedes congelada, una figura esquelética, de la misma estatura que Cale, se desplazó, acercándose a ella. Parecía el esqueleto vivo del niño, con sus huesos blancos algo deteriorados, como si el paso del tiempo los hubiera afectado. La figura caminaba, y caminaba, en dirección a ella.

            Se puso de pie, para tratar de correr y escapar, pero no había a donde. Podía tratar de salir fuera, pero recordó que los malditos no podían estar lejos. Pero, también recordó, que todo era un sueño. Un maldito y puto sueño. No había que temer.

            En cuanto la figura esquelética emergió a la zona iluminada, Mercedes estuvo aliviada al ver que no era otra persona más que Cale, ahora con una remera distinta. Al parecer, su sueño le había jugado una mala pasada. No había visto a ninguna figura esquelética, sólo a Cale.

            —Disculpe, missus, ¿La asuste?

            —No, no —respondió Mercedes.

            —Disculpe, también, que me tarde horas en cambiar —contestó Cale, sentándose nuevamente en el piso, y señalando su remera azul, que sólo tenía una diminuta mancha de rojo en su pecho—. ¿Y ya despertó? —Preguntó curiosamente, y al ver que Mercedes no quería responder agrego—: Sólo digo, ya que, missus, si quiere salir del dominio de Az y volver a su mundo, tiene que salir por la puerta que entró o encontrar lo que sea que está buscando. Yo la puedo ayudar en cualquiera de las dos.

            Mercedes meditó un momento lo que le acababa de decir Cale. Después de todo, podía que, haciendo lo que el niño decía, pudiera despertar. Pudiera que encontrando la puerta pudiera volver al desierto y ahogarse en la arena, como siempre, para despertar. O también pudiera que encontrara a Iván, para al menos verlo, aunque fuera en el sueño, nuevamente.

            Iván.

            Quería ver a Iván, aunque sea una ilusión.

            —Está bien —respondió finalmente Mercedes—. Digamos que quiero encontrar a lo que busco. ¿Cómo me ayudarías?

            —Depende lo que sea que esté buscando, missus. ¿Es una persona, acaso? —Dijo, y luego agregó, con una voz más suave—: ¿Una persona muerta?

            —Si.

            —Entonces todo lo que hay que hacer, missus, es viajar al dominio central del inframundo, aunque, allí las cosas se pueden complicar.

            —Hare lo que sea para despertar, Cale.

            —Como usted diga, missus, pero, si nos encontramos en peligro en algún momento, por favor, entienda que si usted muere aquí, su alma muere. Y no hay un segundo inframundo para los que mueren aquí. Simplemente deja de existir.